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Электронная книга - «Perdona Pero Quiero Casarme Contigo». Краткое содержание книги:

Segunda parte de Perdona si te llamo amor. La historia de amor continúa…
Alex y Niki están más enamorados que nunca, acaban de volver del faro en la isla de Blu donde han vivido días inolvidables. Niki se reencuentra con sus amigas, pero el grupo de las Ondas deberá afrontar grandes cambios que pondrán a prueba su amistad. Alex retoma su vida de siempre, sus viejos amigos. Ellos, Flavio, Enrico y Pietro han pasado de ser maridos serenos y seguros a tener que afrontar muchas difi cultades que han puesto en peligro sus matrimonios. Y ahora todas esta personas, hombres y mujeres de diferentes edades, cada uno a su manera se encuentran para refl exionar sobre el amor. Pues, ¿existe el amor? ¿Es cierta la crisis del séptimo año? ¿Tienen razón los que dicen que un amor no puede durar más de tres años? Y después, la pregunta más difícil: ¿un amor puede durar para siempre?
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– No -Cristina niega también con la cabeza-. ¿Sabes cuántas veces he pensado en eso? ¿Cuántas cosas no me gustaban de mi vida, cuántas cosas no funcionaban y, sobre todo, de cuántas de ellas él no se percataba en lo más mínimo? El simple hecho de estar de vez en cuando en silencio a su lado, cenando frente a la mesa. Mientras miraba la televisión sin prestar la menor atención a la tristeza que se reflejaba en mis ojos… Al menos podría haberme mirado, ¿no? De haberlo hecho, habría visto, habría entendido y, quizá, hasta podría haberme hecho alguna pregunta.

– ¿Y tú qué le habrías contestado?

Cristina mira a los hijos de Susanna. Se han acercado con sus amigos y juegan con un pequeño perro en la hierba.

– No lo sé. Poco importa lo que podría haber dicho; lo fundamental era sentir su preocupación por mí… -Cristina la mira de nuevo

mientras la brisa agita su pelo, el aire es ahora más sereno, más tranquilo, incluso más reposado.

Susanna le acaricia la mano que tiene apoyada en el brazo de la silla.

– Quizá se dará cuenta y se preguntará por qué no quiso saber más…

– Pero puede que para entonces ya sea demasiado tarde. Quizá lo sea ya. Ahora, sin duda, lo es…

Susanna saca dos entradas de debajo del plato y echa un vistazo a la cuenta.

– Oh… Puede que sea pasajero. Tal vez ahora te guste sentir lo que estoy experimentando yo, es decir, el deseo de vengarme de Pietro y del fracaso que estamos viviendo por su culpa… Quizá hasta te acabe interesando ese Giorgio del que te he hablado…

– Pero eso ahora no tiene nada que ver.

– Ya, pero no debes encerrarte en casa porque, si lo haces, te deprimirás. Perdone…

Un camarero se acerca ellas.

– No, de eso nada -Cristina la detiene-. Yo invito, venga…

– ¡Ni lo sueñes! -Susanna saca un billete de cincuenta, espera la vuelta y deja un euro de propina al camarero, que se marcha a toda velocidad para atender otra mesa.

– Ya me invitarás a cenar cuando salgamos juntas…

– ¡Ah, sí! Así me recupero. Vale, me gusta la idea…

Susanna sonríe.

– Siempre que nuestros dos hombres consientan que paguemos…

– ¿Y quiénes son nuestros dos hombres?

Susanna se levanta de la silla y la mira radiante.

– ¡No tengo ni idea! Pero da igual… Quizá sea algún tipo tan guapo como Giorgio Altieri, o puede que incluso más. ¡Pero qué digo, lo será seguro!

– Sí, sí, ya veremos… Por el momento no tengo ganas de salir.

– ¡Pero si eso no significa que tengas que acostarte con nadie!

Justo en ese instante ve llegar a Lorenzo.

– Mamá… ¡Hola, Cristina! -la saluda antes de que su madre lo riña como de costumbre. Luego le sonría ella. Ambos son conscientes de que estaba a punto de cometer el consabido error.

– ¿Qué pasa?

– ¿Me das tres euros para una Coca-Cola?

– No, te doy dinero si quieres, pero para comprarte un zumo que no lleve gas ni esté frío…

– ¡De acuerdo!

– ¡No, repítelo! ¿Cómo tienes que pedírselo al camarero?

– Uf, no sé: sin gas y que no esté muy frío.

– Muy bien, aquí tienes…

Lorenzo corre hacia el bar con el dinero en la mano.

– ¿Sabes lo que me parece terrible? -dice Cristina mirando al niño-. Que, en cualquier caso, y a pesar de que tu relación con Pietro se ha acabado, todo, todas las fatigas cotidianas del matrimonio, de todas las noches, como cocinar, lavar, planchar o hacer la cama, te compensan porque tú sigues teniendo algo. Algo muy grande: ellos dos, tus hijos… -Susanna no sabe qué contestarle. Mueve apenas la boca intentando esbozar una sonrisa-. Mientras que yo tengo la impresión de haber malgastado todos estos años; cuando miro hacia atrás ni siquiera veo todas esas fatigas que acabo de mencionarte… Sólo el vacío. Un fracaso espantoso, quiero decir que ni siquiera lo hemos intentado, ¿me entiendes…?

Susanna ve que, a lo lejos, Lorenzo sale del bar. Lleva una pajita en la boca y sujeta una bebida con los brazos. Susanna se hace a un lado para controlarlo mejor. Lorenzo se da cuenta y escapa corriendo hacia sus amigos tratando de mantener la lata oculta. Pero basta un instante para que Susanna reconozca a la perfección el color rojo y parte de la marca: Coca-Cola.

– ¡Muy bien! ¡No me pidas nada más! Y si luego te duele la tripa no te atrevas a ir a mi habitación a hacerme una de tus escenas.

El niño se hace el sueco y se reúne con sus amigos sin preocuparse ya por esconder la lata de Coca-Cola.

– ¡Perdona, Cristina! Pero en eso ha salido a su padre… ¡Se cree muy listo y luego siempre acaban pillándolo! No entiende que no sirve de nada mentir. Es decir, contar mentiras cuando no es necesario.

Creo que se trata de una enfermedad hereditaria. Bah. -Después añade, con sincera perplejidad-: No, en serio, ¡me gustaría consultar a un médico! Pero bueno, volvamos a lo tuyo, ¿cómo se lo ha tomado Flavio? ¿Cómo está?

– Hemos hablado por teléfono. Parece tranquilo.

– ¿En serio? ¿Adónde ha ido a vivir? ¿A casa de su madre?

– No, todavía no ha tenido el valor de decirle nada…

En ese momento suena el teléfono de Susanna, que lo saca del bolso y mira la pantalla.

– ¡Vaya! Hablando del rey de Roma… Es mi madre. Yo a ella se lo he contado todo, pero me da una lata… -Abre el móvil-. Hola, mamá ¿qué pasa? -A continuación escucha en silencio sacudiendo la cabeza-. No, todo sigue como te he dicho, igual que ayer, y no tengo la menor intención de cambiar absolutamente nada. ¡Es una situación ridícula y no pienso seguir soportándola sólo porque a ti te moleste tener que confesar durante una cena con tus amigos que tu hija se ha separado! -Escucha y vuelve a negar con la cabeza-. No… Deberías estar contenta de poder ir a esas fiestas y decir que tu hija vuelve a ser feliz. Oye, mamá, estoy con una amiga y no tengo ganas de discutir. Si quieres que te deje de vez en cuando a Lorenzo y a Carolina, me harás un favor, en caso contrario me las arreglaré sola… -Susanna escucha en silencio y luego esboza una sonrisa-. Perfecto. Gracias, mamá -Cierra el teléfono-. Por fin lo ha entendido. Es dura de mollera. No acaba de entrarle en la cabeza que no quiera volver con Pietro… En fin, perdona, me estabas hablando de Flavio…

– Sí, él, en cambio, no les ha dicho nada a sus padres…

– ¿Lo ves? Está claro que todavía piensa que puede volver contigo… Pero ¿dónde duerme ahora?

Cristina se vuelve y la mira a los ojos.

– Creía que lo sabías.

– No. ¿Con quién?

– Está en casa de Pietro.

– ¡Pues vaya una solución! ¡Esos dos ni siquiera son capaces de preparar medio plato de pasta!

Sesenta y siete

– ¡Quema!

– Antes de probarlo tienes que soplar…

– Soplo entonces. ¿Así?

– Sí, eso es.

Pietro se saca la cuchara de la boca.

– Perdona, ¿eh?, ¡pero esta salsa no sabe a nada!

Flavio le quita la cuchara de la mano, la vuelve a probar y se quema de nuevo.

– ¡Ay! Es verdad.

– Yo añadiría un poco de vino tinto y quizá una pizca de guindilla… Aceite, sal… En fin, para darle más sabor.

Flavio sigue revolviendo con un cucharón demasiado grande, teniendo en cuenta que el cazo en el que están cociendo el tomate es mucho más pequeño. El fuego, por su parte, está demasiado alto.

– Pero bueno, ¿me escuchas o no?

Flavio se lleva el cucharón a la boca y prueba otra vez la salsa.

– Es cierto. Es insípida.

– ¡Ya te lo he dicho!

– Oye, las pocas veces que he cocinado lo he hecho así… Y, además, no podemos estar añadiendo ingredientes a tontas y a locas.

– Pero ¿es que tú no observabas a Cristina en la cocina? ¿No has aprendido nada?

– Pues no.

Pietro resopla y abre una botella de vino.

– ¡Pues estamos listos!

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