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Электронная книга - «Perdona Pero Quiero Casarme Contigo». Краткое содержание книги:

Segunda parte de Perdona si te llamo amor. La historia de amor continúa…
Alex y Niki están más enamorados que nunca, acaban de volver del faro en la isla de Blu donde han vivido días inolvidables. Niki se reencuentra con sus amigas, pero el grupo de las Ondas deberá afrontar grandes cambios que pondrán a prueba su amistad. Alex retoma su vida de siempre, sus viejos amigos. Ellos, Flavio, Enrico y Pietro han pasado de ser maridos serenos y seguros a tener que afrontar muchas difi cultades que han puesto en peligro sus matrimonios. Y ahora todas esta personas, hombres y mujeres de diferentes edades, cada uno a su manera se encuentran para refl exionar sobre el amor. Pues, ¿existe el amor? ¿Es cierta la crisis del séptimo año? ¿Tienen razón los que dicen que un amor no puede durar más de tres años? Y después, la pregunta más difícil: ¿un amor puede durar para siempre?
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– Ah, ahí está.

Está sentada en su bicicleta. Los pies de la niña se balancean y apenas tocan el suelo, el asfalto de esa especie de pista, que, en realidad, debería ser de patinaje, de no haber sido porque la construyeron mal. Carolina habla con sus amiguitas, ríe, bromea y charla tranquila Y, pese a que no se ha quitado la cazadora, no está sudada. Menos mal, por lo menos ella.

Susanna coge el bíter rojo que tiene delante y lo apura. Come una patata frita, después una aceituna, acto seguido vuelve a coger el vaso del bíter, pero no ha dejado ni una gota. Se encoge de hombros y decide comer otra patata. Es particularmente grande, y mientras la aferra Susanna piensa de nuevo en su propósito. Caramba, había dicho que quería tener cuidado, que nada de porquerías después de comer. Gimnasia…, ¿hago kickboxing y después me pirro por una patata? No quiero convertirme en una de esas mujeres deprimidas a causa del amor que se consuelan con la comida porque piensan que nadie quiere ligar con ellas y al final engordan tanto que luego sus peores temores se hacen realidad y nadie se digna ni siquiera mirarlas… Pero es que no puedo resistirlo. Ni que fuese Rocco Siffredi en ese anuncio de patatas fritas que ha visto en la televisión. Susanna cae en la tentación y se la come en dos bocados, satisfecha de su decisión. Bueno, mañana empezaré en serio. No engordaré por saltarme un día la dieta. No hay que ser demasiado radicales al principio, es mejor ir poco a poco hasta conseguir un resultado óptimo.

– Perdone, señora, ¿están libres?

Un chico alto con el pelo oscuro y un poco rizado, los ojos azules y profundos y, sobre todo, una sonrisa maravillosa acaba de apoyar las manos en dos de las sillas que rodean la mesa de Susanna. Ésta se ruboriza a su pesar.

– Por supuesto…

– Gracias.

El chico las levanta con facilidad y las lleva hasta una mesa contigua donde una atractiva joven con una melena larga y rubia lo está esperando. Qué estúpida soy. Me he ruborizado. Susanna se come una aceituna y después observa a la pareja. Conozco a ese chico. Se llama Giorgio Altieri. Frecuentaba el gimnasio al que iba yo. Todas estábamos locas por él. Lo sabíamos todo sobre su vida y bromeábamos sobre cómo debía de ser en la cama. ¡Era increíble! Olía a colonia incluso cuando sudaba. Susanna lo observa con detenimiento. Siempre ha tenido una sonrisa preciosa. Y esa novia tan guapa. Iba con él al gimnasio. Mierda. ¿Cómo es posible que esos dos duren tanto? Los envidio. Puede que él ni siquiera la engañe. De ser así es un buen tipo, porque con un cuerpo como el suyo…

Giorgio se vuelve para pedir que les sirvan. Mientras busca al camarero entre las mesas, su mirada se cruza con la de Susanna, que esta vez no enrojece. Él, curioso, la mira con un poco más de detenimiento, después le guiña un ojo y sonríe. Lo sabía. Susanna baja la mirada y se aferra al bíter como si fuese su única tabla de salvación, en vano, porque vuelve a ruborizarse. Qué idiota soy, piensa. ¡Y, por si fuera poco el bíter se ha acabado!

– ¡Perdona el retraso!

– ¡No te preocupes!

Cristina llega justo a tiempo, sonriente, pero a todas luces algo cansada. Además, tiene los ojos un poco enrojecidos, como si no hubiese dormido bien.

– ¿Quieres pedir algo?

– Sí, quizá un capuchino.

Susanna consigue detener al vuelo a un camarero que en esos momentos pasa junto a su mesa.

– Un capuchino, por favor…

Después se vuelve hacia Cristina.

– ¿Te apetece también algo de comer?

– No, no… Sólo un capuchino.

– Entonces un capuchino, un bíter rojo y más patatas fritas… -El camarero hace ademán de marcharse-. ¡Ah, y también unas aceitunas! -Susanna mira de nuevo a Giorgio, en vano, porque él sigue charlando con su compañera y le da la espalda-. ¿Qué pasa?

– Nada, ¿por qué?

– ¿Nada? Jamás has venido a Villa Balestra desde que yo la frecuento.

– No es cierto… Vine una vez.

– ¿Cuándo? No me acuerdo.

– Hace dos años.

– ¡Es verdad! Tienes razón. Viniste…, espera, ¿por qué?

El camarero regresa y deja sobre la mesa el capuchino, el bíter rojo y unos platos de patatas y aceitunas.

– Gracias. -Susanna mordisquea en seguida una patata frita, bebe por fin un poco de bíter y se seca los labios-. Ah, sí… Ahora me acuerdo, Flavio y tú habíais reñido… Sí, habíais discutido porque tú querías seguir trabajando y pensabas que quizá era demasiado pronto para tener un hijo, y en cambio él… -Se vuelve de golpe hacia Cristina-. ¿Habéis discutido otra vez?

– Peor aún. -Cristina da un sorbo a su capuchino y después apoya con delicadeza la taza sobre el plato-. Hemos roto.

– ¿Qué quieres decir? Bueno, debe de haber sido una discusión más fuerte, de todas formas tendrá arreglo, ¿no?

– No, no creo. -Cristina se aparta el pelo hacia atrás y mira a lo lejos, hacia la cúpula de la iglesia de Belle Arti, más allá, hacia el norte de Roma, fuera de los límites de la ciudad, donde ya no hay edificios sino tan sólo campos y terrenos de cultivo. Donde, sin embargo, todavía puede nacer algo. A diferencia de su historia-. Se ha acabado, Susanna. Anoche hablamos largo y tendido, lloramos, nos abrazamos y nos dijimos cuánto nos queríamos… Luego le confesé algo importante.

– ¿A qué te refieres?

– Le dije que quiero estar sola, que necesito tiempo para mí, que ya no soporto su presencia, que el mero hecho de verlo me hace sufrir, y que esa falta de amor hacia él me destruye.

– Dime la verdad, Cristina.

Ella se vuelve risueña.

– No. Ya sé lo que me vas a preguntar. No hay nadie más en mi vida. -Da un sorbo a su capuchino y mira otra vez a Susanna-. Y no estoy mintiendo, ¡te lo juro! No sabes hasta qué punto sería más fácil tener en la cabeza a otro y pensar exclusivamente en acostarme con él.

En ese momento, sin querer, poco menos que guiada por el instinto, Susanna se vuelve hacia Giorgio Altieri. Pero la mesa está vacía. Echa un vistazo alrededor y no ve a nadie. Lástima. Susanna se encoge de hombros y vuelve a mirar a Cristina, que, no obstante, se ha percatado de la repentina distracción de su amiga.

– ¿En qué estás pensando?

– En nada, mejor dicho, cuando has hablado de acostarse con alguien me ha venido a la mente un tipo que veo a menudo por aquí… Estaba a nuestro lado hasta hace poco. Un tal Giorgio. Pero se ha ido.

– Ah… ¡Muy bien!

– Sólo que yo no querría hacer el amor con él…, ¡me encantaría follármelo!

– ¡Susanna!

– Oye, ¿por qué sólo los hombres pueden tener ese instinto? ¡Qué coño!

– ¡Susanna!

– Sí, hoy me encantaría echar un buen polvo, ¿te parece bien? -Se echa a reír.

Cristina acaba sonriendo también y se abrazan inclinándose un poco desde sus sillas. Después Susanna se pone de nuevo seria.

– Espero que no lo hayas hecho a raíz de nuestra conversación de la otra noche.

– ¿A qué conversación te refieres?

– Sí, cuando te dije no sé cuántas cosas sobre Pietro, sobre la vida, el matrimonio y nuestro grupo. Tal vez te diste por aludida y has pretendido dar un paso mucho más grande e importante que tú…

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