Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:
Michael se sentó en un tocón a la entrada del palacio y esperó a que Yuval terminara sus asuntos en el bungaló del patio, que alojaba la oficina de la Sociedad Protectora de la Naturaleza. Luego empezó a pasearse por el patio, dando puntapiés a la tierra reseca. Un ala del palacio albergaba el Ministerio de Agricultura, pero Michael se sintió atraído por la otra ala, abandonada, donde se encontró contemplando las ventanas cegadas con tablones cubiertos de telarañas. Aunque el interior estaba en penumbra, alcanzó a distinguir el fresco, de diseño similar al de una alfombra rusa, que decoraba el techo del gran salón. En un antiguo cuarto de baño había restos de azulejos armenios y una bañera con cuatro patas rematadas en garras, que parecía descansar sobre los lomos de un tigre de hierro. Las suelas de sus sandalias rechinaron sobre las grandes baldosas. Entró en otra sala y contempló perplejo los papeles allí olvidados y desparramados por el suelo. Cogió una hoja amarillenta y examinó los caracteres cirílicos manuscritos que la cubrían. Se había lamentado muchas veces de no haber proseguido sus estudios de ruso, pero el latín necesario para la historia medieval no le había dejado tiempo que dedicar a otras lenguas. Dejó caer la hoja, que aterrizó sobre la alfombra de papeles desechados.
Salió del palacio a la luz del día. Eran casi las seis y había una claridad tenue, pálida. Junto a la puerta de la Sociedad Protectora de la Naturaleza Yuval miraba en torno suyo. Cuando Michael se le acercó, el gesto de preocupación se borró del rostro del chico.
– No sabía si conseguiría pescarte. Necesito dinero para la excursión de la que te hablé, a los Montes de Judea.
– ¿Eso es todo? -preguntó Michael, posando la mano en el hombro que iba ensanchando día a día.
Entraron juntos en la oficina. Un joven en pantalón corto peroraba muy animado sobre un ave muy curiosa que había avistado recientemente. Michael recordó a su amigo Uzi Rimon, del Club de Buceo, mientras extendía el cheque y se lo entregaba a una chica vestida con vaqueros. Ella le sonrió dulcemente y le dio un recibo a Yuval. El muchacho lo dobló y se lo guardó en el bolsillo trasero a la vez que una expresión de alivio se extendía por su cara tensa.
Michael se sentía mal. Llevaba varios días sin ver a su hijo.
– Vamos a dejar el coche en el barrio -le dijo ya fuera de la oficina- y a sentarnos en algún lado.
Frente al Banco de Créditos e Hipotecas, junto a la puerta trasera de las dependencias policiales, montaba guardia un policía que abrió la verja servicialmente.
Al apearse del polvoriento Ford Escort de Michael, Yuval exclamó:
– ¡Menudos cochazos se ven por aquí ahora! -posó una mano cautelosa en el parachoques de un elegante coche blanco-. ¿Qué es? Mira, si hasta los asientos tienen estilo.
Michael se inclinó sobre el coche.
– Un Alfa Romeo GTV; sólo hay dos en todo el país. No es de nadie de aquí.
– ¿De quién es entonces? -preguntó Yuval vivamente.
– De alguien que ya no lo usará más -Michael suspiró y giró el tirador de la puerta. El seguro no estaba echado-. No puedo creerlo -masculló-. Dejan el coche abierto y con la llave puesta.
Yuval le dirigió una mirada suplicante y abrió la puerta del lado del conductor. Michael se sentó a su lado y encendió un cigarrillo. Yuval giró a medias la llave de contacto y examinó el salpicadero, presionó el botón de la guantera, se asomó a ella y dijo desilusionado:
– Está vacía.
Michael sonrió. Yuval siempre había sido un apasionado de los coches. Ya de muy pequeño, recortaba diligentemente las fotografías de coches de las revistas ilustradas que había en casa de sus abuelos. La ex suegra de Michael, Fela, se sentía en la obligación de leer la prensa alemana e inglesa. En el cesto de paja de colores, junto al magnífico piano, nunca faltaban los últimos números de Time y Newsweek, ni tampoco Burda y otras revistas de moda. Yuval se le colgaba a la abuela de la bata para preguntarle:
– ¿Puedo recortar ésta ahora, abuelita, puedo?
Yuval encendió la radio y se oyó una música de piano.
– ¡Qué petardo! -exclamó, y oprimió otro botón-. ¡Sería un desperdicio oír música clásica!
Pero ya Michael se abalanzaba sobre la radio después de arrojar el cigarrillo por la ventana.
– Se les ha pasado por alto esta cinta -le explicó a Yuval, que lo miró desconcertado.
Michael puso la cinta y luego la rebobinó. No emitió ningún sonido.
– Espérame aquí un momento, y no toques nada -le dijo a Yuval.
Echó a correr hacia su coche y encendió el transmisor. Volvió jadeante al Alfa Romeo.
Yuval no decía riada, pero su expresión de júbilo se había trocado en otra de serena preocupación.
– ¿De quién es el coche, papá? -preguntó al fin.
Pero Eli Bahar ya estaba junto a la ventanilla, sacándose un fino guante del bolsillo.
– Perdona un momento -le dijo a Yuval.
El chico salió del coche y Eli, con la mano enguantada, extrajo la cinta y la guardó cuidadosamente en una bolsa de nailon.
– Ven conmigo, si quieres -dijo Michael-. Vamos al Cuartel General.
– ¿Hasta cuándo? -preguntó Yuval con desconfianza-, ¿Cuánto vamos a tardar?
– Poco -le prometió Michael-, Y después quizá podamos hacer algo.
– No tengo mucho tiempo -replicó Yuval-. He prometido echarle una mano a una amiga.
Michael escudriñó el rostro serio de su hijo y, al ver la pelusa que le cubría las mejillas, sonrió. Se preguntó qué ayuda tan urgente sería esa que tenía que prestar a su amiga, cuando acababan de comenzar las largas vacaciones, pero no dijo nada.
– A las ocho habremos terminado más que de sobra -le prometió solemnemente.
Eli Bahar agarró a Yuval del codo y, delicadamente, lo condujo hacia el Ford.
– Me pillas aquí por casualidad -dijo Shaul, del laboratorio de Criminalística, empolvando con esmero la cinta. Se ausentó un largo rato y al volver le comunicó-: No tiene ni una sola huella. Es como si nadie la hubiera tocado nunca. ¿Qué te parece?
– Me gustaría saber cómo han quitado la etiqueta sin dejar rastro -comentó Michael-. Han hecho un trabajo concienzudo. Y, a simple vista, puedo decirte que es exactamente como las cintas que Iddo Dudai se trajo de Estados Unidos.
– O sea que, en tu opinión, es la cinta desaparecida.
– Eso parece, pero vamos a tratar de escucharla. ¿Tienes un casete a mano?
– Cómo no -dijo Shaul, sacando un casete del cajón de su mesa.
– Papá, tardaremos una hora en oírla, y yo quiero llegar a las ocho.
– Yuval, no pretendo oírla entera; sólo nos llevará unos minutos, vas a ver -le aplacó Michael, reparando en los labios fruncidos y el gesto de desengaño que había visto tantísimas veces.
Eli Bahar puso en marcha el casete. No se oyó nada. Al cabo de unos minutos de silencio, apretó la tecla de avance rápido durante unos diez segundos antes de reanudar la escucha. Ningún sonido. De esta forma, probó la primera cara en poco tiempo. La segunda cara tampoco emitió el menor sonido, hasta el momento en que Yuval abrió la boca con intención de quejarse y Michael le posó una mano tranquilizadora en el brazo para indicarle: «Un segundo más». Justo entonces, en la habitación retumbó la voz cavernosa de un anciano declamando en hebreo con pronunciado acento ruso: «Al alba, se marchitaron en tu piel las violetas». Se oyó una sílaba entrecortada pronunciada por otra voz y de nuevo el silencio. Nadie dijo nada durante un rato. Incluso Yuval tenía la vista clavada en el aparato.
La cinta terminó. Michael la rebobinó y volvió a ponerla en marcha, y las palabras se repitieron, seguidas por la sílaba cercenada que pronunciaba una voz distinta.
– ¿Qué era eso? -preguntó Yuval.
– Es un verso de un poema de Shaul Tirosh -respondió Michael, y continuó oyendo la cinta en blanco-. Ya está -dijo cuando terminó-. Ni una palabra más. Por lo visto no hay nada más en la cinta, pero alguien tendrá que escucharla entera para cerciorarse.