La Odisea De Troya
- Автор: Cussler Clive
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Odisea De Troya». Краткое содержание книги:
Pitt se volvió inmediatamente para mirar el volcán Concepción, ante la posibilidad de que hubiese entrado en erupción, pero el cráter parecía tranquilo, sin señales de humo o cenizas. Miró el agua y vio las ondulaciones en la superficie como si en las profundidades se hubiera puesto en marcha una gigantesca batidora. Al cabo de un minuto que se hizo eterno, se acabaron las sacudidas. Como era de suponer, Giordino no se despertó.
El segundo peligro lo encarnó una lancha patrullera de color lavanda que había zarpado de la isla y se dirigía directamente hacia el faro. Los guardias a bordo debían de estar muy convencidos de que sus presas no podían escapar, ya que navegaban como quien da un paseo.
El tercero y último peligro provino de debajo de sus pies. Un ruido prácticamente inaudible -el choque de una pieza metálica contra otra en el interior del pozo de ventilación- fue probablemente el motivo de que salvaran la vida. Pitt tocó a Giordino con la punta del pie.
– Tenemos visitas. Por lo que se aprecia, encontraron nuestro rastro.
Giordino se despertó en el acto y cogió la automática Desert Eagle calibre.50 que llevaba en la cintura debajo del mono. Pitt sacó de la mochila su vieja automática Colt.45 y se agachó junto al agujero del pozo sin mirar por encima del borde.
– ¡Quédense donde están! -gritó.
Lo que pasó a continuación no fue algo completamente inesperado. Por toda respuesta, una ráfaga de ametralladora convirtió en un colador la cúpula metálica del faro. La descarga fue tan violenta que Pitt y Giordino no se animaron a estirar las manos más allá del borde para disparar, ante el riesgo de que se las destrozaran las balas.
Pitt se arrastró hasta una de las ventanas del faro y comenzó a golpear contra el cristal con la culata de la pistola. El cristal era grueso y tuvo que descargar varios golpes hasta conseguir romperlo. Varios trozos cayeron al mar, pero Pitt pasó rápidamente el brazo por el agujero y golpeó el vidrio desde el exterior para que los cristales cayeran al suelo. Luego los empujó con los pies para amontonarlos y llevarlos hasta el agujero, y los lanzó por encima del borde. Los trozos, puntiagudos y afilados como navajas, llovieron sobre los asaltantes. Casi sin solución de continuidad se escucharon gritos de dolor y cesaron los disparos.
Pitt y Giordino aprovecharon la confusión para disparar a ciegas al interior del pozo. Las balas, que rebotaban contra las paredes de cemento, causaron el caos entre los guardias de Odyssey que subían la escalerilla. Los gritos de los heridos se apagaron y unos segundos más tarde se escucharon los golpes de sus cuerpos contra las paredes, mientras caían a plomo hasta el fondo.
– Eso retardará un poco sus malévolas intenciones -comentó Giordino, sin la menor pizca de remordimiento en la voz, mientras ponía un cargador nuevo en el arma.
– Todavía nos quedan otros indeseables por atender -replicó Pitt, señalándole la patrullera que navegaba hacia el faro, con la proa alzada por encima del agua.
– Será un poco duro.
A través del cristal roto, Giordino le indicó a su compañero el helicóptero que cruzaba el lago a baja altura desde el norte. Pitt calculó en un santiamén las distancias que debían recorrer la patrullera y el helicóptero, y se permitió una sonrisa.
– El pájaro es más rápido. Lo tendremos aquí cuando a la lancha le queden todavía cerca de dos kilómetros.
– Reza para que no lleven misiles -dijo Giordino, y sus palabras fueron como un jarro de agua fría para el entusiasmo de Pitt.
– No tardaremos en saberlo. Prepárate para coger el arnés cuando lo bajen.
– Tardaremos demasiado si tienen que subirnos uno a uno -afirmó Giordino-. Propongo que le digamos juntos nuestro lloroso adiós al faro.
– Estoy contigo -asintió Pitt.
Salieron al angosto balcón que rodeaba la parte superior de la torre. Pitt vio que el helicóptero era un Bell 340 con motores gemelos Rolls-Royce. Estaba pintado de colores amarillo y rojo, con las palabras MANAGUA AIRWAYS escritas en los laterales. Observó atentamente cómo el piloto efectuaba una vuelta a la torre, mientras un tripulante comenzaba a bajar el arnés unido al cable que los subiría hasta el aparato.
Pitt era casi treinta centímetros más alto que Giordino, así que saltó para coger el arnés, que se movía en círculos impulsado por el viento generado por las palas en la primera pasada. Se lo puso a Giordino por debajo de los brazos.
– Tú eres más robusto que yo. Soportarás el esfuerzo y yo me sujetaré a ti.
Giordino sujetó el cable con las dos manos mientras Pitt se abrazaba a su cintura. El tripulante, cuyos gritos no se podían oír por encima del estruendo de las turbinas, gesticuló con verdadera desesperación para indicarles que sólo podía levantar a un hombre.
La advertencia llegó demasiado tarde. Pitt y Giordino se vieron arrastrados fuera del balcón del faro y se quedaron colgando a una treintena de metros del agua cuando una súbita racha de viento golpeó al helicóptero. El piloto se encontró con que el aparato se inclinaba bruscamente a estribor por el peso sumado de los dos hombres. Estabilizó el helicóptero y mantuvo la posición mientras el tripulante observaba cómo el motor del torno apenas si conseguía subir a Pitt y Giordino.
La suerte los acompañó y la patrullera no disparó ningún misil. En cambio, disponía de dos ametralladoras pesadas instaladas a proa que comenzaron a disparar. Afortunadamente aún estaban muy lejos, y con la dificultad añadida del cabeceo de la lancha, el artillero no podía apuntar muy bien: los proyectiles pasaron a más de cincuenta metros.
El piloto, horrorizado al ver que le disparaban, se olvidó de los hombres que había ido a rescatar. Viró rápidamente en maniobra de evasión y puso rumbo a la seguridad de la costa. Pitt y Giordino, que estaban a unos seis metros por debajo de la cabina, se bambolearon como un péndulo. Giordino tenía la sensación de que en cualquier momento acabaría con los brazos arrancados. Pitt, que no experimentaba dolor alguno, no podía hacer otra cosa que aferrar a Giordino con todas sus fuerzas y gritarle al tripulante que acelerara la subida.
Pitt veía la agonía en el rostro de Giordino. Durante quizá dos minutos -que le parecieron eternos- el italiano estuvo tentado de soltarse, pero bastó una mirada al agua, que ahora estaba a unos ciento cincuenta metros de sus pies, para que cambiara rápidamente de idea.
Entonces se encontró con la mirada despavorida del tripulante, a metro y medio de distancia. El hombre se volvió para gritarle al piloto, que en una rápida y experta maniobra inclinó de lado el helicóptero lo justo y suficiente para que Pitt y Giordino cayeran en la sección de carga.
El tripulante se apresuró a cerrar la puerta. Atónito, miró a los dos hombres espatarrados en el piso.
– Hombres, tú estar locos -afirmó en un inglés macarrónico y un fuerte acento castellano-. Torno sólo para sacas de cincuenta kilos.
– Habla inglés -comentó Giordino.
– No muy bien -dijo Pitt-. Recuérdame que escriba una carta de agradecimiento a la compañía que fabricó el torno. -Se puso de pie y se apresuró a ir a la carlinga, donde miró a través de una de las ventanillas laterales hasta que vio a la patrullera. Había abandonado la persecución y ahora viraba para poner rumbo a la isla.
– ¿A qué demonios ha venido eso? -preguntó el piloto, que estaba furioso-. Esos payasos nos dispararon.
– Demos gracias de que sean malos tiradores.
– No esperaba tener problemas cuando acepté este viaje -añadió el piloto, que no dejaba de vigilar la patrullera-. ¿Quiénes son ustedes? ¿Por qué los perseguía la patrullera?
– Pertenecemos a la agencia que lo contrató -respondió Pitt-. Mi amigo y yo trabajamos en la National Underwater and Marine Agency. Me llamo Dirk Pitt.
El piloto apartó una mano de los controles y la extendió por encima del hombro.
– Marvin Huey.
– Ah, norteamericano. De Montana, a juzgar por el acento.
– Cerca. Me crié en un rancho de Wyoming. Después de veinte años de pilotar estos cacharros para la fuerza aérea, y de que mi mujer me dejara por un petrolero, me vine aquí para montar una pequeña empresa de vuelos chárter.
Pitt le estrechó la mano mientras le echaba una ojeada superficial. Parecía de baja estatura, con el cabello pelirrojo ralo y grandes entradas. Vestía unos Levi's desteñidos, una camisa estampada y botas vaqueras. Los ojos eran de un color azul claro y parecían haber visto demasiado. Le calculó cincuenta y tantos años.
Huey miró a Pitt sin disimular la curiosidad.
– No me ha dicho a qué ha venido la gran escapada.
– Vimos algo que no debíamos ver -contestó Pitt, sin dar más explicaciones.
– ¿Qué hay que ver en un faro abandonado?
– El faro no es lo que parece.
Huey no le creyó, pero no insistió en el tema.
– Aterrizaremos en nuestro campo en Managua dentro de veinticinco minutos.
– Cuanto antes mejor. -Pitt señaló el asiento vacío del copiloto-. ¿Le importa?
– En absoluto.
– ¿Cree que podría hacer una pasada sobre las instalaciones de Odyssey en la isla?
El piloto se volvió sólo un poco para obsequiar a Pitt con la mirada que se reserva para los locos.
– Bromea, seguramente. Ese lugar está más vigilado que el Área 51 de Groom Lake, en Nevada. No podría acercarme a menos de diez kilómetros sin que un avión de vigilancia me ordenara dar media vuelta.
– ¿Qué pasa allá abajo?
– Nadie lo sabe. Las instalaciones son tan secretas que los nicaragüenses niegan que existan. Lo que comenzó como un muelle y un par de edificios se ha ido convirtiendo en los últimos cinco años en eso que vemos ahora. Las medidas de seguridad son extremas. Construyeron unas naves inmensas, y lo que algunas personas creen que son áreas de montaje. Los rumores hablan de alojamientos con capacidad para tres mil personas. Los nativos cultivaban café y tabaco en las islas. Altagracia y Moyogalpa, las principales ciudades, fueron demolidas e incendiadas después de que el gobierno obligara a los habitantes a abandonar sus tierras y los reinstalara en las montañas del este.