Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
Se bajó. Para evitar caminar inútilmente de un lado a otro, se sentó y siguió trenzando su cuerda, manteniendo el lápiz a mano y esperando ansiosamente los chasquidos que le indicaran que Renna se encontraba bien. El largo y duro silencio se prolongó hasta que un manojo de llaves le hizo cubrir su trabajo con la alfombra una vez más. Se levantó cuando las guardianas entraron y pusieron la cena sobre la vieja mesa. Maia comió en silencio, deprisa, tan ansiosa de que sus carceleras se marcharan como éstas por irse.
Cuando salieron, odió el regreso de la soledad.
¿Y si Tizbe ya se ha llevado a Renna?
Varias veces, interrumpió su trabajo para acercarse a la ventana. La tercera vez que miró, las escoltas y los caballos se habían ido. Un frío pánico la asaltó cuando no vio ningún movimiento en el camino. A medida que anochecía y la temperatura bajaba, debían de haber entrado en la torre, cuyos salones vacíos ofrecían espacio de sobra para mujeres y monturas.
Maia se bajó de la ventana y siguió preocupándose, mientras sus dedos trenzaban las fibras. Tizbe ha dicho que se marcharían mañana, pero nunca que…
Los primeros chasquidos en la placa de la pared hicieron que su corazón diera un brinco.
¡Renna! ¡Está a salvo!
Maia apartó su labor y cogió el cuaderno. Pronto quedó claro que Renna no estaba transmitiendo un rebuscado escenario del Juego de la Vida, sino una apresurada serie de simples puntos y rayas Morse. El mensaje terminó. Concentrándose, Maia tuvo que imaginar el significado de varias letras y palabras. Finalmente, soltó un grito.
—¡No!
Las altiplanicies pueden ser terriblemente frías, sobre todo en las mañanas de invierno, para una persona encaramada en lo alto de un precipicio y expuesta al viento.
Apenas había espacio para estirarse en el hueco de la ventana, cuya superficie fría y granulada rozaba los hombros de Maia a ambos lados. Usando una tabla de la caja rota a modo de caña de pescar, Maia tuvo que asomarse para que la cuerda colgara con propiedad e impedir que su carga chocara contra la dura superficie del acantilado. La palanca la ayudó cuando movió la tabla de izquierda a derecha, adelante y atrás, dando un impulso gradual hasta que la cuerda empezó a oscilar como un péndulo.
Hacía falta concentración para que sus temblores no interfirieran. No se debían solamente al frío. A la luz de la luna, el suelo parecía espantosamente lejano.
Aunque tuviera una cuerda lo suficientemente larga (una cuerda fabricada por artesanas diestras, no trenzada a mano por una muchachita inexperta), nunca podría conseguir bajar toda esa distancia.
¡Y sin embargo mira lo que estás intentando hacer!
Tras recibir el mensaje de Renna, una oleada de pánico total asaltó a Maia. No fue sólo por imaginarse meses, tal vez años, en completa soledad. La pérdida de aquella nueva amiga, cuando aún no se había recuperado de la de Leie, parecía un golpe físico. Su primer impulso fue acurrucarse bajo un montón de cortinajes y dejar que la depresión se apoderara de ella. Como alternativa a la acción, quedaba una mareante y agridulce atracción hacia la melancolía.
Maia se sintió tentada durante treinta segundos. Luego se puso a trabajar, buscando un medio de resolver su problema, sopesando cada posibilidad, incluso las que había descartado previamente.
¿La puerta y las paredes? Harían falta explosivos para romperlas. Se planteó mentalmente una forma de llamar a las guardianas y de vencerlas; pero esa fantasía era también absurda, sobre todo estando ellas más alerta, y teniendo a las escoltas de Tizbe allí para ayudarlas.
Eso dejaba la ventana. Con esfuerzo, podía pasar por el hueco, ¿pero con qué propósito? El suelo estaba imposiblemente lejos. Volviéndose hacia la izquierda, podía distinguir más almacenes, visibles como ventanitas que se extendían a ambos lados. Parecían casi tan fuera de su alcance como el suelo de la pradera. Además, ¿por qué cambiar una prisión por otra?
Mirando desesperadamente hacia todas partes, al final se volvió hacia arriba, y vio el pórtico abierto —parte de un gran patio que rodeaba el santuario— a seis o siete metros por encima de ella.
Si alguien me lanzara una cuerda desde allí, ironizó.
La desesperación condujo a la inspiración.
¿Podría lanzar una hacia arriba?
Sería un riesgo. Aunque fuera posible lanzar una cuerda y recorrer el camino que tenía en mente, necesitaría además algo que le sirviera de garfio y que no estorbara mientras hacía oscilar la cuerda de un lado a otro frente al muro dando impulso a la escala, y que (si todo iba bien) prendiera en la balaustrada de arriba.
Se negó a pensar en el último inconveniente: su peso añadido al improvisado recurso. Cruza ese puente cuando te lo encuentres, pensó Maia.
De vuelta al interior, empezó a romper sus cuadernos para sacar los clips en forma de muelle que encuadernaban las páginas. Tal vez pueda arreglar algunos para que se abran cuando golpeen…
Fue difícil ponerlo en práctica. Primero tuvo que romper los clips y luego usar una tabla de madera para que adquirieran la forma que necesitaba. Tras atar varios al final de la cuerda, practicó en el alféizar de la ventana hasta asegurarse de que el improvisado garfio prendería, dos de cada tres veces. La corta sección de cable usada en la prueba sostenía su peso, aunque confiar su vida a aquello parecía una locura, o fruto de la desesperación, o ambas cosas.
Maia rodeó con un simple lazo de cuerda los clips uniéndolos en un bulto compacto, para impedir que el conjunto se sacudiera y agitara mientras lo hacía oscilar adelante y atrás. Posiblemente se rompería al chocar con la balconada, y no en algún inoportuno momento anterior. Finalmente, se arrastró hasta la ventana cargando algunos cortinajes como acolchado, y una tabla con un agujero en un extremo, para usarla como aparejo.
Era difícil ver el extremo del cable incluso cuando colgaba hacia abajo. Sin embargo, una vez puso el péndulo en movimiento, pudo distinguir el garfio improvisado cada vez que pasaba ante un pequeño parche de nieve del suelo. Pronto osciló lo bastante para ocultar una pequeña masa de nubes blancas que cubría una de las lunas al este.
Adelante y atrás… meciéndose de un lado a otro. A pesar de sus preparativos para dejar que la tabla soportara la mayor parte del peso, Maia ya tenía los brazos agotados cuando la cuerda se alzó lo suficiente para quedar en horizontal, a la par con la fila de ventanas. Su corazón se detenía cada vez que el puñado de clips rozaba o chocaba con alguna protuberancia, obligándola a inclinarse aún más lejos para evitar que chocara en la oscilación de vuelta.
—¡Vamos, puedes hacerlo mejor! —recordó que solía decir Leie, cuando ambas tenían cuatro años y medio, y se escapaban de noche para burlarse de las madres pintándolas de azul. Cuando una de las estatuas del Patio de Verano quedó sin cara por tercera vez, las matriarcas del clan cerraron todas las puertas que daban al patio, y echaron polvillo alrededor de los monumentos para poder localizar luego a quien lo pisara.
Eso no acabó con los incidentes.
—¡Lo hago lo mejor que puedo! —le respondió a Leie la noche del asalto final, mientras se agarraba a la cuerda hecha con sábanas cuyo otro extremo estaba atado alrededor de los pies de su hermana. Bajar a Leie del tejado, brocha y cubo en mano, había sido más fácil en ocasiones anteriores, porque había almenas que Maia podía usar como punto de apoyo. Pero la última vez fueron sólo sus músculos preadolescentes los que combatieron al insistente tirón de la gravedad.