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Las Baladas Del Ajo

Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:

Una tragedia oriental que nos introduce en una China recóndita y contemporánea, que aún continúa siendo algo desconocida a ojos occidentales.
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
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– Yixiang -había dicho a su hijo después de cenar-, ¿por qué no vas a buscar a tu padre?

– ¿Para qué? -respondió-. Si no está camino de casa, ¿de qué sirve ir a buscarle? Y si viene, ¿qué daño voy a hacer si no salgo a su encuentro?

Cuarta Tía se quedó sin habla.

– Me pregunto por qué me he tomado la molestia de criarte -dijo después de un instante.

– No te he pedido que lo hicieras. Deberías haberme arrojado a la fosa séptica cuando nací y haber dejado que me ahogara. De ese modo, podrías haberme ahorrado muchos años de sufrimiento.

Ahogada por el llanto, Cuarta Tía se sentó en el borde del kang y dejó que las lágrimas brotaran. Su sombra se extendía por el suelo, teñida con la luz amarilla de la luna.

Se escuchó un golpe frenético en la puerta.

Cuarta Tía se precipitó a abrirla. Gao Yang entró a trompicones en la habitación.

– Cuarta Tía -murmuró entre sollozos-. Cuarto Tío ha muerto atropellado por un coche…

Cuarta Tía se desplomó en el suelo, donde permaneció sin moverse. Gao Yang la cogió y le dio unos golpecitos en la espalda y en los hombros hasta que escupió una bocanada de flemas.

– Número Uno, Número Dos, Jinju… Levantaos, todos. Vuestro padre ha muerto atropellado por un coche…

Jinju, cuyo embarazo estaba muy avanzado, entró corriendo, seguida de sus hermanos.

Al amanecer, un carricoche tirado por dos caballos entró en el callejón y se detuvo delante de la era. Cuarta Tía salió corriendo, gritando por su marido. Se había congregado una gran multitud, incluyendo al jefe de la aldea, Gao Jinjiao. Hermano Mayor y Segundo Hermano se quedaron impasibles junto al carricoche.

– Vuestro padre, ¿dónde está vuestro padre? -preguntó Cuarta Tía, con las manos extendidas de forma inquisidora.

Hermano Mayor se agachó y se sujetó la cabeza entre las manos mientras lloraba suavemente.

– Padre… Mi querido padre…

Su hermano menor, con los ojos secos, levantó la sábana de plástico que cubría el lecho del carricoche para mostrar el cadáver rígido de Cuarto Tío. Tenía la boca abierta, la mirada fija y las mejillas salpicadas de barro.

– ¡Esposo, mi esposo, qué manera más cruel de morir! Deja que toque tu rostro, tus manos. Tu semblante está frío como el hielo, al igual que tus extremidades. ¡La noche pasada estabas lleno de vida y esta mañana no eres más que un frío cadáver!

Cuarta Tía acarició la cabeza rapada de Cuarto Tío, luego sus orejas. A través de los jirones de su fina chaqueta pudo contemplar su abdomen oscuro y hundido. Las rasgadas perneras de los pantalones dejaban ver un amasijo viscoso de piel y carne.

– Esposo, todo el mundo sabe que sacar adelante una granja es un trabajo muy duro. Un golpe en la pierna no debería bastar para acabar contigo. -Cuarta Tía tanteó su calva en busca de heridas, y encontró una abolladura del tamaño de un huevo en el centro de la cabeza. Aquí está, el punto donde te partieron el cráneo y clavaron astillas de hueso en tu cerebro: así es como te han matado.

Dos de los aldeanos se llevaron a Cuarta Tía a rastras, con los dientes apretados y sin apenas poder respirar. Temerosos de que estuviera a punto de seguir los pasos de su esposo, un par de vecinos la obligaron a abrir la boca con un palillo; los gritos lastimeros y patéticos de jinju sonaban de fondo.

– ¡Tranquilo, no tan fuerte! No le saques los dientes -advirtió el hombre que le sujetaba la cabeza al que agarraba el palillo.

Una vez que hubo separado los labios, una bocanada de agua fría hizo que recuperara los sentidos.

La vaca muerta permanecía tumbada de costado en el segundo carricoche, con sus rígidas pezuñas asomando por encima de él como si fueran cañones. Dentro de su vientre, un ternero nonato se retorcía y agitaba.

A un arrebato de llanto le seguía otro de lamentos. Cuando todos levantaron la mirada, vieron que el sol se encontraba en lo más alto del cielo.

– Fang Yijun -dijo Gao Jinjiao, el jefe de la aldea-, tu padre ha muerto y, aunque derrames todas las lágrimas del mundo, eso no le va a devolver la vida. Con este calor, no va a tardar en empezar a oler, así que debes vestirle con la ropa más elegante que encuentres. Luego alquila un coche y llévalo al crematorio del Condado. En cuanto a la vaca, quítale la piel y vende la carne. Mañana es día de mercado y el precio de la ternera se ha puesto por las nubes. El dinero que consigas por el pellejo y por la carne será más que suficiente para cubrir los gastos del funeral.

– Tío -dijo Fang Yijun al jefe de la aldea-, ¿acaso esperas que aceptemos la muerte de nuestro padre sin rechistar? Gao Yang dice que estaba aparcado a un lado de la carretera y que el coche se abalanzó sobre ellos.

– ¡Oh! -comentó Gao Jinjiao-. ¿Es así como sucedió? Entonces, el conductor debería ir a la cárcel y el propietario debería pagar una indemnización. ¿Qué coche era?

– Pertenecía al gobierno municipal. El secretario del partido Wang Jiaxiu estaba dentro del coche cuando sucedió todo -dijo Gao Yang.

Gao Jinjiao se quedó blanco.

– Gao Yang -dijo gravemente-, quiero oír la verdad. ¿Estás seguro?

– Ésa es la verdad, tío. El coche tenía roto el radiador y se averió unos segundos después. Estaba sujetando a Cuarto Tío entre mis brazos y llorando cuando él secretario Wang y su chófer vinieron corriendo. El

Pequeño Zhang temblaba como una hoja y apestaba a alcohol. «No tienes nada que temer mientras yo esté aquí, Pequeño Zhang», le tranquilizó el secretario Wang. Después, preguntó de qué aldea era yo y cuando se lo dije, lanzó un suspiro de alivio y dijo: «Pequeño Zhang, no hay nada que temer. Son campesinos de nuestro municipio. Es un asunto sencillo. Un poco de dinero para la familia será suficiente para que se solucione todo».

– ¡Ya basta de decir tonterías, Gao Yang! -dijo Gao Jinjiao-. ¿Cuál era el número de la matrícula?

– Era un coche negro, sin matrícula. El único momento en el que se atreven a conducirlo es por la noche -comentó enfadado Gao Zhileng, el vecino que criaba periquitos-. El chófer es primo de la esposa del secretario Wang. Antes conducía un tractor y no tiene carné de conducir.

– ¡Gao Zhileng! -gritó Gao Jinjiao.

– ¿Qué? -preguntó Gao Zhileng-. Quieres que tenga la boca cerrada, ¿no es eso? ¡Muy bien, tú puedes tener miedo de él, pero yo no! ¡Mi tío es director adjunto del Departamento de Organización del Comité Municipal y nuestro Wang Jiaxiu no le llega a la altura de los zapatos!

– Muy bien, haz lo que quieras -dijo Gao Jinjiao-. Siempre y cuando se incinere el cuerpo y se pague al comité de la aldea una tarifa administrativa de diez yuan por la venta de la vaca.

– Si vosotros, hermanos Fang, no fuerais tan inútiles, llevaríais a vuestro padre hasta el recinto municipal y apretaríais las clavijas a Wang Jiaxiu -dijo Gao Zhileng.

Hermano Mayor se puso de pie titubeando, pero los ojos de su hermano relucían.

– ¡Vamos, hermano! -dijo resueltamente-. Jinju, vigila la casa. Madre, ven con nosotros.

Los muchachos sacaron en volandas el cuerpo de su padre del carricoche y lo depositaron boca abajo en el suelo como si fuera un perro muerto.

– Espera un momento, Número Dos -dije-. Primero viste a tu padre. En casa hay una chaqueta forrada nueva. Si va a ver a un oficial, debe tener buen aspecto.

– ¡Que le jodan al buen aspecto! -dijo el Número Dos-. Pero si está muerto.

Después cogió una puerta y colocó a su padre sobre ella, todavía boca abajo.

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