Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Другие детективы » Los Chicos Que Cayeron En La Trampa
Los Chicos Que Cayeron En La Trampa - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
1 ... 59 60 61 62 63 64 65 66 67 ... 96
Перейти на страницу:

El tipo se restregó las cuencas de sus ojos adormilados y repugnantes y asintió; los pliegues de su papada empezaron a hacer carambola unos con otros.

– Le estaba dando de hostias a la yonqui, ya veis las marcas, pero entonces intervine y la eché de aquí. Menuda boquita tenía, la muy guarra -dijo sin dejar de esforzarse inúltilmente por mantener la vertical.

Menudo payaso. ¿Por qué mentía?

De pronto se acercó otro compañero y le susurró algo al oído a Jacobsen.

– Muy bien -contestó él, y se quedó un rato observando a aquel idiota con las manos en los bolsillos y esa mirada suya que en un instante se podría traducir en unas esposas.

– Viggo Hansen, acaban de comunicarme que eres un viejo conocido. Sumas un total de al menos diez años encerrado por violencia y agresiones sexuales contra mujeres y pretendes que nos traguemos que viste a esa mujer pegando a la muerta. Qué falta de inteligencia. ¿Cómo se te ocurre salir con semejante gilipollez, conociendo a la policía como la conoces?

Respiró hondo. Como si tratase de rebobinar hasta un punto de partida más adecuado. Como si estuviera a punto de lograrlo.

– Venga, hombre; las cosas como son. Las viste hablando y ya está. ¿Algo más?

El tipo bajó la vista. Su humillación era más que palpable. Quizá se debiera a la presencia de Assad.

– No.

– ¿Qué hora era?

Se encogió de hombros. La melopea había distorsionado su percepción del tiempo. Hacía años, seguramente.

– ¿Has estado bebiendo desde entonces?

– Solo para entretenerme.

Intentó sonreír. No era una visión muy agradable.

– Viggo admite que ha cogido unas cuantas cervezas que había en el hueco de la escalera -intervino el agente que había subido a buscarlo-. Unas cervezas y una bolsa de patatas fritas.

Lo que es a la pobre Tine ya no iban a servirle de gran cosa.

Le pidieron que no saliera de casa en lo que quedaba del día y que dejase de darle a la bebida. Al resto de los vecinos no les sacaron nada nuevo.

En resumidas cuentas:Tine Karlsen había muerto, aparentemente sola y sin que nadie la echase de menos; nadie aparte de Lasso, una enorme rata hambrienta a la que de vez en cuando llamaba Kimmie. No era más que otro número en las estadísticas y, de no ser por la policía, al día siguiente nadie la recordaría.

Al darle la vuelta a su cuerpo rígido, los de la científica no encontraron más que una mancha oscura de orina.

– Quién sabe lo que habría podido contarnos -murmuró Carl.

Marcus asintió.

– Sí, hay que reconocer que esta muerte no es un mal estímulo para seguir con la búsqueda de Kimmie Lassen.

Solo quedaba la cuestión de si serviría de algo.

Dejó a Assad en el lugar de la explosión y le pidió que hiciera algunas averiguaciones para ver si la investigación había aportado novedades. Después tenía instrucciones de volver a Jefatura a ver si Rose necesitaba algo.

– Yo voy primero a la tienda de animales y luego al instituto de Rødovre -le gritó mientras Assad emprendía una carrera decidida hacia los expertos en explosivos y los peritos de la policía que aun seguían infestando el terreno del ferrocarril.

Con sus enormes árboles de hojas amarillo chillón plantados en jardineras de roble y sus carteles de animales exóticos por toda la fachada, Nautilus Trading parecía un verde oasis en medio de los edificios de antes de la guerra que poblaban la tortuosa callejuela, seguramente la próxima en desaparecer para dejar paso a un montón de casoplones de lujo completamente invendibles. Era una empresa considerablemente mayor de lo que esperaba y quizá también bastante más grande de lo que era cuando Kimmie trabajaba allí.

Y, por supuesto, estaba cerrada. La paz sabatina lo había invadido todo.

Rodeó los edificios hasta dar con una puerta que no estaba cerrada con llave. «Entrega de mercancías», ponía.

La abrió y, tras recorrer diez metros, se encontró en medio de un infierno de humedad tropical que de inmediato lo dejó con las axilas chorreando.

– ¿Hay alguien? -gritaba cada veinte segundos en su peregrinar a través de acuariolandia y sauriolandia hasta un paraíso de trinos procedentes de cientos y cientos de jaulas colocadas en una nave que tenía el tamaño de un supermercado.

No logró localizar a un ser humano hasta la cuarta nave de jaulas llenas de mamíferos grandes y pequeños; estaba enfrascado en limpiar un recinto de unas dimensiones suficientes para albergar a un león o dos.

Al aproximarse, percibió un olor acre, a fiera, en medio de aquella peste nauseabunda y dulzona, de modo que era posible que, efectivamente, fuese una jaula para leones.

– Perdone. -Se presentó con delicadeza, aunque al tipo de la jaula casi le da un infarto y se le cayeron el cubo y la fregona.

En medio de un charco de agua jabonosa, y enfundado en unos guantes que le llegaban hasta los codos, observaba al policía como si hubiera ido allí a despellejarlo, literalmente.

– Perdone -repitió Carl, esta vez con la placa a la vista-. Carl Mørck, del Departamento Q de la Jefatura de Policía. Tendría que haber llamado antes de venir, pero es que estaba aquí al lado.

Tendría entre sesenta y sesenta y cinco años, el pelo canoso y multitud de pequeñas arrugas alrededor de los ojos, seguramente cinceladas a lo largo de años de entusiasmo entre suaves cachorros peludos. En ese preciso instante parecía algo menos entusiasmado.

– Una jaula muy grande para limpiarla -intentó ablandarlo el policía mientras palpaba los lisos barrotes de acero.

– Sí, pero tiene que quedar perfecta. Mañana se la llevan al dueño de la empresa.

Pasaron a una nave contigua donde la presencia de los animales era algo menos intensa.

– Sí -dijo el hombre-, claro que me acuerdo de Kimmie. Ella ayudó a levantar todo esto. Creo que estuvo con nosotros unos tres años, justo cuando ampliamos el negocio y nos convertimos en importadores y central de intermediación.

– ¿Central de intermediación?

– Sí. Cuando un agricultor de Hammer quiere cerrar una explotación con cuarenta llamas o diez avestruces, ahí es donde aparecemos nosotros. O cuando un criador de visones quiere pasarse a la chinchilla. Los zoológicos pequeños también recurren a nuestros servicios. Tenemos contratados a un zoólogo y a un veterinario.

La sonrisa le marcó las arrugas.

– Además, somos el principal mayorista de todo tipo de animales con certificado del norte de Europa. Podemos conseguir cualquier cosa, desde camellos hasta castores. En realidad, todo fue idea de Kimmie. Ella era la única que tenía la experiencia necesaria por aquel entonces.

– Se licenció en Veterinaria, ¿me equivoco?

– Bueno, sí, casi. Y tenía buena base comercial, así que se le daba bastante bien estudiar el origen de los animales, las rutas por las que nos llegaban y ocuparse además de todo el papeleo.

– ¿Por qué lo dejó?

El empleado movió la cabeza de un lado a otro.

– Uf, ya hace mucho de eso, pero algo pasó cuando Torsten Florin empezó a comprar aquí. Por lo visto se conocían de antes, y ella luego conoció a otro a través de él.

Carl observó un momento al vendedor. Parecía fiable. Buena memoria. Organizado.

– Torsten Florin; ¿se refiere al diseñador?

– Sí. Le interesan muchísimo los animales; de hecho es nuestro mejor cliente.

Volvió a ladear la cabeza muy despacio.

– Bueno, hoy por hoy decir eso es quedarse corto, porque ahora es el accionista mayoritario de Nautilus, pero entonces venía como cliente. Un joven muy apuesto y exitoso.

– Caramba, pues sí que tienen que interesarle los animales, sí.

Carl levantó la mirada por encima de aquel bosque de barrotes.

– Y dice que ya se conocían de antes. ¿Y en qué lo notó?

– Bueno, yo no estaba delante la primera vez que vino Florin, supongo que se saludarían cuando iba a pagar. Ella era la que se ocupaba de esas cosas en aquella época. Al principio no parecía muy entusiasmada con el reencuentro. Lo que ocurriera después, no sé decirle.

1 ... 59 60 61 62 63 64 65 66 67 ... 96
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)