La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
Harper Road, Great Suffort Street, The Cut… Toda la ciudad rebosaba vida por todos los costados, como si un torbellino devastador la hubiera atravesado.
Bryan ni siquiera se percató de ello.
– ¿Realmente quieres hacerme creer que has estado deambulando por las calles vestido así y con el tiempo que hace, y además por Southwark, porque necesitabas reflexionar antes de tomar la decisión de ir o no a Munich, Bryan? ¿Qué tiene de especial esa invitación? Podías haberlo hecho en casa.
Una gota más, y la taza de té de Laureen se desbordaría.
– [Claro que iba a intentar convencerte para que no vayas! Pero tampoco te vas a librar de ello ahora, lo sabes, ¿no?
– ¡Vaya!
– ¡No estoy dispuesta a soportar una discusión más después de lo de México!
– ¿Discusión?
Bryan la miró. Había ido a la peluquería.
– Demasiado calor, demasiada gente. ¡Esos malditos horarios!
Laureen se dio cuenta de su mirada. Bryan la apartó.
– ¡No hace calor en Alemania!
– No, Bryan, pero en cambio hay tantas otras cosas. ¡Todo es tan… alemán!
La gota y algo más acabó derramándose por el borde de la taza.
Siempre habían compartido la aversión a los viajes. Laureen, porque temía lo desconocido; Bryan, porque temía el recuerdo de lo conocido. Por tanto, si alguna vez se iban de viaje, por regla general lo hacían arropados por un grupo de gente de habla inglesa con el que compartían intereses comerciales.
Si Laureen no lograba impedir que Bryan se fuera de viaje, procuraba acompañarlo y terminar lo antes posible, de la mejor manera posible y ordenadamente. Así se habían iniciado muchos de los viajes de negocios de Bryan, y así pretendía ella que volviera a ser esta vez.
Al día siguiente, Laureen le había presentado, fiel al procedimiento habitual y a desgana, los horarios de los vuelos y los billetes. La sorpresa fue mínima cuando Bryan le comunicó que, a pesar de todo, había decidido rechazar la oferta del Comité Olímpico Internacional. No pensaba ir a Munich.
Aquella noche, el sueño fue más agitado de lo que había sido durante años.
CAPÍTULO 30
Ya de buena mañana, Laureen estaba en plena actividad.
Ebria de alegría por haberse librado del viaje, se movía ajetreada por toda la casa, haciendo las mediciones pertinentes para las cortinas que estrenaría en otoño, con motivo de sus bodas de plata. Bryan se había ido a trabajar sin decir nada. Dos horas más tarde volvieron a ponerse en contacto con él. Le hizo un gesto a la señora Shuster, que se apresuró a cerrar la puerta de su despacho sin hacer ruido. La consulta del comité era insólita. Intentaban convencerlo de nuevo.
– Lo siento, pero ahora mismo estamos inmersos en el lanzamiento en toda Europa de un nuevo analgésico de asimilación rápida contra la úlcera gástrica. No tengo más remedio que participar en el diseño de nuestra estrategia de ventas y en la selección de nuestros socios colaboradores.
Así terminó la conversación. En líneas generales, todo era correcto; de hecho, se estaba planificando una nueva campaña de lanzamiento y se necesitaban nuevos agentes. Sin embargo, desde los más tiernos inicios de la empresa, Bryan jamás había tomado parte en las entrevistas a vendedores o distribuidores.
El hecho de que, en este caso, se viera impulsado a hacer una excepción sólo se debía a sus deseos de convertir aquella mentira piadosa en verdad.
De entre cincuenta distribuidores potenciales, el responsable de la logística de la empresa, Ken Fowles, sólo había seleccionado a diez para la ronda de entrevistas. De estos diez saldrían cuatro, que deberían cubrir su propia zona geográfica.
A los ojos de Bryan, todos los posibles distribuidores eran buenos, por lo que se limitó a dejar caer algún comentario esporádico durante las conversaciones.
A pesar de que Fowles, por razones de educación, se veía obligado a reclamar los comentarios de su jefe durante las cortas pausas entre entrevista y entrevista, no cabía la menor duda de que, finalmente, sería él quien tomaría las decisiones definitivas.
El segundo día apareció un candidato de nombre Keith Welles, un señor alegre y ligeramente enfermizo que, a pesar de la seriedad de la situación, se permitió tomarse la entrevista desde un punto de vista humorístico. Llevaba esperando su turno todo el día y era el último candidato. Estaba claro que aquel hombre rubicundo no sería la opción por la que optaría Ken Fowles. Escandinavia y Alemania, Austria y Holanda, que era la zona que cubriría, constituían un mercado demasiado importante para encomendárselo a una persona con la que Ken Fowles no se entendía a la perfección.
– ¿Y qué pasó con su antigua zona de ventas? -inquirió Bryan adelantándose a su ayudante.
Welles miró a Bryan fijamente a los ojos. Parecía que hubiera estado esperando a que llegara la pregunta, pero no desde aquella perspectiva.
– Pues un poco de todo. Cuando eres un extranjero afincado en Hamburgo, tus productos tienen que ser mejores que los de los demás. Si no lo son, los alemanes prefieren tratar con un extranjero afincado en Bonn o, mejor todavía, con un alemán afincado en el extranjero. ¡Así es como funciona el sistema siempre!
– ¿Y sus productos no eran mejores que los demás?
– ¿Mejores? -Welles se encogió de hombros y apartó la mirada de Bryan-. Eran como la mayoría de los productos. En los últimos años, el campo en el que he trabajado ha sido demasiado limitado para abarcar grandes descubrimientos y milagros.
– ¿Psicofármacos?
– ¡Pues sí! ¡Neurolépticos!
La sonrisa torcida de Welles hizo que Ken Fowles hiciera un gesto de impaciencia.
– Y, además, las modas cambian. Los preparados de cloropromacina han dejado de ser el alfa y omega en el tratamiento de las psicosis. Me dormí. Al final, mi stock era demasiado grande, las cantidades pendientes de cobro, todavía mayores, y las posibilidades de darle salida al producto, prácticamente nulas.
Bryan recordaba el preparado que Welles había mencionado a instancias de Fowles. Conocía muchos nombres distintos del mismo: largactil, prozil. Sin embargo, la denominación común era precisamente cloropromacina. Numerosos pacientes de la Casa del Alfabeto se habían consumido ante sus ojos haciendo de cobayas de un producto muy similar a aquél. Aunque él había evitado tomarlo durante la mayor parte de los diez meses en que estuvo ingresado en el lazareto de las SS, los efectos secundarios de aquel precursor de la droga se habían convertido en una parte de la vida cotidiana de Bryan, incluso tantos años después. Sólo con pensar en aquel producto, Bryan empezaba a sudar, se le secaba la boca y se azogaba.
– ¡Usted es canadiense, señor Welles! -dijo Bryan en un intento de sobreponerse.
– De Fraserville, a orillas del río Lawrence. ¡Madre alemana, padre inglés, población francófona!
– Un buen punto de partida para una carrera en Europa. Y, sin embargo, no cubre Francia. ¿Por qué?
– ¡Demasiadas complicaciones! A mi esposa le gusta verme de vez en cuando, señor Scott. ¡Es más lista que yo!
– ¿Y ella es la razón por la que aterrizó en Hamburgo, y no en Bonn?
Fowles no dejaba de echar vistazos a su reloj de pulsera. Intentaba sonreír. La historia de Welles no venía al caso.
– Llegué a Europa con motivo del desembarco en el golfo de Salerno, Italia, en 1943 con el X Ejército británico de McCreery. Por razones obvias, dada mi formación de farmacéutico, fui destinado a las tropas sanitarias, con las que atravesé todo el continente hasta que fui a parar a Alemania.
– ¿Y allí estaba ella, esperándolo en la frontera?
Fowles esbozó una sonrisa que una mirada de Bryan hizo desaparecer al instante.