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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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– No, qué va, nos conocimos un año después de la capitulación. ¡Me destinaron al programa de reconstrucción!

Bryan dejó que contara su historia. Una serie de ángulos de incursión que, hasta entonces, había desconocido, se abrieron gracias a aquel relato.

Welles había estado enrolado en el II Ejército británico de Dempsey cuando abrieron el campo de concentración de Bergen-Belsen. Fue ascendido dos veces y testificó en varias ocasiones durante los procesos de Nuremberg acerca de los abusos médicos de los nazis en los campos de concentración. Finalmente, fue destinado a un equipo de expertos, seleccionados por el servicio de inteligencia, para que inspeccionara los hospitales nazis.

Había cientos de lazaretos dispersos por todo el país. La gran mayoría de ellos habían sido abandonados, una vez cumplido su propósito. Algunos habían sido transformados con fines civiles en hospitales y clínicas privadas. Y luego estaban los lazaretos del tipo del manicomio de Hadamar, lugares en los que habían encontrado a los pacientes enterrados en fosas comunes; a los desfigurados, mutilados, repugnantes y dementes.

Habían sido tiempos horribles para el equipo de inspección. Incluso cuando se trataba de pacientes normales y corrientes con lesiones físicas. El concepto que tenían los nazis del ser humano también abarcaba a sus propias filas. No era raro encontrarse con casos en los que la dieta de los hospitales, tan falta de grasas durante los últimos meses de la contienda, hubiera causado daños irreparables en el sistema nervioso de los pacientes. De los muchos que visitaron, sólo un número muy limitado de lazaretos ubicados en el sur de Alemania y en Berlín ofrecía un estándar que podía calificarse de aceptable. Por lo demás, lo que había tenido lugar en aquellos centros era mezquino.

Tras unos meses de registro, los sentimientos de Welles se habían agotado. Al final, dejó de importarle dónde estaba, con quién estaba y qué bebía. Dejó de pensar en volver a casa.

El concepto de «patria» había dejado de tener sentido para él.

El último destino de Welles había sido el hospital de Bad Kreuznach, donde había conocido a una joven enfermera con unas ganas increíbles de vivir y una risa bendita que lo hicieron despertar. Bryan recordaba haber vivido algo parecido.

Se enamoraron y, un par de años después, se mudaron a Hamburgo, donde su mujer tenía familia y donde la gente no veía con tan malos ojos que se hubiera casado con un hombre de las tropas de ocupación.

Allí, Welles había montado una empresa que, durante algunos años, funcionó satisfactoriamente. Tenían tres hijos. En líneas generales, estaba satisfecho con la vida.

Su relato le causó una gran impresión a Bryan.

Cuando Ken Fowles, a última hora de la tarde, le entregó la lista de los agentes seleccionados, el nombre de Welles no estaba entre ellos. Lo había encontrado demasiado inconsistente, demasiado viejo, demasiado jovial, demasiado lento y demasiado canadiense.

Lo único que tenía que hacer Bryan era firmar la denegación.

Tuvo la carta sin firmar sobre la mesa toda la tarde y toda la noche. También fue lo primero que vio a la mañana siguiente.

Nadie podría haber detectado ni la más mínima decepción o sorpresa en la voz de Welles cuando Bryan lo llamó.

– Ya verá como todo irá bien, señor Scott -dijo-. Pero le agradezco que se haya molestado en comunicármelo personalmente.

– Naturalmente, le reembolsaremos los gastos de viaje, señor Welles. Pero ¿sabe? A lo mejor puedo ayudarlo, a pesar de todo. ¿Cuánto tiempo estará aún en el hotel?

– Salgo hacia el aeropuerto dentro de dos horas.

– ¿Podríamos vernos antes?

La pensión de Bayswater estaba lejos del nivel de calidad que Bryan ofrecía a sus empleados. A pesar de que la elegante avenida albergaba más pensiones que bancos la City, Keith Welles había conseguido encontrar el alojamiento más mísero de todos ellos. Incluso los escasos peldaños que conducían a la puerta principal evidenciaban, de una manera absolutamente inequívoca, que la época dorada de aquel humilde lugar había pasado hacía ya muchos años,

Welles ya había llenado las copas cuando Bryan llegó. Sentado allí, creyéndose inadvertido, su rostro reflejaba bien a las claras su decepción. Sólo cuando Bryan le dirigió la palabra, volvió a ponerse la máscara del buen humor. Demasiado relajada, demasiado equilibrada.

Era torpe y estaba sin afeitar, pero a Bryan le caía bien y lo necesitaba.

– Le he conseguido un trabajo, señor Welles. Siempre y cuando consiga convencerlos a usted y a su familia de trasladarse a Bonn, el trabajo será suyo a partir de mediados del mes que viene. Será el farmaceuta de habla inglesa de la administración de un proveedor de uno de nuestros proveedores. Usted es precisamente el hombre que la empresa andaba buscando. El contrato incluye una vivienda cerca del Rin, a un par de millas de la ciudad, un sueldo decente y pensión. ¿Le interesa?

Welles conocía la empresa y no se dio cuenta de que la máscara se le había caído, pues estaba evidentemente confundido y asombrado. Normalmente, no solía obtener las cosas tan fácilmente.

– Puede hacer algo por mí a cambio, señor Welles.

– ¡Mientras no sea ilegal y no tenga que cantar! -dijo Welles en un tono alegre, y acto seguido frunció el ceño.

– Cuando ayer nos habló de la inspección de hospitales en Alemania después de la guerra, mencionó que había visitado manicomios y, además, que había hecho un viaje de inspección por el sur de Alemania, ¿no es así?

– Sí, en más de una ocasión.

– ¿También por la región de Friburgo?

– ¿Friburgo de Brisgovia? Sí, di muchas vueltas por toda Badén Württemberg.

– Tengo especial interés en un sanatorio, bueno, más bien un lazareto que había al norte de Friburgo, en el margen de la Selva Negra, a las afueras de un pueblecito llamado Herbolzheim. El hospital sólo albergaba soldados de las SS. También había una sección para los dementes. ¿Le suena?

– Hay muchos sanatorios en Friburgo. ¡También los había entonces!

– Sí, pero éste estaba al norte de Friburgo. Era grande. En las montañas. ¡Todo un hospital de al menos diez alas!

– ¿No sabe cómo se llamaba?

– Algunos lo llamaban la Casa del Alfabeto, eso es todo lo que sé. Sólo había soldados de las SS ingresados en aquel lugar.

– Creo, señor Scott, que tendré que decepcionarlo. Se crearon un sinfín de lazaretos durante la guerra. Además, de eso hace ya muchos años. A veces inspeccionaba varios centros de tratamiento al día. Supongo que hace demasiado tiempo; sencillamente, apenas recuerdo ya nada de aquellos tiempos.

– Pero ¿tal vez podría intentarlo?

Bryan se inclinó hacia adelante y lo miró a los ojos. La mirada que encontraron los ojos de Bryan era despierta e inteligente.

– Vuelva a Alemania y hable con su familia. Intente arreglarlo todo en un par de días. Luego se irá a Friburgo a investigar unas cosas por mí, si es necesario, durante un par de semanas. Tiene tiempo de sobra antes de tomar posesión de su cargo. No se preocupe por el dinero, yo me haré cargo generosamente de todos los gastos que pueda tener. ¡Es así como puede corresponderme!

– ¿Qué se supone que debo buscar? ¿Quiere que me limite a encontrar el lazareto que ha mencionado?

– No, el lazareto fue destruido a principios de 1945. Busco a un hombre que conocí allí.

– ¿En el lazareto?

– Así es. Sí, estuve en aquel lazareto y escapé de allí el 23 de noviembre de 1944. Ya le explicaré más adelante las circunstancias que me llevaron a aquel lugar. Pero aquel hombre se quedó en el hospital y luego perdí su rastro. ¡Quiero saber qué le pasó! Estuvo ingresado con el nombre de Gerhart Peuckert. Procuraré que tenga en sus manos todos los datos necesarios, tales como rango militar y aspecto físico, en un par de días.

– ¿Sabe si todavía vive?

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