El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Nkata le indicó con un ademán que callara.
– Investigando esos nombres que usted le dio -dijo-. Al menos eso creo. Ya conoce a Barb.
– Oh, muchísimas gracias, Winston -susurró Barbara.
Nkata le dio la espalda y continuó hablando con Lynley.
– Barbara contó que la compañera de piso dice que todo es posible. El chico no iba corto de dinero, siempre llevaba encima un buen fajo, y no vendía una mierda. Si viera sus obras, no le extrañaría. El chantaje parece cada vez más probable. -Escuchó de nuevo-. Por eso quiero echarle otro vistazo. Tiene que haber una relación en alguna parte.
Que estaban en la pista de algo importante lo probaba la ausencia de detalles personales en el dormitorio de Nicola Maiden, pensó Barbara. Aparte de algunos artículos de vestir y una inocente hilera de conchas marinas en el antepecho de la ventana, nada sugería que la habitación hubiera sido ocupada por una persona de carne y hueso. Barbara habría llegado a la conclusión de que la dirección de Fulham era una fachada, y de que Nicola nunca había vivido allí, de no ser porque Vi Nevin había utilizado el tiempo tardado en abrir la puerta para sacar algo de la habitación. Dos cajones de la cómoda estaban vacíos por completo, y en el ropero, un amplio espacio en el perchero hablaba de algunas cosas hechas desaparecer a toda prisa, y sobre la cómoda, círculos libres de polvo indicaban la reciente presencia de objetos.
Barbara se dio cuenta de todo, pero no se molestó en pedir a Vi Nevin que les dejara registrar su cuarto para buscar los objetos desaparecidos. La joven ya había dejado muy claro que conocía sus derechos, y no convenía animarla a que los ejerciera.
Pero era significativo que hubiera llevado a cabo una limpieza a toda prisa. Solo un idiota no advertiría las implicaciones de ello.
En ese momento Nkata colgó y contó los progresos de Lynley. Barbara escuchó con atención, mientras buscaba relaciones entre las diferentes informaciones que iban reuniendo.
– Upman afirma que solo le echó un polvo -dijo cuando Nkata terminó-, pero podría ser el señor «Oh-la-la» de las postales y mentir como un bellaco, ¿no crees?
– O mentir sobre la importancia del polvo -apuntó Nkata-. Quizá pensó que se había producido una unión trascendental entre ambos. Puede que ella solo lo hiciera por diversión.
– Y cuando él lo descubrió, ¿se la cargó? ¿Dónde estaba el martes por la noche?
– Recibiendo un masaje cerca del aeropuerto de Manchester. Para aliviar la tensión, dijo.
Barbara lanzó un aullido.
– Jamás había oído una coartada semejante.
Se colgó el bolso al hombro y señaló la puerta. Salieron a Parkgate Road.
El piso de Terry Cole se encontraba a menos de cinco minutos a pie del pub, y Barbara guió a Nkata. Esta vez, cuando tocó el timbre contiguo al rótulo cole/Thompson, la puerta se abrió al instante.
Cilla Thompson les recibió en el rellano, vestida para salir. Su minifalda metálica plateada, el top a juego y la boina sugerían una audición inminente para un papel en una versión feminista de El mago de Oz.
– No tengo mucho tiempo -dijo.
– No se preocupe -contestó Barbara-. No necesitamos mucho.
Presentó a Nkata y entraron en el piso, que ocupaba la segunda planta de la casa y había sido reconvertido en dos pequeños dormitorios, una sala de estar, una cocina y un retrete del tamaño de una despensa. Como no quería que el episodio con Vi Nevin se repitiese, Barbara dijo:
– Nos gustaría registrarlo todo, si no le parece mal. Si Terry estaba metido en algo comprometedor, habrá dejado pruebas en algún sitio. Quizá haya escondido algo.
Cilla no tenía nada que ocultar, les informó, pero no le hacía ninguna gracia que manosearan sus bragas. Les enseñaría todas sus pertenencias, y punto. Podían hacer lo que quisieran en la madriguera de Terry.
Así pues, empezaron por la cocina, donde los aparadores no revelaron nada, salvo una predilección por los macarrones gratinados instantáneos, que los ocupantes del piso parecían consumir al por mayor. Había varias facturas sobre el escurridor, donde daba la impresión de que seis semanas de cacharros se estaban secando. Nkata las examinó, y luego las pasó a Barbara. La factura del teléfono era respetable, pero no exagerada. El consumo de electricidad parecía normal. Ninguna factura estaba vencida. Todas se habían pagado. La nevera tampoco aportó gran cosa a sus pesquisas. Una lechuga fláccida y una bolsa de plástico con coles de Bruselas de aspecto triste sugería que los ocupantes del piso no eran tan fieles al consumo de verduras como deberían. Lo más siniestro que vieron fue una lata de sopa de guisantes abierta, cuya mitad parecía haber sido engullida tal cual, sin recalentar. El estómago de Barbara se revolvió. Y ella pensaba que sus gustos culinarios eran discutibles.
– Nos la comemos tal cual -explicó Cilla desde la puerta.
– Eso parece -contestó Barbara.
Se trasladaron a la sala de estar, donde examinaron su inusual decoración. La habitación parecía una sala de exposiciones. Había varias piezas de la misma naturaleza agrícola que los esfuerzos de mayor tamaño vistos por Barbara aquel mismo día en el estudio de la arcada del ferrocarril, lo cual indicaba que eran obra de Terry. Los demás objetos, es decir, pinturas, eran fruto indudable de los afanes de Cilla.
Nkata, que no había visto la fijación oral de Cilla plasmada de una forma concreta, silbó en voz baja ante la docena de cavidades bucales exploradas en los lienzos de la sala de estar: bocas que chillaban, reían, lloraban, hablaban, comían, babeaban, vomitaban y sangraban, estaban plasmadas con gráficos detalles. Cilla también había explorado posibilidades fantásticas: de varias bocas surgían seres humanos, sobre todo miembros de la familia real.
– Muy… originales -comentó Nkata.
– Sin embargo, Munch [7] no tiene de qué preocuparse -murmuró Barbara, a su lado.
Había dormitorios a cada lado de la sala de estar, y entraron primero en el de Cilla, precedidos por la artista. Aparte de una nutrida colección de osos de peluche situados en la cómoda y el antepecho de la ventana, la habitación de Cilla no presentaba ninguna contradicción con la artista. Su guardarropa contenía las prendas coloridas que suelen asociarse con una pintora, la caja de leche que hacía las veces de mesita de noche albergaba la caja de condones que cabía esperar de una joven sexualmente activa y sexualmente precavida en los deprimentes días del sida. Una considerable colección de CD mereció la aprobación de Barbara, y confirmó a Nkata lo mucho que desconocía acerca del rock and roll. Ejemplares de What's On y Time Out tenían páginas dobladas y círculos alrededor de galerías con exposiciones recién inauguradas. Las paredes ofrecían obras de la artista, que había pintado el suelo para revelar algo más de su sensibilidad artística. Grandes lenguas goteantes masticaban comida sobre niños desnudos, que defecaban sobre otras lenguas oscilantes. Era un punto a favor de Freud, no cabía duda.
– Dije a la señora Baden que volvería a pintar el piso cuando me mudara -explicó Cilla, en respuesta al fracaso de los detectives por controlar su expresión-. Le gusta apoyar el talento. Eso dice ella. Pregúntenle.
– Nos basta con su palabra -dijo Barbara.
En el cuarto de baño tampoco encontraron nada, salvo un círculo mugriento y antihigiénico alrededor de la bañera. Nkata chasqueó la lengua. A continuación pasaron al dormitorio de Terry Cole, seguidos por Cilla, al parecer temerosa de que estropearan una de sus obras maestras si no vigilaba.
Nkata se dedicó a la cómoda y Barbara al ropero. En él, descubrió el asombroso hecho de que Terry tenía debilidad por el color negro, que se repetía en camisetas, jerséis, tejanos, chaquetas y calcetines. Mientras Nkata abría cajones detrás de ella, Barbara empezó a registrar tejanos y chaquetas con la esperanza de que revelaran algo crucial. Descubrió solo dos posibilidades entre los resguardos de entradas de cine y pañuelos de papel arrugados. La primera era un trozo de papel con la inscripción «Soho Square 31-32» escrita con una letra menuda y puntiaguda, y la segunda una tarjeta doblada en dos sobre un chicle reseco. Barbara la desdobló. Siempre se podía confiar…
[7] Referencia al pintor noruego Edvard Munch, cuyo cuadro más famoso es El grito. (N. del T.)