Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
El Peso De La Culpa - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
1 ... 60 61 62 63 64 65 66 67 68 ... 159
Перейти на страницу:

En la tarjeta estaba grabado «Bowers» con letras elegantes. En la esquina inferior izquierda había una dirección de Cork Street y un número de teléfono. En la inferior derecha, un nombre: Neil Sitwell. La dirección era W1. Otra galería, dedujo Barbara, pero de todos modos dejó el chicle reseco sobre la mesita de noche y guardó la tarjeta en el bolsillo.

– Aquí hay algo -dijo Nkata.

Barbara giró en redondo y vio que había sacado un humidificador del cajón inferior de la cómoda y lo había abierto.

– ¿Qué es? -preguntó.

Lo inclinó hacia ella. Cilla estiró el cuello.

– Eh, eso no es mío -se apresuró a decir cuando vio lo que era.

El humidificador contenía cannabis. Varias hojas, por lo que Barbara pudo ver. Y del cajón del que había extraído el humidificador, Nkata sacó papel de fumar y una bolsa de congelador que contenía, como mínimo, un kilo de hierba.

– Vaya -dijo Barbara. Miró a Cilla con suspicacia.

– Ya he dicho que no es mío -contraatacó Cilla-. No les habría permitido registrar el piso de haber sabido que tenía esa mierda, ¿vale? Yo no la toco. No toco nada que pueda dañar el proceso.

– ¿El proceso? -Nkata arrugó la frente.

– Mi arte -explicó Cilla-. El proceso creativo.

– Ya -dijo Barbara-. Bien sabe Dios que eso no se puede tocar. Ha sido muy inteligente por su parte.

Cilla no captó la ironía.

– El talento es precioso -dijo-. No hay que… desperdiciarlo.

– ¿Está diciendo que esto -señaló el cannabis- es el motivo de que Terry no pudiera triunfar como artista?

– Como ya le dije en el estudio, nunca se volcó lo bastante en su arte para obtener algo a cambio. No quería trabajar como los demás. Pensaba que no era necesario. Tal vez esa mierda fuese el motivo.

– ¿Porque casi siempre estaba colgado? -preguntó Nkata.

Cilla pareció incómoda por primera vez. Se removió sobre sus zapatos de plataforma.

– Escuche, es como… Está muerto y lo siento, pero la verdad es la verdad. Su dinero procedía de algún sitio. Eso debe de ser.

– Aquí no hay mucho, si se dedicaba a vender -dijo Nkata a Barbara.

– Quizá tenga la despensa en otro sitio.

Pero aparte de una butaca rellena en exceso, el único otro mueble de la habitación que podía proporcionar un escondite era la cama. Parecía demasiado descarado para ser verdad, pero Barbara lo comprobó. Levantó el borde de un viejo cubrecama de felpilla y debajo de la cama vio una caja de cartón.

– Ah -dijo Barbara-. Quizá, quizá…

Se agachó y sacó la caja. Estaba abierta. Separó las solapas y examinó su contenido.

Se trataba de postales, varios cientos. Pero no del tipo que se envía a la familia cuando uno está lejos de casa. No eran postales de felicitación. No servían para enviar mensajes. No eran recuerdos. No obstante, constituían el primer indicio de quién había matado a Terry Cole y por qué.

Un detective había sido enviado a Buxton para recoger a los Maiden a fin de que inspeccionaran los efectos de su hija. Hanken había indicado que una cortés petición de que acudiesen habría sido desoída, porque la hora de la cena se acercaba y los Maiden tenían que atender a sus huéspedes.

– Si queremos una respuesta esta noche, hay que ir a por ellos -dijo Hanken, no sin razón.

Una respuesta obtenida aquella noche sería útil, admitió Lynley. Por lo tanto, mientras Hanken y él se cepillaban unos rigatoni puttanesca en el restaurante Firenze de Buxton, la agente detective Patty Stewart fue a Padley Gorge a buscar a los padres de la chica muerta. Cuando los inspectores hubieron terminado su ágape, rematado con dos expresos por cabeza, Stewart telefoneó a Hanken para anunciar que Andrew y Nan Maiden ya estaban en comisaría.

– Que Mott te entregue las cosas de la chica -ordenó Hanken por su móvil-. Llévalas a la sala cuatro y espéranos.

No había más de cinco minutos hasta la comisaría de Buxton. Hanken se ocupó de la factura con parsimonia. Quería hacer sudar a los Maiden, explicó a Lynley. Quería que todos los implicados en la investigación estuvieran nerviosos, porque nunca se sabía qué podía dar de sí un ataque de nervios.

– Pensaba que habías concentrado tu interés en Will Upman -comentó Lynley.

– Todo el mundo me interesa. Quiero que todos estén nerviosos -contestó Hanken-. Hay que ver lo que la gente recuerda cuando la tensión aumenta.

Lynley no le recordó que la experiencia de Andy Maiden en el SO10 le habría preparado para soportar mucha más presión de la resultante de esperar un cuarto de hora a dos colegas en una comisaría. Al fin y al cabo, era el caso de Hanken, y estaba demostrando ser un colega adaptable.

– Lamento no haberla encontrado esta tarde -dijo Lynley a Nan Maiden cuando ella y su marido fueron conducidos a la sala 4, donde Hanken y él aguardaban de pie a ambos lados de una gran mesa de pino. La detective Stewart, apostada junto a la puerta con una libreta en la mano, había depositado sobre ella las pertenencias de Nicola.

– Fui a dar un paseo en bicicleta -dijo Nan.

– Andy dijo que fue a Hathersage Moor. ¿Es un paseo difícil?

– Me gusta el ejercicio, y hay sendas para ciclistas por todas partes. No es tan duro como parece.

– ¿Se cruzó con alguien mientras estuvo allí? -preguntó Hanken.

El brazo de Andy Maiden rodeó a su mujer, que replicó sin vacilar.

– Hoy no. Tenía el páramo para mí sola.

– Sale a menudo, ¿verdad? ¿Por las mañanas, por las tardes? ¿Por las noches también?

Ella frunció el entrecejo.

– Perdone, pero ¿me está preguntando…?

Un apretón de su marido bastó para hacerla callar.

– Pensaba que nos habían llamado para examinar las pertenencias de nuestra hija, inspector -dijo Andy Maiden.

Hanken y él se observaron, separados por la mesa. Junto a la puerta, Patty Stewart paseó la mirada entre ellos, con el bolígrafo preparado. En la calle, la alarma de un coche se disparó de repente.

Hanken fue el único que parpadeó.

– Adelante -dijo, y señaló con un cabeceo los artículos esparcidos sobre la mesa-. ¿Falta algo? ¿Hay algo que no sea de ella?

Los Maiden inspeccionaron cada objeto con detenimiento. Nan Maiden alargó la mano, vacilante, y acarició un jersey azul marino con una franja color marfil que definía el cuello.

– El cuello no le caía bien… -dijo-. Yo quise cambiarlo, pero ella no me dejó. Dijo: «Tú lo has hecho, mamá, y eso es lo que importa.» Ojalá lo hubiera arreglado. No me habría costado nada. -Parpadeó varias veces y su respiración se alteró, como si le faltara el aire-. Lo siento. No soy de gran ayuda.

Andy Maiden apoyó la mano en la nuca de su mujer.

– Solo unos momentos más, amor mío. -La animó a seguir mirando. Fue él, no obstante, quien reparó en lo que faltaba entre los objetos recogidos en el lugar del crimen-. El impermeable -dijo-. Es azul, con capucha. No está aquí.

Hanken dirigió una mirada a Lynley. La corroboración de tu teoría, dijo su expresión.

– El martes por la noche no llovió, ¿verdad?

Nadie contestó a la pregunta de Nan Maiden. Todos sabían que cualquiera que se aventurara en los páramos debía ir preparado para un súbito e inesperado cambio de tiempo.

Andy se concentró en los útiles de acampada: la brújula, la cocina, la olla, el estuche del plano, la palita. Cuando hubo examinado todo, su frente se arrugó.

– También falta su navaja de bolsillo.

1 ... 60 61 62 63 64 65 66 67 68 ... 159
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)