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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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—¿Es cierto que dijo todo eso?

—Sí, seguro, pues lo escribió. Y desgraciadamente hizo cosas todavía peores. Una vez instalado en la Pared Pelada, empezó a saquear las aldeas de abajo, a hacer incursiones para aprovisionarse… En suma, desencadenó una verdadera guerra contra las comarcas vecinas.

—¿Todas estaban en su contra?

—No se sabe. Quizás algunas lo apoyaban, ya te he dicho que había sabido insertarse en la inextrincable maraña de discordias que agitaba la región. A todo esto, llegó el invierno, el invierno de 1305, uno de los más rigurosos de aquellas décadas, y la miseria se instaló en las comarcas circundantes. Dulcino envió una tercera carta a sus seguidores, y otros muchos se unieron a su gente. Pero allí arriba la vida se había vuelto imposible y el hambre llegó a ser tal que comieron la carne de los caballos y otros animales, y heno cocido. Y muchos murieron.

—Pero, ¿contra quién peleaban en aquel momento?

—El obispo de Vercelli había apelado a Clemente V y éste había convocado una cruzada contra los herejes. Se decretó la indulgencia plenaria para todos aquellos que participaran en la misma, y se pidió ayuda a Ludovico de Saboya, a los inquisidores de Lombardía y al arzobispo de Milán. Fueron muchos los que cogieron la cruz para auxiliar a las gentes de Vercelli y de Novara, desplazándose incluso desde Saboya, desde Provenza y desde Francia, y todos se pusieron bajo las órdenes del obispo de Vercelli. Los choques entre las vanguardias de ambos ejércitos se sucedían con mucha frecuencia, pero las fortificaciones de Dulcino eran inexpugnables, y los impíos se las arreglaban para recibir refuerzos.

—¿De quiénes?

—De otros impíos, creo, satisfechos por todo aquel desorden. Sin embargo, hacia finales de dicho año de 1305 el heresiarca se vio obligado a retirarse de la Pared Pelada, dejando a los heridos y a los enfermos, y se dirigió hacia el territorio de Trivero, en uno de cuyos montes se hizo fuerte. El monte se llamaba Zubello, pero desde entonces se lo llamó Rubello o Rebello, porque en él se habían hecho fuertes los rebeldes contra la iglesia. No puedo contarte todo lo que sucedió allí, pero, en suma, los estragos fueron tremendos. Sin embargo, los rebeldes tuvieron que rendirse, Dulcino y los suyos fueron capturados, y con toda justicia acabaron en la hoguera.

—¿También la bella Margherita?

Ubertino me miró:

—¿No te has olvidado de eso, verdad? Sí, dicen que era bella, y muchos señores del lugar trataron de casarse con ella para salvarla de la hoguera. Pero no quiso. Murió impenitente junto a su impenitente amante. Y esto ha de servirte de lección: guárdate de la meretriz de Babilonia, aunque se encarne en la más exquisita de las criaturas.

—Ahora explicadme, padre. Me he enterado de que el cillerero del convento, y quizá también Salvatore, se encontraron con Dulcino, y que de alguna manera estuvieron con él…

—Calla, no pronuncies juicios temerarios. Conocí al cillerero en un convento franciscano. Aunque es verdad que después de los acontecimientos relacionados con Dulcino. En aquellos años, antes de que decidiesen refugiarse en la orden de San Benito, muchos espirituales corrieron graves riesgos, y debieron abandonar sus conventos. Ignoro dónde estuvo Remigio antes de nuestro encuentro, pero sé que siempre ha sido un buen fraile, al menos desde el punto de vista de la ortodoxia. En cuanto al resto, ¡ay!, la carne es débil…

—¿Qué queréis decir?

—No son cosas que debas saber. Pero, en fin, puesto que ya hemos tocado el tema, y puesto que debes estar en condiciones de distinguir entre el bien y el mal… —tuvo aún un momento de vacilación—, te diré que me han llegado rumores, aquí, en la abadía, de que el cillerero es incapaz de resistir ciertas tentaciones… Pero son rumores. Debes aprender a ni siquiera pensar en esas cosas —me atrajo de nuevo hacia sí, y, abrazándome con fuerza, me señaló la estatua de la Virgen—: Debes iniciarte en el amor inmaculado. En esta mujer que aquí ves la feminidad se ha sublimado. Por eso puedes decir que ella sí es bella, como la amada del Cantar de los Cantares. En ella —dijo con el rostro extasiado en un rapto de goce interior, como el Abad el día antes, al hablar de las gemas y el oro de sus utensilios—, en ella hasta la gracia del cuerpo se convierte en signo de las bellezas celestiales, por eso el escultor la ha representado con todas las gracias que deben adornar a una mujer —me señaló el busto elegante de la Virgen, que mantenía erguido y firme un corpiño ajustado en el centro por unos cordoncillos con los que jugueteaban las manitas del Niño Jesús—. ¿Ves? Pulchra enim sunt ubera quae paululum supereminent et tument modice, nec fluitantia licenter, sed leniter restricta, repressa sed non depressa…[94] ¿Qué te inspira la visión de esa dulcísima imagen?

Me ruboricé violentamente, como agitado por un fuego interior. Ubertino debió de advertirlo, o quizá percibió el ardor de mis mejillas, porque en seguida añadió:

—Pero debes aprender a distinguir entre el fuego del amor sobrenatural y el deliquio de los sentidos. Hasta a los santos les cuesta distinguirlos.

—Pero ¿cómo se reconoce el amor bueno? —pregunté tembloroso.

—¿Qué es el amor? Nada hay en el mundo, ni hombre ni diablo ni cosa alguna, que sea para mí tan sospechosa como el amor, pues éste penetra en el alma más que cualquier otra cosa. Nada hay que ocupe y ate más el corazón que el amor. Por eso, cuando no dispone de armas para gobernarse, el alma se hunde, por el amor, en la más honda de las ruinas. Y creo que, sin la seducción de Margherita, Dulcino no se habría condenado, y que, sin la vida perversa y promiscua de la Pared Pelada, muchos no se habrían sentido atraídos por su rebelión. Y fíjate que no te digo estas cosas sólo del amor malo, del que, naturalmente, todos han de huir como de algo diabólico, sino también, y lleno de miedo, del amor bueno que se da entre Dios y el hombre, y entre éste y su prójimo. Porque a menudo sucede que dos o tres, hombres o mujeres, se amen bastante cordialmente, y sientan especial afecto unos por otros, y deseen vivir siempre juntos, y cada uno está‚ siempre dispuesto a hacer lo que el otro desee. Y te confieso que un sentimiento como éste fue el que abrigué por mujeres virtuosas como Angela y Chiara. Pues bien, también ese amor es bastante reprobable, aunque tenga un sentido espiritual y está inspirado en Dios… Porque, si el alma, indefensa, se entrega al fuego del amor, a pesar de no ser éste carnal, también acaba cayendo, o bien agitándose en el desorden. Oh, el amor tiene efectos muy diversos; primero ablanda al alma, luego la enferma… Pero más tarde ésta siente el fuego verdadero del amor divino, y grita, y se lamenta, y es como piedra que en el horno se calcina, y se deshace y crepita lamida por las llamas…

—¿Y es bueno ese amor?

Ubertino me acarició la cabeza, y al mirarlo vi que sus ojos estaban llenos de lágrimas:

—Sí, este sí que es amor bueno. —Retiró la mano de mis hombros—. ¡Pero qué difícil, qué difícil es distinguirlo del otro! Y a veces, cuando tu alma es tentada por los demonios, te sientes como el hombre colgado del cuello: con las manos atadas a la espalda y los ojos vendados, suspendido de la horca, pero aún vivo, sin nadie que lo ayude ni lo conforte ni lo cure, girando en el vacío…

Su rostro ya no sólo estaba bañado de lágrimas sino también cubierto por un velo de sudor.

—Ahora vete —me dijo impaciente—, te he dicho lo que querías saber. Aquí el coro de los ángeles, allá la boca del infierno. Vete, y alabado sea el Señor.

Se prosternó de nuevo ante la Virgen y oí un sollozo quedo. Estaba rezando.

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94

«En efecto, son hermosos los pechos que sobresalen un poco y se abultan módicamente y no flotan licenciosamente, sino suavemente ceñidos, recogidos, pero no hundidos…»

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