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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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—Entonces hacía bien…

—Pero en algo se equivocó… Vestido con una capa blanca sobre una túnica blanca, y con el cabello largo, conquistó entre los simples fama de santidad. Vendió una casita que tenía y una vez que tuvo el dinero se subió a una roca desde donde antiguamente solían arengar los podestás, con la bolsa de monedas en la mano, y no las arrojó ni las entregó a los pobres, sino que llamó a unos pillos que jugaban allí cerca y vació la bolsa sobre ellos diciéndoles: «Que coja el que quiera», y los pillos cogieron el dinero y fueron a jugárselo a los dados, y blasfemaban contra el Dios viviente, y él, que les había dado el dinero, los escuchaba sin ruborizarse.

—Pero también Francisco se desprendió de todo y hoy Guillermo me ha contado que fue a predicar a las cornejas y a los gavilanes, y también a los leprosos, o sea a la hez que el pueblo de los que se decían virtuosos tenía marginada…

—Sí, pero Gherardo se equivocó en algo. Francisco nunca llegó a enfrentarse con la santa iglesia, y el evangelio dice que hay que dar a los pobres, no a los pillos. Gherardo dio y no recibió nada a cambio, porque la gente a la que había dado era mala, y malos fueron sus comienzos, mala la continuación y malo el fin, porque su secta fue condenada por el papa Gregorio X.

—Quizás era un papa con menos visión que el que aprobó la regla de Francisco…

—Sí, pero Gherardo se equivocó en algo. Francisco, en cambio, sabía bien lo que hacía. ¡Además, muchacho, aquellos porquerizos y vaqueros convertidos de pronto en seudoapóstoles querían vivir tranquilamente, y sin sudor, vivir de las limosnas de aquellos que con tanta fatiga y con tan heroico ejemplo de pobreza habían educado los frailes franciscanos! Pero no es eso —añadió en seguida—. Lo que sucedió fue que, para parecerse a los apóstoles, que todavía eran judíos, Gherardo Segalelli se hizo circuncidar, lo que iba contra las palabras de Pablo a los gálatas… Y ya sabes que muchas personas de gran santidad anuncian que el Anticristo ha de venir del pueblo de los circuncisos. Pero Gherardo hizo algo todavía peor. Fue recogiendo a los simples y diciéndoles: «Venid conmigo a la viña», y aquellos que no lo conocían entraban con él en la viña ajena, creyendo que era suya, y comían la uva de los otros.

—No habrán sido los franciscanos los que defendieron la propiedad ajena —dije con descaro.

Ubertino me lanzó una mirada severa:

—Los franciscanos piden la pobreza para sí mismos, pero nunca la han pedido para los otros. No puedes atentar impunemente contra la propiedad de los buenos cristianos; si lo haces, los buenos cristianos te señalarán como un bandido. Eso fue lo que le sucedió a Gherardo, de quien llegó a decirse (mira, no sé si es verdad, pero confío en la palabra de fray Salimbene, que conoció a aquella gente) que para poner a prueba su fuerza de voluntad y su continencia durmió con algunas mujeres sin tener relaciones sexuales. Pero, cuando sus discípulos trataron de imitarlo, los resultados fueron muy diferentes… ¡Oh, no son cosas que deba saber un muchacho! La hembra es vehículo del demonio… Gherardo siguió gritando «penitenciágite», pero uno de sus discípulos, un tal Guido Putagio, intentó apoderarse de la dirección del grupo, e iba con gran pompa y con muchas cabalgaduras y gastaba mucho dinero y organizaba grandes banquetes como los cardenales de la iglesia de Roma. Y en cierto momento ambos se enfrentaron por el control de la secta, y sucedieron cosas muy feas. Sin embargo, fueron muchos los que siguieron a Gherardo, no sólo campesinos, sino también gente de las ciudades, inscrita en los gremios, y Gherardo los hacía desnudar para que siguiesen desnudos a Cristo desnudo y los enviaba a predicar por el mundo, pero él se hizo hacer un traje sin mangas, blanco, de tela resistente, ¡y con esa ropa parecía más un bufón que un religioso! Vivían a la intemperie, pero a veces subían a los púlpitos de las iglesias interrumpiendo la asamblea del pueblo devoto y echando a los predicadores. Y en cierta ocasión pusieron a un niño en el trono episcopal de la iglesia de Sant’Orso, en Rávena. Y se decían herederos de la doctrina de Joaquín de Fiore.

—También los franciscanos lo dicen —repliqué—, también Gherardo da Borgo San Donnino ¡también vos lo decís!

—Cálmate, muchacho. Joaquín de Fiore fue un gran profeta y fue el primero en comprender que la llegada de Francisco marcaría la renovación de la iglesia. Pero los seudoapóstoles utilizaron su doctrina para justificar las propias locuras. Segalelli llevaba consigo a un apóstol femenino, una tal Tripia o Ripia, que decía tener el don de la profecía. Una mujer, ¿entiendes?

—Pero padre —intenté alegar— vos mismo, la otra noche, hablabais de la santidad de Chiara da Montefalco y de Angela da Foligno…

—¡Estas eran santas! ¡Vivían en la humildad reconociendo el poder de la iglesia, no se arrogaron jamás el don de la profecía! En cambio, los seudoapóstoles afirmaban que también las mujeres podían ir predicando de ciudad en ciudad, como sostuvieron también muchos otros herejes. Y ya no se hacía diferencia alguna entre célibes y casados, ni voto alguno fue tenido ya por perpetuo. En suma, para no aburrirte demasiado con historias tan tristes, cuyos matices no estás en condiciones de apreciar plenamente, te diré que por último el obispo Obizzo, de Parma, decidió encarcelar a Gherardo. Pero entonces sucedió algo extraño, que demuestra lo débil que es la naturaleza humana, y lo insidiosa que es la hierba de la herejía. Porque el obispo acabó liberando a Gherardo, y lo sentó a su mesa, junto a él, y reía de sus bromas, y lo tenía como bufón.

—Pero ¿por qué?

—Lo ignoro. O quizá sí, sepa por qué. El obispo era noble y no le gustaban los mercaderes y artesanos de la ciudad. Quizá no dejaba de agradarle que con sus predicas de pobreza Gherardo los atacase, y pasara de pedir limosna a robar. Pero al final intervino el papa, y el obispo tuvo que tomar una actitud de justa severidad. De modo que Gherardo acabó quemado como hereje impenitente. Eso sucedió a comienzos de este siglo.

—¿Y qué tiene que ver fray Dulcino con todo esto?

—Tiene que ver, y esto demuestra que la herejía sobrevive a la propia destrucción de los herejes. El tal Dulcino era el bastardo de un sacerdote que vivía en la diócesis de Novara, en esta parte de Italia, un poco más hacia el norte. Hay quien dice que nació en otra parte, en el valle de Ossola, o en la Romaña. Pero eso no importa. Era un joven de ingenio agudísimo, y se le dieron estudios, pero robó al sacerdote que se ocupaba de él y huyó hacia el este, a la ciudad de Trento. Allí empezó a predicar lo mismo que había predicado Gherardo, de manera aún más herética, pues afirmaba que era el único apóstol verdadero de Dios y que todo debía ser común en el amor y que era lícito ir con cualquier mujer, de modo que nadie podía ser acusado de concubinato, aunque yaciese con su mujer o su hija.

—¿De verdad predicaba eso, o fue acusado de predicarlo? Porque he oído decir que también a los espirituales se los acusó de crímenes, como sucedió con aquellos frailes de Montefalco…

—De hoc satis[93] —me interrumpió bruscamente Ubertino—. Aquellos habían dejado de ser frailes. Eran herejes. Justamente, contaminados por Dulcino. Y por otra parte, escucha: basta saber lo que Dulcino hizo después para reconocer su impiedad. Tampoco sé cómo llegó a conocer las doctrinas de los seudoapóstoles. Quizá pasó por Parma, cuando joven, y escuchó a Gherardo. Lo que se sabe es que en la región de Bolonia estuvo en contacto con aquellos herejes después de la muerte de Segalelli. Y se sabe con toda seguridad que empezó a predicar en Trento. Allí sedujo a una muchacha hermosísima y de familia noble, llamada Margherita, o ella lo sedujo a él, como Eloísa sedujo a Abelardo, ¡porque no olvides que a través de la mujer penetra el diablo en el corazón de los hombres! Entonces el obispo de Trento lo expulsó de su diócesis, pero Dulcino ya había reunido más de mil adeptos, e inició una larga marcha que volvió a llevarlo a la región donde había nacido. Por el camino se le unían otros ilusos, seducidos por su palabra, y quizá también se le unieron muchos herejes valdenses de estas tierras del norte. Cuando llegó a la región de Novara, Dulcino encontró un ambiente favorable a su rebelión, porque los vasallos que gobernaban la comarca de Gattinara en nombre del obispo de Vercelli habían sido expulsados por la población, que por tanto acogió a los bandidos de Dulcino como buenos aliados.

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«de esto, basta».

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