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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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—¿Qué habían hecho los vasallos del obispo?

—Lo ignoro, y no me incumbe juzgarlo. Pero ya ves que la herejía suele ir unida a la rebelión contra los señores. Por eso, el hereje empieza predicando la pobreza y después acaba cediendo a todas las tentaciones del poder, la guerra y la violencia. En Vercelli había una lucha entre las diferentes familias de la ciudad, y los seudoapóstoles se aprovecharon de la situación, y las familias, a su vez, supieron sacar ventaja del desorden introducido por los seudoapóstoles. Los señores feudales reclutaban aventureros para saquear las ciudades, y los ciudadanos pedían la protección del obispo de Novara.

—¡Qué historia tan complicada! Pero ¿Dulcino con quién estaba?

—No sé, estaba de parte suya, se había inmiscuido en todas esas disputas y se aprovechaban de ellas para predicar la lucha contra la propiedad ajena en nombre de la pobreza. Él y los suyos, que ya eran unos treinta mil, acamparon sobre un monte llamado La Pared Pelada, no lejos de Novara, y allí construyeron fortificaciones y habitáculos, y Dulcino ejercía su poder sobre toda aquella muchedumbre de hombres y mujeres que vivían en la promiscuidad más vergonzosa. Desde allí enviaba a sus fieles cartas en las que exponía su doctrina herética. Decía y escribía que su ideal era la pobreza, y que no estaban ligados por ningún vínculo de obediencia externa, y que él, Dulcino, era el enviado de Dios para revelar las profecías e interpretar el sentido de las escrituras del antiguo y del nuevo testamento. Y a los miembros del clero secular, a los predicadores y a los franciscanos los llamaba ministros del diablo, y eximía a todos de obedecerles. Y hablaba de cuatro edades en la vida del pueblo de Dios: la primera, la del antiguo testamento, la de los patriarcas y los profetas, antes de la llegada de Cristo, en la que el matrimonio era bueno porque la gente debía multiplicarse. La segunda, la edad de Cristo y los apóstoles, que fue la época de la santidad y la castidad. Después vino la tercera, en que los pontífices debieron aceptar primero las riquezas terrenales para poder gobernar al pueblo. Pero cuando los hombres empezaron a alejarse del amor a Dios vino Benito, que habló en contra de toda posesión temporal. Cuando más tarde también los monjes de Benito se dedicaron a acumular riquezas, vinieron los frailes de San Francisco y de Santo Domingo, aún más severos que Benito en la predicación contra el dominio y la riqueza terrenales. Y ahora que la vida de tantos prelados volvía a contradecir todos aquellos preceptos justos, la tercera edad tocaba ya a su fin y había que convertirse a las enseñanzas de los apóstoles.

—Pero entonces Dulcino predicaba lo mismo que ya habían predicado los franciscanos, y entre ellos precisamente los espirituales, ¡y vos mismo, padre!

—¡Oh, sí! ¡Pero extraía una conclusión perversa! Decía que, para acabar con esta tercera edad de la corrupción, todos los clérigos, los monjes y los frailes debían morir de muerte muy cruel. Decía que todos los prelados de la iglesia, los clérigos, las monjas, los religiosos y religiosas, y todos los miembros de la orden de los predicadores y de los franciscanos, y los eremitas, y el propio papa Bonifacio, deberían ser exterminados por el emperador que él, Dulcino, eligiese, que habría de ser precisamente Federico de Sicilia.

—Pero, ¿acaso no fue Federico quien acogió en Sicilia a los espirituales expulsados de Umbría? ¿Acaso no son los franciscanos los que piden que el emperador, en este caso Ludovico, destruya el poder temporal del papa y los cardenales?

—Lo propio de la herejía, o de la locura, es transformar los pensamientos más rectos, y extraer de ellos unas consecuencias contrarias a las leyes de Dios y de los hombres: Los franciscanos nunca han pedido al emperador que mate a los otros sacerdotes.

Ahora sé que se engañaba, porque, cuando unos meses más tarde el bávaro impuso su propio orden en Roma, Marsilio y otros franciscanos hicieron a los religiosos fieles al papa precisamente lo que Dulcino había pedido que se les hiciera. Con esto no quiero decir que Dulcino estuviese en lo justo; en todo caso, diría que también Marsilio estaba equivocado. Pero empezaba a preguntarme, sobre todo después de la conversación de aquella tarde con Guillermo, cómo los simples que seguían a Dulcino hubiesen podido distinguir entre las promesas de los espirituales y la aplicación que de ellas hacía Dulcino. ¿Acaso su culpa no consistía en que llevaba a la práctica lo que unos hombres con fama de ortodoxos habían predicado en un plano puramente místico? ¿O acaso radicaba ahí la diferencia, y la santidad consistía en esperar que Dios nos otorgase lo que sus santos nos habían prometido, sin tratar de obtenerlo por vías terrenales? Ahora sé que es así y sé por qué Dulcino se equivocaba: no hay que transformar el orden de las cosas, aunque haya que esperar con fervor su transformación. Pero aquella noche me debatía entre ideas contradictorias.

—Por último —estaba diciéndome Ubertino—, la herejía siempre se reconoce porque va acompañada de soberbia. En una segunda carta, del año 1303, Dulcino se designaba jefe supremo de la congregación apostólica, y nombraba lugartenientes suyos a la pérfida Margherita (una mujer), a Longino da Bergamo, a Federico da Novara, a Alberto Carentino y a Valderico da Brescia. Y después empezaba a desvariar acerca de una sucesión de papas venideros: dos buenos —el primero y el último— y dos malos —el segundo y el tercero—. El primero es Celestino; el segundo, Bonifacio VIII, de quien los profetas dicen: «La soberbia de tu corazón te ha envilecido, ¡oh, tú, que vives en las grietas de las rocas!» Al tercer papa no lo nombra, pero de él habría dicho Jeremías: «como león en la selva». Y, oh, infamia, según Dulcino el león era Federico de Sicilia. Todavía no sabía quién habría de ser el cuarto papa, el papa santo, el papa angélico del que hablaba el abad Joaquín. Este papa sería elegido por Dios, y entonces Dulcino y todos los suyos (que en aquel momento ya eran cuatro mil) recibirían juntos la gracia del Espíritu Santo, y la iglesia resultaría renovada, para no volver a corromperse, hasta el fin del mundo. Pero en los tres años anteriores a su advenimiento debería consumarse todo el mal. Y eso fue lo que trató de hacer Dulcino, llevando la guerra a todas partes. Y el cuarto papa, y en esto se ve cómo se burla el demonio de sus súcubos, fue precisamente Clemente V, que convocó la cruzada contra Dulcino. E hizo bien, porque en aquellas cartas Dulcino ya sostenía doctrinas inconciliables con la ortodoxia. Dijo que la iglesia romana era una meretriz, que no era obligatorio obedecer a los sacerdotes, que todos los poderes espirituales pertenecían a la secta de los apóstoles, que sólo éstos formaban la nueva iglesia, que ellos podían anular el matrimonio, que para salvarse era necesario pertenecer a la secta, que ningún papa podía absolver del pecado, que no debían pagarse los diezmos, que había más perfección en la vida sin votos que en la vida con votos, que, para rezar, una iglesia consagrada no valía más que un establo, y que podía adorarse a Cristo tanto en los bosques como en las iglesias.

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