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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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El león que vi tenía una boca llena de dientes, y una cabeza primorosamente cubierta de escamas, como la de las serpientes, el cuerpo, enorme, estaba plantado sobre cuatro patas robustas cuyas zarpas exhibían unas uñas agudas y feroces. La imagen pintada en el pergamino hacía pensar en una de aquellas alfombras orientales que más tarde pude contemplar, donde, sobre un fondo de escamas rojo y verde esmeralda se dibujaban, amarillos como la peste, unos robustos y horrendos arquitrabes hechos con huesos. Amarilla era también la cola, que se retorcía por encima del lomo hasta la cabeza, para acabar en una última voluta rematada con mechones blancos y negros.

Ya grande era la impresión que me había producido el león (más de una vez me había vuelto para mirar hacia atrás, como si temiese la aparición repentina de un animal como aquél), cuando decidí mirar otros folios y, al comienzo del evangelio de Mateo, mis ojos tropezaron con la imagen de un hombre. No sé por qué me asusté más que al ver el león: el rostro era humano, pero el cuerpo estaba metido en una especie de casulla rígida que llegaba hasta los pies, y aquella casulla o coraza tenía incrustadas piedras duras de color rojo y amarillo. Me pareció que esa cabeza, que asomaba enigmática por encima de un castillo de rubíes y topacios, era (¡hasta qué punto el terror me hacía blasfemar!) la del misterioso asesino cuyas huellas intangibles estábamos siguiendo. Más tarde comprendí por qué establecía una relación tan estrecha entre la fiera y el hombre acorazado, de una parte, y el laberinto, de la otra: porque los dos, al igual que todas las figuras de aquel libro, emergían de una trama que era un entrelazamiento de laberintos, donde las líneas de ónix y esmeralda, los hilos de crisopacio, las cintas de berilo parecían aludir en su conjunto a la maraña de salas y pasillos que me rodeaba en aquel momento. Mis ojos se perdían, en la página, por senderos rutilantes como mis pies estaban haciéndolo en la angustiosa sucesión de las salas, y al ver representada en aquellos folios mi marcha errante por la biblioteca me llené de inquietud y pensé que cada uno de esos libros contaba, con matices secretamente burlones, la historia que yo estaba viviendo en aquel momento. «De te fabula narratur»,[100] dije para mí, y me pregunté si aquellas páginas no contendrían ya la historia de los instantes que me esperaban en el futuro.

Abrí otro libro, y me pareció que procedía de la escuela hispánica. Los colores eran violentos, los rojos parecían sangre o fuego. Era el libro de la revelación del apóstol, y otra vez, como la noche anterior, volví a caer en la página de la mulier amicta sole.[101] Pero no era el mismo libro, la miniatura era distinta, aquí el artista había pintado con más detalle las facciones de la mujer. Comparé el rostro, los pechos, los sinuosos flancos, con la estatua de la Virgen que había contemplado junto a Ubertino. Aunque de signo distinto, también esta mujer me pareció bellísima. Pensé que no debía insistir en aquellos pensa-mientos, y pasé algunas páginas. Encontré otra mujer, pero esa vez se trataba de la meretriz de Babilonia. No me impresionaron tanto sus facciones como la idea de que era una mujer como la otra, y de que sin embargo, mientras aquella era el receptáculo de todas las virtudes, ésta era el vehículo de todos los vicios. Pero en ambos casos los rasgos eran femeninos, y en determinado momento ya no supe reconocer dónde estaba la diferencia. Otra vez sentí aquella agitación interna; la imagen de la Virgen que había contemplado en la iglesia se confundió con la de la bella Margherita. «Estoy condenado», dije para mí. O bien: «¡Estoy loco!» Y decidí que no podía quedarme en la biblioteca.

Por suerte estaba cerca de la escalera. Me precipité a riesgo de tropezar y quedarme sin luz. En seguida estuve bajo las amplias bóvedas del scriptorium, pero, sin detenerme ni un instante, me lancé por la escalera en dirección al refectorio.

Allí me detuve, jadeante. Por las vidrieras penetraba la luz de la luna. La noche era tan luminosa que mi lámpara, indispensable para recorrer las celdas y pasillos de la biblioteca, resultaba casi superflua. Sin embargo, no la apagué, como si me hiciese falta su compañía. Todavía jadeaba; pensé que beber un poco de agua me ayudaría a recobrar la calma. Como la cocina estaba al lado, atravesé el refectorio y abrí lentamente una de las puertas que daba a la otra mitad de la planta baja del Edificio.

En ese momento mi terror, lejos de disminuir, aumentó. Porque en seguida me di cuenta de que había alguien en la cocina, junto al horno de pan. O al menos me di cuenta de que en ese rincón brillaba una lámpara, de modo que, asustadísimo, apagué la mía. Era tal mi susto que asusté al otro (o a los otros), porque su lámpara se apagó en seguida. Pero inútilmente, porque la luz nocturna iluminaba bastante la cocina como para dibujar ante mí, en el suelo, una o varias sombras confusas.

Helado de miedo, no me atrevía a retroceder ni a avanzar. Oí un cuchicheo, y me pareció escuchar, muy queda, una voz de mujer. Después, una sombra oscura y voluminosa surgió del grupo informe que se recortaba vagamente junto al horno, y huyó hacia la salida: la puerta, que debía de estar entornada, se cerró tras ella.

Nos quedamos, yo parado en el umbral de la puerta que daba al refectorio, y algo indeterminado junto al horno. Algo indeterminado y —¿cómo decirlo?— gimiente. En efecto, desde la sombra me llegaba un gemido, como un llanto apagado, un sollozo rítmico, de miedo.

Nada hay que infunda más valor al miedoso que el miedo ajeno: sin embargo, no fue un impulso de valor el que hizo que me acercara a aquella sombra. Diría, más bien, que fue un impulso de ebriedad bastante parecido al que había experimentado en el momento de las visiones. Algo en la cocina era similar al humo que me había sorprendido en la biblioteca la noche anterior. O quizá fuesen sustancias diferentes, pero sus efectos sobre mis sentidos exacerbados eran indiscernibles. Percibí un olor acre a traganta, alumbre y tártaro, sustancias que los cocineros usaban para aromatizar el vino. O tal vez fuese que, como supe más tarde, aquellos días estaban preparando la cerveza (bebida bastante apreciada en aquella comarca del norte de la península), que allí se elaboraba siguiendo la modalidad de mi país, o sea con brezo, mirto de los pantanos y romero de estanque silvestre. Aromas que, más que mi nariz, embriagaron mi mente.

Mi instinto racional me incitaba a gritar «¡vade retro!»[102] y alejarme de la cosa gimiente —sin duda, un súcubo que me enviaba el maligno—, pero algo en mi vis appetitiva[103] me impulsó hacia adelante, como si quisiese tomar parte en un hecho prodigioso.

Así me fui acercando a la sombra, hasta que la luz nocturna, que penetraba por los ventanales, me permitió divisar a una mujer temblorosa, que, con una mano, apretaba un envoltorio contra su pecho, y que, llorando, retrocedía hacia la boca del horno.

Que Dios, la Beata Virgen y todos los santos del Paraíso me asistan ahora en el relato de lo que entonces me sucedió. El pudor, y la dignidad propia de mi condición (de monje ya anciano en este bello monasterio de Melk, ámbito de paz y de serena meditación), me aconsejarían atenerme a la más pía prudencia. Para preservar tanto mi propia paz como la de mi lector, debería limitarme a decir que me sucedió algo malo, pero que no es decente explicar en qué consistió.

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100

«de ti habla la fábula» o «es de ti del que se trata en esta historia» (Horacio, Sátiras, 1,1,69-70).

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101

«mujer ceñida por el sol». Frase repetida en otras páginas, tomada del Apocalipsis, 12,1.

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102

«marcha atrás» [retrocede]. Texto evangélico de Marcos, 8,33.

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103

«fuerza apetecedora».

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