El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]
- Автор: Эко Умберто
- Год: 1982
- Язык: испанский
- Год: Lumen
- ISBN: 978-84-264-1437-3
- Переводчик: Ricardo Pochar
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
—¡Así pueden conocerse las cosas mirándolas desde fuera!
—Las cosas del arte, porque en nuestra mente volvemos a recorrer los pasos que dio el artífice. No las cosas de la naturaleza, porque no son obra de nuestra mente.
—Pero en el caso de la biblioteca es suficiente, ¿verdad?
—Sí —dijo Guillermo—. Pero sólo en este caso. Ahora vayamos a descansar. Hasta mañana por la mañana no podré hacer nada. Espero que entonces tendré mis lentes. Mejor es que durmamos y nos levantemos temprano. Trataré de pensar un poco.
—¿Y la cena?
—¡Ah, sí, la cena! Ahora ya es tarde. Los monjes están asistiendo al oficio de completas. Pero quizá la cocina aún no esté cerrada. Ve a buscar algo.
—¿Robar?
—Pedir. A Salvatore, que ya es amigo tuyo.
—¡Entonces él robará!
—¿Acaso eres el guardián de tu hermano? —preguntó Guillermo, repitiendo las palabras de Caín.
Pero comprendí que bromeaba: lo que quería decir era que Dios es grande y misericordioso. De modo que me puse a buscar a Salvatore, y lo encontré cerca de las cuadras.
—Hermoso —dije señalando a Brunello, para iniciar la conversación—. Me gustaría montarlo.
—Non è possibile. Abbonis est. Pero el caballo no necesita ser bueno para correr bien… —me señaló un caballo robusto pero no muy agraciado—. También ese sufficit… Vide illuc, tertius equi…
Quería indicarme el tercer caballo. Me dio risa su latín estrafalario.
—¿Y qué harás con él? —le pregunté.
Entonces me contó una historia muy rara. Dijo que era posible lograr que cualquier caballo, hasta el animal más viejo y más débil, corriese tan rápido como Brunello. Para ello hay que mezclar en su avena una hierba llamada satirion, muy picada, y luego untarle los muslos con grasa de ciervo. Después se monta y, antes de espolearlo, se le hace apuntar el morro hacia levante y se pronuncian junto a sus orejas, tres veces y en voz baja, las palabras «Gaspar, Melchor, Merquisardo». El caballo partirá a toda carrera y en una hora recorrerá la distancia que Brunello recorrería en ocho. Y si se le cuelgan del cuello los dientes de un lobo que el propio caballo haya matado en su carrera, ni siquiera sentirá la fatiga.
Le pregunté si alguna vez había probado la receta. Me respondió —acercándose con aire circunspecto y hablándome al oído, y echándome su aliento realmente desagradable— que era muy difícil, porque ahora el satirion sólo lo cultivaban ya los obispos y sus amigos, los caballeros, quienes lo utilizaban para aumentar su poder. Le interrumpí para decirle que aquella noche mi maestro deseaba leer unos libros en su celda y prefería comer allí.
—Encargo yo —dijo—, hago pastelillo de queso.
—¿Cómo es?
—Facilis. Coges il queso que no sea demasiado viejo ni demasiado salado, y cortado en rebanaditas en trozos cuadrados o sicut te guste. Et postea pondrás un poco de butiro o bien de mantecca fresca á rechauffer sopra la brasia. Y dentro porremmo dos rebanadas di queso, y cuando te parece que esté blando, zucharum et cannella supra positurum du bis. Et ponlo en seguida en tabula, porque pide comerse caliente caliente.
—Encárgate del pastelillo de queso —le dije, y se alejó hacia la cocina diciéndome que lo esperara.
Media hora después llegó trayendo un plato cubierto con un paño. Olía bien.
—Tene —me dijo, y también me dio una lámpara grande, llena de aceite.
—¿Para qué me la das? —pregunté.
—Sais pas, moi —dijo con aire socarrón—. Fileisch tu magister quiere ir a sitio oscuro questa notte.
Sin duda, Salvatore sabía más de lo que se sospechaba. No seguí investigando, y llevé la comida a Guillermo. Comimos y después me retiré a mi celda. O al menos fingí que lo hacía. Todavía deseaba ver a Ubertino. De modo que a hurtadillas entré en la iglesia.
DESPUÉS DE COMPLETAS
En efecto, encontré a Ubertino ante la estatua de la Virgen. Me uní a él en silencio y durante un momento (lo confieso) fingí que rezaba. Después me atreví a hablarle:
—Padre santo, ¿puedo pediros que me alumbréis y me aconsejéis?
Ubertino me miró, me cogió de la mano, se puso de pie y me condujo hasta una banqueta donde ambos nos sentamos. Me estrechó con fuerza y pude sentir su aliento en mi rostro.
—Queridísimo hijo —empezó diciéndome—, todo lo que este pobre y viejo pecador pueda hacer por tu alma lo hará con alegría. ¿Qué te inquieta? ¿Acaso la ansiedad? —preguntó, también con la ansiedad casi pintada en el rostro—. ¿La ansiedad de la carne?
—No —respondí ruborizándome—, en todo caso, la ansiedad de la mente, que quiere conocer demasiado…
—Eso es malo. El Señor lo conoce todo. A nosotros sólo nos incumbe alabar su sabiduría.
—Pero también nos incumbe distinguir entre el bien y el mal, y comprender las pasiones humanas. Soy novicio, pero más tarde seré monje y sacerdote, y debo saber dónde está el mal, y qué aspecto tiene, para reconocerlo cuando surja la ocasión, y para enseñar a los otros cómo reconocerlo.
—Tienes razón, muchacho. Y ahora dime qué quieres conocer.
—La mala hierba de la herejía, padre —dije con convicción. Y luego, de una tirada—: He oído hablar de un hombre malvado que sedujo a muchos otros: fray Dulcino.
Ubertino guardó silencio. Después dijo:
—Tienes razón, nos lo oíste mencionar a fray Guillermo y a mí la otra noche. Pero es una historia muy fea, y me duele hablar de ella, porque enseña (sí, en este sentido conviene que la conozcas, para extraer una enseñanza), porque enseña, decía, cómo el amor de penitencia y el deseo de purificar el mundo pueden engendrar la sangre y el exterminio —se acomodó mejor en la banqueta, y aflojó la presión del brazo sobre mis hombros, pero tocándome siempre el cuello con una mano, como para comunicarme no sé si su saber o su ardor—. La historia empieza antes de fray Dulcino, hace más de sesenta años, cuando yo era niño. Sucedió en Parma. Allí comenzó a predicar un tal Gherardo Segalelli, que recorría las calles invitándolos a todos a hacer vida de penitencia. «¡Penitenciágite!», gritaba, y era su manera inculta de decir: «Penitentiam agite, appropinquabit enim regnum coelorum.»[92] Invitaba a sus discípulos a comportarse como los apóstoles, y quiso que a su secta la llamaran la orden de los apóstoles y que sus miembros recorriesen el mundo como pobres mendicantes, viviendo sólo de la limosna…
—Igual que los fraticelli —dije—. ¿Acaso no fue este el mandato de Nuestro Señor, y de vuestro Francisco?
—Sí —admitió Ubertino con una leve vacilación en la voz y suspirando—. Pero quizá Gherardo exageró. Él y los suyos fueron acusados de no reconocer la autoridad de los sacerdotes ni la celebración de la misa ni la confesión, y de vagar ociosos por el mundo.
—También a los franciscanos espirituales se les hicieron esas acusaciones. ¿Acaso no afirman hoy los franciscanos que no hay que reconocer la autoridad del papa?
—Sí, pero reconocen la de los sacerdotes. Nosotros mismos somos sacerdotes. Es difícil distinguir en estas cosas, muchacho. Tan sutil es la línea que separa el bien y el mal… Como quiera que haya sido, Gherardo se equivocó y pecó de herejía. Pidió que lo admitieran en la orden franciscana, pero nuestros hermanos no lo aceptaron. Pasaba los días en la iglesia de nuestros frailes y vio que en las pinturas los apóstoles aparecían representados con sandalias en los pies Y con capas sobre los hombros, de modo que se dejó crecer el cabello y la barba, y se puso sandalias en los pies y en la cintura la cuerda de los franciscanos, porque todo aquel que quiere fundar una nueva congregación siempre toma algo de la orden del beato Francisco.
92
«Haced penitencia, pues se acercará el reino de los cielos» (san Mateo, 3, 2, en pretérito perfecto: appropinquavit [se acercó]).