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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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De modo que dimos aquella vuelta alrededor del Edificio. Es decir, examinamos de lejos los torreones oriental, meridional y occidental, así como los muros entre unos y otros. La parte restante daba al precipicio, pero por razones de simetría no debía de ser diferente del sector que podíamos observar.

Y lo que observamos, comentó Guillermo mientras me hacía tomar unos apuntes muy detallados en mi tablilla, fue que en cada muro había dos ventanas, y en cada torreón cinco.

—Ahora razona —dijo mi maestro—. En cada una de las habitaciones que visitamos había una ventana…

—Salvo en las de siete lados.

—Es natural, porque son las que están en el centro de cada torre.

—Y salvo otras que no eran heptagonales y tampoco tenían ventanas.

—Olvídalas. Primero encontraremos la regla. Después trataremos de justificar las excepciones. Por tanto, en la parte exterior tendremos cinco habitaciones por torre y dos habitaciones por muro, cada una de ellas con una ventana. Pero si desde una habitación con ventana se camina hacia el interior del Edificio, aparece otra sala con ventana. Signo de que esas ventanas son internas. Ahora bien, ¿qué forma tiene el pozo interno, tal como se ve desde la cocina y el scriptorium?

—Octagonal.

—Perfecto. Y a cada lado del octágono pueden perfectamente abrirse dos ventanas. Eso significa, quizá, que en cada lado del octágono hay dos habitaciones internas. ¿Estoy en lo cierto?

—Sí, pero ¿y las habitaciones sin ventana?

—En total son ocho. Cinco de las paredes de las salas heptagonales internas corresponden a otras tantas habitaciones en cada torreón. ¿A qué corresponden las dos paredes restantes? No a una habitación que daría al exterior, porque en tal caso deberían verse las ventanas en el muro. Tampoco corresponden a una habitación dispuesta junto al octágono, por las mismas razones, y además porque en ese caso serían habitaciones demasiado largas. En efecto, trata de dibujar la imagen de la biblioteca vista desde arriba, y verás que por cada torre deben existir dos habitaciones que limitan con la habitación heptagonal y que, por el lado opuesto, comunican con otras dos habitaciones, situadas a su vez junto al pozo octagonal interno.

Intenté dibujar el plano que mi maestro me había sugerido, y lancé un grito de triunfo.

—¡Pero entonces ya lo sabemos todo! Dejadme contar… ¡La biblioteca tiene cincuenta y seis habitaciones, cuatro de ellas heptagonales, y cincuenta y dos más o menos cuadradas, ocho de estas últimas sin ventana, y veintiocho dan al exterior mientras dieciséis dan al interior!

—Y cada uno de los cuatro torreones tiene cinco habitaciones de cuatro paredes y una de siete… La biblioteca está construida de acuerdo con una proporción celeste a la que cabe atribuir diversos y admirables significados.

—Espléndido descubrimiento, pero entonces, ¿por qué es tan difícil orientarse en ella?

—Porque lo que no corresponde a ley matemática alguna es la disposición de los pasos. Unas habitaciones permiten acceder a varias otras. Las hay, en cambio, que sólo permiten acceder a una única habitación. Incluso cabe preguntarse si no habrá habitaciones desde las que sea imposible acceder a cualquier otra. Si piensas en esto, además en la falta de luz, en la imposibilidad de guiarse por la posición del sol, a lo que hay que añadir las visiones y los espejos, comprenderás que el laberinto es capaz de confundir a cualquiera que lo recorra, turbado ya por un sentimiento de culpa. Pienso, además, en lo desesperados que estábamos ayer noche cuando no lográbamos encontrar la salida. El máximo de confusión logrado a través del máximo de orden: el cálculo me parece sublime. Los constructores de la biblioteca eran grandes maestros.

—¿Cómo haremos para orientarnos?

—Ahora no será difícil. Con el mapa que acabas de trazar, y que, mal que bien, debe de corresponder al plano de la biblioteca, tan pronto como lleguemos a la primera sala heptagonal trataremos de pasar a una de las dos habitaciones ciegas. Desde allí, si caminamos siempre hacia la derecha, después de tres o cuatro habitaciones, deberíamos llegar otra vez a un torreón, que sólo podrá ser el torreón septentrional, hasta que lleguemos a otra habitación ciega, que, por la izquierda, limitará con la sala heptagonal, y, por la derecha, deberá permitirnos un recorrido similar al que acabo de describirte, al cabo del cual llegaríamos al torreón de poniente.

—Sí. Suponiendo que todas las habitaciones comuniquen con otras habitaciones…

—Así es. Por eso necesitaremos tu plano, para marcar cuáles son las paredes sin abertura, y saber qué desviaciones vamos haciendo. Pero será bastante sencillo.

—¿Seguro que resultará? —pregunté perplejo, porque me parecía demasiado sencillo.

—Resultará. «Omnes enim causae effectuum naturalium dantur per lineas, angulos et figuras. Aliter enim impossibile est scire propter quid in illis»[91] —citó—. Son palabras de uno de los grandes maestros de Oxford. Sin embargo, lamentablemente, aún no lo sabemos todo. Hemos descubierto la manera de no perdernos. Ahora se trata de saber si existe una regla que gobierna la distribución de los libros en las diferentes habitaciones. Y los versículos del Apocalipsis no nos dicen demasiado, entre otras razones porque hay muchos que se repiten en diferentes habitaciones…

—¡Sin embargo, del libro del apóstol habrían podido extraerse mucho más que cincuenta y seis versículos!

—Sin duda. De modo que sólo algunos versículos sirven. Es extraño. Como si hubiese habido menos de cincuenta que sirvieran; treinta, veinte… ¡Oh, por la barba de Merlín!

—¿De quién?

—No tiene importancia, es… un mago de mi tierra… ¡Han usado tantos versículos como letras tiene el alfabeto! ¡Sin duda es así! El texto de los versículos no importa, sólo importan las letras iniciales. Cada habitación está marcada por una letra del alfabeto, ¡y todas juntas componen un texto que debemos descubrir!

—Como un carmen figurativo, ¡con forma de cruz o de pez!

—Más o menos, y es probable que en la época en que se construyó la biblioteca ese tipo de cármenes estuviesen de moda.

—¿Y dónde empieza el texto?

—En una inscripción más grande que las otras, en la sala heptagonal del torreón por el que se entra… O bien… Sí, ¡en las frases que están en rojo!

—¡Pero son tantas!

—Entonces habrá muchos textos, o muchas palabras. Ahora lo que puedes hacer es copiar mejor tu mapa, y en un tamaño más grande. Cuando recorramos la biblioteca no sólo irás marcando, con pequeños signos, las habitaciones por las que pasemos, y la posición de las puertas y de las paredes (así como de las ventanas), sino también las letras iniciales de los versículos que vayamos encontrando, ingeniándotelas, como un buen miniaturista, para que las letras en rojo sean más grandes que las otras.

—¿Cómo habéis sido capaz de resolver —dije admirado— el misterio de la biblioteca observándola desde fuera, si no habíais podido resolverlo cuando estuvisteis dentro?

—Así es como conoce Dios el mundo, porque lo ha concebido en su mente, o sea, en cierto sentido, desde fuera, antes de crearlo, mientras que nosotros no logramos conocer su regla, porque vivimos dentro de él y lo hemos encontrado ya hecho.

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91

«En efecto todas las causas de efectos naturales se dan por medio de líneas, ángulos y figuras. Por otra parte es imposible en efecto saber por qué [se dan] en ellas». Procede de la obra titulada De luce, de Roberto Grossatesta, Maestro de Oxford (siglos xii-xiii).

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