Las Baladas Del Ajo
- Автор: Янь Мо
- Язык: испанский
- Переводчик: Carlos Osses Torron
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
Aproximadamente a mitad de la pendiente, la luna hizo su aparición en el cielo oriental, iluminando apenas las tierras bajas que se extendían en la distancia. Gao Yang conocía suficientemente bien las leyes de la naturaleza como para saber que la aparición de la luna aquella noche se produjo un poco más tarde que la noche anterior, y que la luna de esa noche era un poco más pequeña. Tenía un color amarillento, con un toque rosáceo: una media luna agujereada, cetrina, ligeramente rosácea, frágil, turbia, débil y somnolienta, un poco más pequeña que la de la noche anterior y un poco más grande que la que saldrá mañana. Sus rayos eran tan débiles que parecían no ser suficientes para cubrir la arenosa colina, el follaje y la autopista. Dio una palmada al burro en la sudorosa cresta de su lomo; las ruedas giraban lentamente sobre sus ejes, chirriaban y protestaban por la falta de grasa. De vez en cuando, Cuarto Tío cantaba una estrofa de alguna obscena tonada popular, luego se detenía en seco, sin seguir ningún patrón aparente. En realidad, los rayos de luna llegaban hasta ellos, ¿qué podía ser sino la luna la que bailaba sobre las hojas que había a su alrededor? Si no fuera la luz de la luna brillando sobre las alas de los grillos como pedazos de cristal, ¿qué otra cosa podía ser? ¿Quién podría negar que el cálido aroma de la luz de la luna estaba mezclado con el frío hedor del ajo? Una pesada niebla se cernía sobre la tierra baja; una ligera brisa barría la vegetación.
Cuarto Tío comenzó a maldecir, aunque era difícil decir si estaba insultando a algo o a alguien.
– Tú, hijo de una puta, prole de una perra, en cuanto te pones los calzoncillos piensas que eres una persona respetable.
Gao Yang no sabía si reír o llorar.
Justo entonces, dos rayos de luz cegadores que procedían de la cima de la colina se precipitaron sobre ellos -primero altos, luego bajos, primero a la izquierda, luego a la derecha, como si fueran un par de tijeras dentadas moviéndose a través de un pedazo de tela-, seguidos por el acuciante rugido de un motor. Gao Yang pasó los brazos alrededor de la fría y sudorosa cabeza de su burro y le dio un empujoncito para que llevara el carro a un lado de la carretera. Envuelta en los rayos de luz, la vaca de Cuarto Tío parecía un huesudo conejo. Bajó del carro, agarró los arreos y la guió hacia la cuneta. Ambos parecieron desintegrarse entre los rayos de luz.
Lo que sucedió a continuación fue una broma pesada, un sueño, una cagada, un verdadero fastidio.
Gao Yang más tarde recordó que el coche se precipitó sobre ellos como una avalancha, emitiendo ruidos violentos y atronadores, mientras la oscuridad se tragó la vaca de Cuarto Tío, su carro, su ajo y a él mismo. Paralizado y con los ojos abiertos de par en par, Gao Yang vio dos rostros de mediana edad congelados detrás de un parabrisas: uno gordo, hinchado y sonriente; el otro delgado y retorcido en una mueca. Gao Yang y su burro estaban casi asfixiados por el calor del vehículo.
Recordó haber visto cómo el coche se abalanzaba sobre ellos, escuchar el mugido de la vaca de Cuarto Tío y ver cómo pasaba sus brazos alrededor del cuello del animal. La cabeza de Cuarto Tío se encogió de tamaño hasta parecer un diminuto abalorio metálico que reflejaba una luz amarilla y azul. Cuarto Tío, cuyos ojos no eran más que unas pequeñas aberturas y su boca un enorme agujero abierto, tenía un aspecto aterrorizado y patético. La luz blanca brillaba a través de sus prominentes orejas. De forma lenta e inevitable, el parachoques del automóvil golpeó contra la vaca y contra las piernas de Cuarto Tío, que impulsó su torso hacia delante un segundo antes de volar por los aires, con los brazos extendidos como si fueran alas y la camisa agitándose a su espalda como si se tratara de las plumas de la cola. Cuarto Tío aterrizó en una montaña de cañas de cera. Su vaca, mientras retorcía su cuello, se cayó al suelo de panza. El coche siguió avanzando. Después de empujar la vaca y el carro durante unos metros, pasó por encima de ellos.
¿Y luego qué? El hombre gordo gritó: «¡Salgamos de aquí!». El hombre enjuto trató de dar marcha atrás, pero no pudo. Pisando a fondo el pedal, consiguió retroceder. Después giró el coche, pasó junto al lugar donde se encontraba Gao Yang con su burro y bajó a toda velocidad por la colina, dejando un reguero de agua que salía de su agujereado radiador: un viaje húmedo, chorreante y breve.
Con sus brazos todavía colocados alrededor de la cabeza de su burro, Gao Yang trató de comprender qué había sucedido. Se incorporó y sintió su propia cabeza. Todavía estaba entero. Nariz, ojos, orejas, boca: todo estaba en su sitio. A continuación examinó la cabeza del burro; también estaba todo bien, salvo sus orejas, que se habían congelado de frío. Entonces, se vino abajo y lloró como un niño.
CAPÍTULO 15
Puntea el erhu de dos cuerdas y causa en mí gran regocijo, canta algo que hable del brillante Comité Central del partido. La Tercera Sesión Plenaria ha tomado el rumbo adecuado: ¡Ancianos y hermanos, enriqueceos con el ajo, rehaceos!
Canción de felicitación entonada por Zhang Kou durante el primer mes lunar de 1987, en el jubiloso banquete nupcial del tercer hijo de Wang Mingniu en el Bazar Qingyang (Zhang Kou, borracho como una cuba, durmió durante tres días seguidos en casa de Wang).
Durante la segunda noche de su encarcelación, Cuarta Tía soñó que Cuarto Tío, envuelto en sangre, se encontraba de pie junto a su cama.
– ¿Por qué no intentas limpiar el nombre de tu marido y vengar su muerte en lugar de sentarte a engullir comida precocinada y a disfrutar de una vida de ocio?
– Esposo -respondió-, ni puedo limpiar tu nombre ni vengar tu muerte porque me he convertido en una criminal.
– Entonces, supongo que no hay nada que hacer -dijo Cuarto Tío soltando un suspiro-. He guardado doscientos yuan en un hueco que hay entre la segunda hilera de ladrillos debajo de la ventana. Cuando salgas de la cárcel, utiliza cien para comprarme una réplica del Tesoro Nacional y llénala de todo tipo de riquezas. El mundo de la oscuridad funciona igual que el mundo de la luz: para hacer cualquier cosa tienes que arreglártelas buscando un atajo, y todo cuesta dinero.
Cuarto Tío levantó el brazo para limpiarse el ensangrentado rostro, se dio la vuelta y se alejó lentamente.
El espectro asustó a Cuarta Tía hasta despertarla; su lecho, duro y áspero como un blindaje, estaba empapado de sudor frío. La imagen siniestra y sangrienta de Cuarto Tío pasó ante sus ojos, aterrorizándola y entristeciéndola al mismo tiempo. ¿Realmente existe un mundo inferior?, se preguntó. Cuando llegue a casa, voy a derribar la segunda hilera de ladrillos que hay debajo de la ventana y, si encuentro allí doscientos yuan, eso quiere decir que hay un mundo inferior. No debo contarle nada de esto a mis hijos, ya que esos dos bastardos parece que tratan de aventajar el uno al otro en su carrera hacia el mal.
Sólo pensar en sus hijos hizo que Cuarta Tía suspirara. Aquella noche la habían vuelto a sacar para interrogarla y, cuando la llevaron de vuelta a la celda, se desplomó sobre su catre y lloró durante un rato y permaneció en esa posición como si hubiera entrado en trance. Después de quedarse dormida, comenzó a roncar de forma ensordecedora, primero rápidamente, luego más despacio, como si estuviera soñando.
A Cuarta Tía le resultaba imposible conciliar el sueño. Su marido todavía no había regresado de vender el ajo. Un murciélago atravesó volando la ventana, dibujó un par de círculos en la habitación y volvió a salir. La ilimitada oscuridad de la noche envolvía una serie de murmullos dispersos que parecían ensoñaciones y los graznidos siniestros de los periquitos. Se levantó, se colocó la chaqueta sobre los hombros y se dirigió hacia el patio. Entre los escalofriantes gritos de los periquitos de su vecino, levantó la mirada hacia las estrellas y hacia la iluminada media luna. Ya había pasado la medianoche y se sentía preocupada.