La historia secreta
- Автор: Кемпбелл Рэмси
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La historia secreta». Краткое содержание книги:
– Lo siento -dijo Dudley.
Y se arriesgó a añadir:
– Aunque seguro que lo entenderéis.
– ¿Por qué no te la has traído? ¿No le gusta lo que haces?
– Está aprendiendo.
– No esperes que yo lo haga. Sigo teniendo dudas sobre tu estilo de escritura. Encuentra tus raíces y quizá te sorprendas. Supongo que yo debo de ser una de ellas.
– ¿Podemos hablarlo en otro momento?
– Tienes ganas de volver con ella, ¿no? Esperemos que ella se dé cuenta. ¿Cómo se llama?
El golpeteo había abandonado la cabeza de Dudley, pero regresó cuando se vio obligado a pensar.
– Patsy -dijo tan pronto como se le ocurrió.
– Tengo ganas de conocerla. ¿Cuándo podrá ser?
– Ahora, no. Prométeme que no vas a venir ahora.
– Te lo prometo si no me vuelves a decepcionar de ninguna de las maneras.
– Si no le dices a mi madre que Patsy está aquí, lo haré.
– Me parece justo. Esta es la clase de cosas que los hombres hacemos los unos por los otros. Pero aún no he escuchado tu promesa.
Monty tenía que estar impresionado con los últimos acontecimientos del fin de semana.
– Te juro que no te decepcionaré -dijo Dudley.
– En tal caso, tu secreto está a salvo conmigo. Que pases una buena noche y no hagas nada que yo no haría.
– Mañana también.
– Cachondo cabrón. No pierdes el tiempo, ¿eh? No te haré perder ni un minuto más. Te llamaré cuando te consiga otra actuación.
– Me aseguraré de estar libre -dijo Dudley en serio.
Debía procurar no tener que desdoblarse así otra vez; le hacía perder mucha atención. Se metió el teléfono móvil en el bolsillo del pantalón y se dirigió hacia el cuarto de baño.
– Ya puedes parar -gritó-. Ha colgado.
Pero Patsy, el paquete, seguía golpeando los pies contra los laterales de la bañera. Él podía conseguir que hiciera un sonido diferente, uno que le entusiasmaría más que cualquier otro. Corría hacia la cocina a buscar una caja de cerillas, cuando el teléfono volvió a comenzar a vibrar a la altura de la cadera.
¿Habría cambiado de opinión Monty? Dudley se sintió tentado a dejar sonar el teléfono hasta que su padre le dejara un mensaje para escucharlo después, pero sus nervios no podían esperar. Entró en la habitación delantera, lo más lejos posible de los golpes, y presionó el botón.
– Sí -dijo.
– Soy Vincent. ¿Es mal momento?
– No, es uno muy bueno.
– ¿Eso qué significa? ¿Que estás trabajando o que no?
– Volveré a estarlo en un minuto.
– Bien, genial. No te entretengo. Solo quería decirte que empezaré a rodar con Lorna y Colin mañana.
Dudley se sintió menospreciado y excluido.
– ¿Dónde?
– Pensé que podríamos comenzar en el lugar más famoso. Los voy a llevar al ferri que conduce hasta Birkenhead.
Durante un momento Dudley pensó que Vincent le estaba robando al señor Matagrama junto con sus ideas y entonces vio cómo podía reclamarlos.
– Esa es mi escena. Se me ocurrió a mí.
– Bueno, eso está genial. Tenemos la misma mente. Debo haber pillado tu onda.
– Mejor será que así sea.
– ¿De qué iba eso? No lo he entendido. Lo único que pasa es que si ya habías escrito la escena, no me la hiciste llegar.
– Estoy a punto de hacerlo.
– Bien, me la puedes enviar por correo electrónico.
– Haré algo más que enviártela.
– Fantástico. Si al final resulta que tenemos que trabajar en el diálogo cuando los actores se pongan con ello, me gustaría que estuvieses allí para realizar los cambios.
Dudley no veía por qué aquello debía ser necesario. Más bien por el contrario, iría para asegurarse de que no cambiaban nada.
– ¿Cuándo os vais a reunir todos?
– A las diez en punto en el Pier Head. ¿Para cuándo puedo esperar la escena?
– En cuanto la termine, la envío. Voy a empezar ahora mismo -prometió Dudley.
Y colgó. Los golpes apenas se oían en la casa. Pensó en las cerillas y en las tijeras, pero no podía entretenerse en aquello ahora. Subió deprisa la escalera y gritó:
– Tendrás que esperar.
Y entró a toda prisa en su habitación. Cuando el alboroto se debilitó y cesó finalmente, él estaba escribiendo: «Ferri» en la parte superior de la pantalla. Se sentía feliz por el ímpetu de su escritura y encantado por haber recuperado el control del señor Matagrama de las manos de Vincent, aunque también frustrado. Parecía haberse robado a sí mismo la oportunidad de experimentar con su paquete; una vez que hubiera entregado el manuscrito, necesitaría dormir un poco para poder ir a supervisar el rodaje de la película. Entonces enseñó los dientes mientras escribía: «Señor Matagrama». Aunque rodaran durante todo el día, le quedaría la noche del domingo. Tendría algo por lo que desear llegar a casa.
30
Patricia daba sacudidas despierta y enseguida se enfadaba por haberse quedado dormida. Aquello era como entregarse a Dudley, como que le robaran el último vestigio del sentido de sí misma. Estaba a punto de golpear sus magullados pies contra la bañera para aliviar su rabiosa frustración cuando por fin consiguió recuperar la calma para pensar. Debía permanecer quieta, por si eso le era de utilidad. Quizá si se quedaba de lado, mirando hacia la habitación, podría averiguar qué estaba haciendo él. Quizá si dejaba de estar tensa, podría oír.
No sabía cuánto tiempo había pasado intentado distraerlo golpeando los laterales de su prisión. Había empezado a sentir que era la única forma en que podía mostrar su propia existencia. Cuando necesitaba descansar debido al intenso dolor de sus piernas y brazos, tenía que intentar pensar que le daba una tregua y que había terminado de sacarlo de quicio. Más de una vez había entrado en la habitación para gruñirle o chillarle. Le intimidaba su reacción, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Si se quedaba inmóvil, ¿conseguiría persuadirlo a arriesgarse a dejarla ir? Seguramente no tenía otra opción en la vida real; seguramente no se había imaginado que estaban en una de sus historias. Intentó ralentizar su respiración y relajar todo el cuerpo para poder oír.
La última vez que lo había escuchado chillarle para que se callara, la voz había procedido de detrás de ella, aún más baja. Tenía que estar durmiendo en el suelo para bloquear su escapada, pero cada vez tenía menos sensación de que se hallaba cerca. No percibía su loción de afeitado. ¿Se atrevería a confiar en su instinto? Dudosa en un principio y después ganando cada vez más confianza, golpeó los talones contra el lateral de la bañera.
¿Y si él la estaba observando desde el otro lado de la habitación? ¿Y si se estaba riendo de su ceguera y observando pacientemente sus esfuerzos por trepar y salir fuera de su prisión? Le escocían los ojos por la furia y la incapacidad de atravesar la oscuridad de la cinta. Si le había traicionado la intuición y él no había abandonado la casa, le haría imposible el poder fingir. Se giró sobre la espalda y extendió las manos debajo de ella, aplastando los pies contra la bañera hasta que temblaron. El ruido estaba tan cerca de hacerle daño a sus sordos oídos que creyó que nadie más en el edificio podría ser capaz de soportarlo. Tenía que pensar que al final la había dejado en paz, por culpa de la película, claro.
Empezó a colocarse lentamente en una posición sentada. ¿Por qué estaba teniendo tanto cuidado? Se empujó con fuerza con los pies y la nuca se deslizó por el borde de la bañera. Le vino a la cabeza la imagen de un soldado revelando su posición en una trinchera. Pero aún no había levantado la cabeza por encima del borde, cuando sintió un fuerte golpe.
Le lloraban los ojos y su boca luchaba por encontrar un hueco y pronunciar algo más que un gemido obstruido. Se quedó agachada, detestando su indefensión e intentó en vano averiguar de dónde procedería el siguiente golpe aunque no podía hacer nada por evitarlo. Sus dedos se retorcían, incapaces de alzarse y frotar el lugar del impacto. Solo podía esperar a que el dolor disminuyera. Poco a poco, se fue debilitando y encogiendo para dejar su cabeza suavizada y expuesta. Comenzó a sentir un hormigueo, producto del estremecimiento por la anticipación al próximo ataque. No iba a quedarse cabizbaja como una víctima cuando no había ningún motivo para pensar que eso la salvaría. Se puso recta, furiosa y desafiante, pero al mismo tiempo no pudo evitar agacharse. Aquel gesto solo evitó que el golpe en la cabeza no fuese tan fuerte como la primera vez con aquel objeto aéreo.