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Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
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– Yo pasé de irle con el chisme a nadie. ¿Qué iba a sacar con eso?

El otro se mostró de acuerdo.

– Tenemos por lo menos cincuenta casetas como esa de aquí a Roskilde. Imagínese la de gente que podría vivir en ellas.

Carl prefirió abstenerse. Un par de vagabundos borrachos y las vías acabarían sumidas en el caos.

– ¿Cómo pasó la valla?

Los dos se echaron a reír.

– Pues abriendo la puerta -repuso señalando hacia lo que fuera la entrada de la valla.

– Ajá. ¿Y de dónde sacó la llave? ¿Alguien ha echado la suya en falta?

Los dos se encogieron de hombros de manera exagerada, casi hasta la altura de sus cascos amarillos, y volvieron a reír hasta contagiar las carcajadas al resto del corro. ¿Cómo demonios iban a saberlo? Como si ellos controlaran aquellas puertas.

– ¿Algo más? -preguntó recorriendo al grupo con la mirada.

– Sí -dijo otro-. A mí me pareció verla el otro día en la estación de Dybbølsbro. Era ya un poco tarde y yo volvía a casa en uno de esos.

Señaló hacia una de las máquinas que levantaban los raíles.

– Ella estaba en el andén mirando hacia las vías, como si fuera Moisés y pensara separar las aguas. Creí que iba a tirarse cuando pasara la máquina, pero no lo hizo.

– ¿Le vio la cara?

– Sí, yo fui el que le contó a la policía cuántos años podía tener.

– Entre treinta y cinco y cuarenta y cinco, ¿no es eso?

– Sí, pero ahora que lo pienso creo que estaba más cerca de los treinta y cinco. Lo que pasa es que estaba muy triste y eso avejenta, ¿a que sí?

Carl asintió mientras se sacaba del bolsillo la foto de Kimmie que había hecho Assad. Poco a poco la impresión láser se iba estropeando. Los dobleces ya estaban muy marcados.

– ¿Es ella? -preguntó plantándosela al tipo en las narices.

– Joder, sí.

Parecía sorprendidísimo.

– No estaba como en la foto, pero que me cuelguen si no era ella. Reconozco las cejas. Las mujeres no suelen tenerlas tan anchas. Joder, está mucho mejor en esta foto.

Todos se arremolinaron alrededor de la fotografía y empezaron a comentarla mientras el subcomisario volvía la vista hacia la caseta en ruinas.

¿Qué coño ha pasado aquí, Kimmie?, se preguntó. Si hubiera conseguido localizarla veinticuatro horas antes, para entonces ya habrían logrado llegar mucho más lejos.

– Sé quién es -les comunicó instantes después a sus compañeros. Enfundados cada uno en su chaqueta de cuero parecían estar esperando a que alguien fuera a decirles aquella frase.

– ¿Podéis llamar a Skelbækgade y decirles a los de Desaparecidos que la mujer que vivía ahí es una tal Kirsten-Marie Lassen, conocida como Kimmie Lassen? Ellos tienen su número de identidad y el resto de los datos. Si averiguáis algo nuevo, quiero ser el primero en enterarme, ¿entendido?

Estaba a punto de irse, pero se detuvo.

– Una cosa más. A esos buitres -señaló hacia los periodistas-, ni hablar de darles su nombre, por Dios. ¿Estamos? Interferiría en otra investigación que estamos llevando a cabo. Y que corra la voz, ¿vale? Ni una palabra.

Reparó en Assad, que estaba prácticamente de rodillas en el suelo y hurgaba entre los cascotes. Curioso que los de la científica lo dejaran en paz. Al parecer ya se habían hecho una idea de la situación y habían descartado cualquier sospecha de terrorismo. Ya solo faltaba convencer a aquellos periodistas exaltados.

Menos mal que no era tarea suya.

Pasó de un salto por encima de lo que había sido la puerta de la caseta, una cosa verde, ancha y pesada con más de la mitad de su superficie cubierta de grafitis, y se abrió paso a través de la valla hasta la calle de un empujón. No le costó dar con el letrero, que seguía fijado al poste galvanizado. «Gunnebo, Vallas Løgstrup», ponía; y a continuación, un sinfín de números de teléfono.

Sacó el móvil y llamó a un par de ellos sin mayor fortuna. Puto fin de semana. Siempre había odiado los fines de semana. ¿Cómo se podía trabajar de policía si todo el mundo entraba en hibernación?

Ya hablará Assad con ellos el lunes, se dijo. A lo mejor alguien podía explicarles cómo se había hecho con esa llave.

En vista de que no había encontrado nada que se les hubiese pasado por alto a los de la científica, iba a hacerle señales a su ayudante de que se acercara cuando oyó un frenazo y vio que el jefe de Homicidios bajaba del coche en el mismísimo instante en que lo aparcaba medio subido en la acera. Como todos los demás, vestía chaqueta negra de cuero, aunque la suya era algo más larga, algo más reluciente y seguramente también algo más cara.

¿Qué coño pinta este aquí?, pensó Carl siguiéndolo con la mirada.

– No han encontrado ningún muerto -le gritó mientras Marcus Jacobsen saludaba con un cabeceo a unos compañeros que se encontraban al otro lado de la valla derribada.

– ¡Oye! ¿No puedes venirte conmigo en el coche para variar? -le preguntó cuando estuvieron frente a frente-. Ha aparecido la drogadicta que andabas buscando. Y está más muerta que muerta.

No era ninguna novedad. Un cadáver en el hueco de una escalera, pálido y tristemente acurrucado. El pelo grasiento extendido por encima de los restos de papel de plata y de porquería. Una existencia echada a perder y un rostro hinchado por los golpes. Apenas veinticinco años.

Una botella de Cocio rodaba de un lado a otro en el interior de una bolsa de plástico blanca.

– Sobredosis -informó el médico levantando el dictáfono. Habría que hacerle la autopsia, por supuesto, pero el forense conocía bien su oficio. La jeringuilla aún colgaba de la maltratada vena del tobillo.

– De acuerdo -dijo el jefe de Homicidios-, perooo…

Carl y él intercambiaron un gesto. Los dos pensaban lo mismo. Sobredosis, sí. Pero ¿por qué? ¿Una yonqui curtida como ella?

– Tú estuviste en su casa, Carl. ¿Cuándo?

El subcomisario se volvió hacia Assad, que lucía su habitual sonrisa muda. Parecía extrañamente ajeno a la atmósfera opresiva que se respiraba en el portal.

– Fue el martes, jefe.

Ya no tenía ni que consultar su libreta, daba miedo.

– El martes 25 por la tarde -añadió.

No tardaría en informarlo de que había sido a las 15. 32, a las 15. 59 o algo semejante. Si no lo hubiera visto sangrar, Carl pensaría que era un robot.

– Hace ya mucho de eso, pueden haber ocurrido montones de cosas desde entonces -comentó el jefe de Homicidios.

Luego se arrodilló y ladeó la cabeza sin perder de vista las marcas moradas que surcaban el rostro y el cuello de la mujer.

Eran posteriores a su encuentro con Carl, eso seguro.

– Esas lesiones no son inmediatamente anteriores al momento de su muerte, ¿verdad?

– Veinticuatro horas antes, diría yo -corroboró el forense.

Después de un ligero estruendo en lo alto de la escalera, uno de los chicos del antiguo equipo de Bak apareció con uno de esos personajes que nadie desearía ver dentro de su familia.

– Este es Viggo Hansen. Acaba de contarme algo que seguro que os interesa.

Aquel hombre corpulento miró de reojo a Assad, que le correspondió con una mirada arrogante.

– ¿Es necesario que esté él delante? -preguntó directamente al tiempo que dejaba al descubierto un par de brazos tatuados. Varias anclas, esvásticas y un KKK. Qué chico tan estupendo.

Al pasar junto a Assad lo apartó de un empujón con la barriga, haciendo que Carl abriera los ojos como platos. Por Dios, que su compañero no entrara al trapo.

Assad asintió y se contuvo. Mejor para el marinero.

– Ayer vi a la guarra esa con otra zorra.

Mientras la describía, el subcomisario sacó su desastrada impresión láser.

– ¿Era esta? -preguntó conteniendo la respiración. El olor a sudor rancio y orines era casi igual de penetrante que el tufo a alcohol que salía de entre los piños podridos de aquel borracho.

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