Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
Frank se sulfuró muchísimo. Intentó pasar a la fuerza pero lo detuvieron. Se apoyaron contra las puertas del coche y no pudimos salir. Él quería conseguirlo a empujones.
– Tranquilo, Frank -le dije.
Pero él, mirando fijamente a los polis, exclamó:
– ¡Apartad esas cochinas manos del coche! -Se lo decía a los polis.
– ¡Me está robando el dinero! -gritaba. Pero los polis no lo dejaban salir. Lo retuvieron hasta que Geri arrancó y luego le dijeron: -Vale, ya puedes salir.
Todo aquello lo habían tramado la pasma y ella.
Según el Zurdo:
Aquella noche Geri llamó desde Beverly Hills. Eran más de las doce de la noche.
– Geri, eso no está bien -le dije-. Puedes quedarte con tus joyas, pero yo quiero mi dinero y las mías.
Un clic como respuesta. Colgó.
Luego recibo una llamada de Tony.
– Me he enterado de lo que ha sucedido -dice-. ¿Puedo ayudarte en algo?
Tengo la impresión de que no sabe si estoy al corriente de los suyo con Geri, y por lo tanto me callo. Me hago el loco.
Le digo que no, que llevamos una mala racha.
Entonces Tony me dice que quiere verme. Las célebres palabras de despedida. No me interesa quedar con él. Sé lo que puede suceder.
Le digo que le montaré una cita pero que no quiero que nadie nos vea, por lo que le doy el nombre de otro abogado -no el de Oscar- y quedamos allí.
– ¿Puedo hacer algo? -pregunto otra vez.
Respondo que si por casualidad puede hablar con Geri le diga que me devuelva lo que es mío.
Tony se da cuenta de que las cosas han tomado un mal cariz. A buen seguro está pensando: «¡Madre mía, vaya error!».
Sonrío. Mi colega de toda la vida. No lo entendía. Yo que no había deseado nunca nada de él. No me entraba en la cabeza que deseara a mi mujer. No lo podía digerir.
En el despacho del abogado me mostré tranquilo. Sabía que no corría peligro alguno. Él sabía que si se enteraban mis amigos de Chicago de lo que había hecho estaba perdido. Si las cosas van a mayores, puede despedirse. Él lo sabe perfectamente. Precisamente por esto tenía que andar con tanto tiento.
– Gracias por acudir -le digo.
– Espero que funcione -responde.
Entonces Geri llama a Tony.
– Oye, será mejor que escuches a Frank -le dice Tony-, de lo contrario van a liquidarnos a los dos.
Eso lo sé porque Geri me lo dijo más tarde.
– ¿Y qué quieres que haga, enano de mierda? -dice Geri.
– Le devuelves la mitad del dinero, doscientos cincuenta mil dólares, y sus joyas -dice Tony-. Te lo ordeno yo.
La verdad es que aquello es lo más parecido a la orden de un capo; cuando Geri me lo repitió más tarde, estaba hecha un basilisco.
Según Geri, ella le respondió:
– ¡A tomar por culo!
Luego Geri me llamó.
– Me ha llamado el puto enano de tu amigo dándome órdenes -dice.
– Geri, estás con el agua al cuello -respondo.
– ¿Tienes a alguien para que recoja el dinero y las joyas? -pregunta-. Si te lo devuelvo, ¿prometes dejarnos tranquilos?
Respondo que sí y mando a un amigo a Los Ángeles a recogerlo. Pero ella le entrega sólo doscientos mil dólares y las joyas. Más tarde me contó que Tony le había robado cincuenta mil dólares del coche cuando fue a su casa a descansar tras marcharse de la sucursal.
Rosenthal presentó la demanda de divorcio el 11 de setiembre de 1980, tres días después de que Geri acudiera al banco. Al cabo de tres días, él recibió una llamada del Departamento de Psiquiatría del Harbor General Hospital de Torrance, California. Le dijeron que su esposa, Geraldine McGee Rosenthal, había sido detenida por el Departamento de Policía de Los Ángeles cuando intentaba desnudarse en Sunset Boulevard. Estaba bajo los efectos del alcohol y las drogas.
El Zurdo se fue en avión a Torrance.
Llegué al hospital, entré en su habitación, llevaba camisa de fuerza. Me pidió que se la quitara pero le dije que no podía hacerlo. Empezó a chillar contra mí. Estaba histérica.
El psiquiatra sugirió que Geri permaneciera quince días en Torrance. Teniendo en cuenta lo que vi, estuve de acuerdo con él. Tomé un avión para Las Vegas aquella misma noche, y un par de días después descubrí que le habían dado el alta en el hospital y que su padre y su hija hacían gestiones para conseguirle atención psiquiátrica.
Presenté la demanda de divorcio. No hubo oposición.
El Zurdo consiguió lo que deseaba: la custodia de sus hijos. Como compensación, accedió a pasarle una pensión alimenticia de 5.000 dólares mensuales y a concederle el derecho a visitarlos. Geri se quedó con el millón de dólares en joyas y el Mercedes con el que se marchó.
En palabras de Murray Ehrenberg:
Prácticamente todo el mundo lo habría dejado correr. En realidad, la mujer está enferma y se ha marchado. Él consigue el divorcio. Obtiene la custodia. Ya ha recuperado la mitad del dinero y todas sus joyas. Geri se quedó tan sólo con unos cien mil dólares y sus propias joyas. Cualquiera se hubiera considerado afortunado quitándosela de encima, pero Frank no.
Con todo lo que ha llegado a tocar los cojones, decide presentar una demanda contra el Departamento de Policía de Las Vegas por detención arbitraria y seguidamente presenta otra contra los policías que nos impidieron salir del coche en el banco, por valor de seis millones de dólares. No son más que polis. No tienen una perra gorda. Una locura. Y, evidentemente, no ganó. Todo lo que consiguió fue que los periódicos repitieran hasta la saciedad los detalles del maldito culebrón.
22
«Hoy o bien ganamos un montón de dinero o bien nos hacemos muy famosos».
En los periódicos, aparecían artículos sobre El Zurdo y Geri, Tony y Geri, y El Zurdo y Tony, y relatos de agentes anónimos encargados de la aplicación de la ley que «temían una guerra mafiosa Rosenthal-Spilotro». El FBI explotó la publicidad deliberadamente. William K. Lambie Jr., director del Departamento de Investigación Criminal de Chicago, recibió copias de recortes de prensa sobre Spilotro y Rosenthal procedentes de un oficial de policía de Las Vegas, quien le pedía que difundiera la historia por Chicago con el «objetivo concreto de desconcertar a Joe Aiuppa».
Un informe de Lambie en el expediente presentado ante la Comisión indicaba que su fuente de Las Vegas había «suministrado copias de recortes de prensa en relación con el asunto Spilotro-Rosenthal… Me pidió que me pusiera en contacto con un miembro de la prensa local de modo que la historia se pudiera publicar junto con una nota que indicara que las autoridades federales hacía mucho tiempo que estaban al corriente del asunto Spilotro-Rosenthal debido al seguimiento que se hacía de Spilotro. Esta información tiene la intención de desconcertar aún más a Aiuppa».
Aparecían artículos sobre Rosenthal y Spilotro en los periódicos de Chicago, la columna de Art Petacque y la dominical de Hugh Hough en el Chicago Sun Times, por ejemplo. En aquella época, Joe Aiuppa tenía más motivos para estar preocupado por el tema de Tony Spilotro que para andar mariposeando.
Según comentaba Cullotta:
Nadie sabía que hacíamos los robos hasta que nos hicimos demasiado famosos. Pero en cuanto abrí el puto antro de las pizzas, Tony empezó a rondar demasiado por allí. Era mejor cuando quedábamos de tapadillo y nos encontrábamos en distintos parques. Tony había sido un tipo de restaurante toda la vida, y mi garito para él era un placer. Le encantaba el negocio y quería formar parte de cualquier negocio de restauración, sobre todo con su colega.