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Casino: Amor y honor en Las Vegas

Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:

Frank Rosenthal, El Zurdo, tuvo algo de simbólica: como la traca final de una era en la historia de la capital mundial del juego, Las Vegas.
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
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Además, llamé por radio a Larry Neumann y le dije que recogiera a Sal en Sahara Avenue, al otro lado de la calle de donde se hallaba Bertha, para que pudieran recorrer la calle arriba y abajo vigilando juntos. Ya se sabe, cuatro ojos ven mejor que dos.

Entre tanto, oí que los chicos ya habían perforado el tejado y que se disponían a entrar.

Entonces, recibí una llamada de Larry que decía que estaba recorriendo Sahara Avenue y que no encontraba a Sal. Éste tenía que estar en la acera esperando que lo recogiera Larry.

Larry estaba maldiciendo a Sal y proclamando que tendrían que haberlo matado hace mucho.

«Ajá», pensé. Después vi que bajaban por la calle coches patrulla, y por el walki-talki comuniqué que saliera todo el mundo fuera.

Habíamos acordado citas de seguridad para los chicos de dentro y les dije que salieran todos fuera, que teníamos a la poli encima. Oí que desde dentro decían que era demasiado tarde; los polis ya estaban en el tejado.

A mí me pararon en seguida, pero a Larry no lo cogieron hasta Paradise Road.

Finalmente, nos detuvieron a todos, pero no había ni rastro de Sal Romano. Entonces vi que realmente se trataba de un chota. Los federales nos habían pillado. Conocían nuestro plan desde el principio.

Después de aquello, Sal se paseó por las calles de Chicago durante una semana. Me ofendió que Tony no matara al individuo por mí. Le dije a Tony que Sal era el delator, pero él no hizo nada al respecto.

De todos modos, el FBI nos había estado esperando en un edificio justo al otro lado de la calle. Nos habían estado vigilando con prismáticos desde las ventanas. No teníamos ninguna opción. Iban a utilizar el caso de Bertha para hundirnos a todos, y lo hicieron.

La detención en Bertha fue el principio del final de la banda de Tony en el Gold Rush. Nos retuvieron todo el día, y eso dejaba a Tony al descubierto.

La mañana del golpe, recuerdo que vi pasar al FBI. Conocía la mayoría de sus coches y de sus rostros.

– El FBI no trabaja los fines de semana -le dije a Tony-. ¿Por qué están ahí?

– Puede que no estén ahí por ti, seguramente me siguen a mí -dijo. Nos vigilaban constantemente.

Al irme, le dije: «Hoy o bien ganamos un montón de dinero o bien nos hacemos muy famosos».

Las detenciones de Spilotro, Cullotta, el ex poli Blasko y la Banda del agujero en la pared fueron la culminación de tres años de investigación de la actuación de Spilotro en Las Vegas, según el fiscal Charles Wehner, de las Fuerzas de intervención contra la delincuencia organizada. Y aunque el Departamento de Justicia no obtuvo exactamente los tipos de pruebas que reafirmaran su primera premisa -que Spilotro llevaba el funcionamiento de casinos para la mafia-, había miles de conversaciones grabadas mediante micrófonos ocultos y metros de cintas magnetofónicas y de vídeo de seguimiento que demostraban que Spilotro, como capo de la mafia en la ciudad, había ordenado asesinatos, robos a mano armada, robos con allanamiento de morada y conspiraciones para la exacción de dinero.

Oscar Goodman, que acompañó en su comparecencia a Spilotro, de la cual salió en libertad bajo una fianza de 600.000 dólares -reducida después a 180.000-, comentó que las detenciones no eran más que una vendetta por parte de la policía contra su cliente. Dijo que a ninguno de sus clientes lo habían agobiado tanto como a Spilotro. Y también según comentó Goodman:

Estas últimas escuchas telefónicas son consecuencia de un seguimiento continuo por parte del gobierno en un intento de encontrar alguna excusa vaga y distorsionada para continuar con la acción de llegar a algo con que incriminar a Anthony Spilotro.

Pero según el agente del FBI jubilado Joe Gersky, que trabajó durante años en el caso Spilotro:

Eso era diferente. Esta vez teníamos un testigo directo, alguien que había formado parte de la Banda del agujero en la pared, alguien que estaba en el plan de Bertha: teníamos a Sal Romano.

Antes nunca habíamos contado con un testigo real contra Spilotro. Romano nos habló del robo, en el cual tenía que haber participado, y sobre cuándo y dónde se tenía que llevar a cabo, y todo había coincidido a la perfección. Además lo teníamos bajo custodia, protegido y vivo.

23

«En realidad, ya no lo considero amigo mío.»

Ésa fue la época más peligrosa. Años de vigilancia y escuchas telefónicas se habían empezado a traducir en procesos. Además de los procesos contra la Banda del agujero en la pared, se encausó a Allen Dorfman, Roy Williams y Joey Lombardo por intento de soborno al senador de Nevada Howard Cannon.

Se inculpó a Nick Civella, Carl Civella, Joe Agosto, Carl DeLuna, Carl Thomas y otros por participar en el desvío de dinero del Tropicana, y se esperaba que Joe Aiuppa, Jack Cerone y Frank Balistrieri y sus hijos, entre otros, fueran acusados del desvío de dinero del Stardust. A Allen Glick, diversos jurados de acusación le habían concedido la inmunidad en compensación a su declaración, pero hasta entonces sus abogados habían mantenido a raya a los fiscales.

Era un momento en que los acusados y sus abogados pasaban meses estudiando detenidamente horas de escuchas telefónicas y volúmenes encuadernados de transcripciones mecanografiadas. Los abogados buscaban alguna escapatoria. Los acusados buscaban posibles testigos para asesinarlos.

Era una época en que el mero hecho de ser sospechoso de cooperar con el gobierno era motivo suficiente para que te asesinaran. Y aunque no hubieras cooperado y hubieras pasado una buena temporada en la cárcel, seguías en peligro, porque entonces se te consideraba mucho más susceptible de aceptar las apetecibles proposiciones del gobierno.

Según Cullotta:

Les oí circulando por una habitación. «Joe, ¿qué piensas de Mike?» «Mike es fabuloso. Los tiene bien puestos.» «Larry, ¿qué piensas de Mike?» «¿Mike? Un jodido marine. Hasta el final.» «Frankie, ¿qué piensas de Mike?» «¿Mike? ¿Bromeas? Mike pondría la mano en el fuego por ti.» «Charlie, ¿qué piensas de Mike?» «¿Por qué arriesgarse?» Y ése fue el final de Mike. Así ocurrió.

Son momentos peligrosos porque los capos de la mafia saben que, además de las escuchas telefónicas -que los abogados podían discutir-, los fiscales necesitaban testigos o elementos que hubieran participado en la conspiración que puedan explicar lo que sucedió realmente, que puedan señalar con el dedo, que puedan traducir la indescifrable verborrea taquigrafiada de la mayor parte de escuchas.

Sigue Frank Cullotta:

Charlie Parsons, el tipo del FBI, vino a verme. Fue unos ocho meses después de que nos detuvieran a todos en Bertha.

– Tenemos información -dice- de que a tu amigo Tony Spilotro le han encargado que te mate.

Era un viernes. Me limité a asentir al tipo. Estoy pensando en lo que ocurrió hace unas semanas. Yo estaba durmiendo. ¡Pum! ¡Cataplum! ¡Pum! ¡Pum! «¿Qué coño pasa?- dije. -¿Qué demonios son esos tiros?» Me levanté de un salto. Miro por la ventana. Pasan unos individuos dentro de una camioneta. Disparan al tipo del piso de al lado.

El tipo iba a su casa. La puerta de al lado. Es un tipo honrado. ¿Qué coño es todo esto? Y me volví a dormir. En ese momento tenía que haberlo creído a pie juntillas, pero empecé a pensar en ello.

Después, Parsons me pone una cinta. Se oía con gran dificultad. Pero pude oírla. Pude oír a Tony pidiendo la aprobación.

La verdad es que, cuando piden la confirmación, no dicen: «Eh, ¿me cargo a Frank Cullotta esta noche?». Sino que más bien es algo así: «Tengo que ocuparme de la ropa Sucia. El tipo no la ha lavado de la manera correcta, lo cual ocasiona el problema que te he comentado…».

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