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Casino: Amor y honor en Las Vegas

Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:

Frank Rosenthal, El Zurdo, tuvo algo de simbólica: como la traca final de una era en la historia de la capital mundial del juego, Las Vegas.
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
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– Papá -dijo ella-, hace meses que no pruebo el alcohol.

Escuchando aquellas cintas tuve que tragar muchos sapos. Era terrible. Nunca estaba del todo seguro de lo que ella podía estar diciendo a mis espaldas.

Luego, al cabo de unos días, oí la grabación de una conversación con Tony. Geri hablaba muy de prisa. Le decía a qué hora llegaba yo a casa. Eso después de decirme que lo habían dejado. Después de avisarla yo del peligro y de todo. Y mira por dónde escucho con mis propios oídos cómo traman un nuevo encuentro.

– Nos veremos en el campo de béisbol. Vincent juega mañana por la tarde. Nos encontramos en el partido. Él estará trabajando. Frank no aparecerá.

Historias de ésas.

Era incapaz de mirarla; estaba enojadísimo con todo lo que había oído. Geri conseguiría que nos mataran a los dos.

Los niños tenían una competición de natación al día siguiente, se acostaron pronto y aquella noche le dije:

– Oye, Geri, vamos a hablar claro. Si no lo has hecho antes, hazlo ahora, dime la verdad. ¿Sigues viendo a nuestro amigo común?

Y añadí:

– Corres el mismo riesgo que yo. A ti te matarán antes que a mí o a él.

– No te preocupes -responde-. Se acabó.

Pero yo sé por las grabaciones que sigue con sus citas.

– ¿No tienes ningún tipo de contacto con él? -le pregunto.

– No, querido -dice.

– ¿Seguro? -repito.

– Con todo lo que hemos pasado, no entiendo cómo puedes preguntármelo -dice ella.

– De acuerdo, Geri -digo-. Júralo.

– Lo juro -dice Geri-. Ni se me ocurriría. ¿No serás capaz de quitártelo de la cabeza?

– Júramelo -repito-. Júralo por tu hijo y me lo quitaré de la cabeza.

Me mira de hito en hito. Está enojada.

– Lo juro por la vida de nuestro hijo -dice-. ¿Satisfecho?

– ¡Puta! -exclamo-. Te he grabado.

Cogí la grabadora con la cinta, apreté el botón y oyó su propia conversación con Tony.

– ¡Apaga eso! -chillaba-. ¡No quiero oír nada más!

– Eres una zorra -le digo. Estoy perdiendo los estribos-. Te voy a arrojar por la ventana.

– ¡Steven! ¡Socorro, Steven! -empieza a gritar.

Aparece el pobre chaval medio dormido. Es un niño de nueve años. Geri consigue que me retire.

– Si no me dejas en paz -dice-, llamo a la policía.

Cedí y me fui al casino. Cené, volví a casa y me dormí. Decidí que lo más importante era el concurso de natación de Steven y Stephanie.

El Zurdo ya había empezado a abordar la separación de bienes cuando Geri volvió de su viaje a Beverly Hills con Lenny Marmor. Había presentado un acuerdo ante los tribunales sobre dicha separación como paso previo a la disolución del matrimonio. De acuerdo con los términos en que estaba redactado el acuerdo, El Zurdo se quedaba prácticamente con todo: la casa, situada en el 972 del Valley Drive de Las Vegas; los solares 144 y 145 del Club Las Vegas en Augusta Drive; y los cuatro caballos Thoroughbred de la pareja: Isla Luna, Último motivo, Mi Amigo Est y Míster Commonwealth.

No obstante, las cajas de seguridad guardadas en la sucursal del Strip del First National Bank de Nevada siguieron a nombre de los dos. Él mismo manifestó que alguien tenía que tener acceso al dinero en efectivo si lo detenían o no podía sacarlo por alguna otra razón.

Hizo firmar asimismo a Geri un acuerdo por el que perdía sus derechos sobre «la atención, custodia y control de sus hijos menores si abusaba del alcohol o los barbitúricos».

Carta de Geri a Robin:

4-5-79

3,12 de la madrugada

Queridísima Robin:

Cariño, no quisiera preocuparte pero no sé si podré resistirlo. Te escribo esta noche con una costilla rota, los ojos amoratados, el cuerpo lleno de cardenales, y creo que no es necesario que te diga quién me ha propinado los golpes. Todo en estas dos últimas semanas. Anoche llegó a casa borracho y me intentó estrangular; perdí totalmente la conciencia. Todo eso no se lo puedo contar a nadie más que a ti, pues a nadie le importa. Lo creas o no, soy capaz de capear el temporal y además alguna noche incluso podría coger la pistola y matarlo de una puñetera vez. Anoche él estuvo a punto de matarme a mí. Cuando recuperé el conocimiento, lo vi de pie a mi lado, borracho perdido y a punto de pegarme una patada. Cuando bebe, no sabe lo que hace ni le importa. Esta noche, cuando ha vuelto, ha empezado de nuevo y yo me he puesto a chillar que se fuera de casa, que me dejara, pero él ha cogido otro de sus ataques y no me ha quedado más remedio que permanecer quieta, oír como vociferaba y deliraba mientras yo iba rezando para que no me apaleara de nuevo. Me tiene terriblemente asustada…

Escríbeme, por favor. Te quiero. No hables conmigo por teléfono, él escucha.

Mamá

Frank Cullotta dice:

Estábamos en el Jubilation y a Tony se le ocurrió la idea de pegar una paliza a El Zurdo. No se refirió a él llamándole El Zurdo, dijo el judío. Dijo:

– El judío, aún no estoy seguro. Pero si no me equivoco, te necesitaré para que me proporciones a un tipo. ¿Se te ocurre alguien?

– Sí, el grandullón -respondo.

– Lo que no quiero es que lo zumbes por la calle -dijo.

– ¿A quién? -pregunto.

– Al judío -dice.

– Yo lo preparo y cuando se levante, tú lo recoges. Ya te enterarás donde está el agujero -dice.

– No tendremos más que apartar la plancha de madera contrachapada, dejarla caer en el agujero y tapar de nuevo.

Y luego Tony añade:

– Pero no hagas nada hasta que te avise.

– De acuerdo -respondo.

– Ya te diré algo, hoy por hoy todavía no estoy seguro -dice.

En palabras de Murray Ehrenberg:

Geri empezó a pasar las noches fuera. ¡Quién sabe lo que hacía! La mayor parte del tiempo estaba borracha o colocada. Pero Frank no se portaba mejor. Se cocía cada noche y andaba por ahí con sus bailarinas. Derrochaba dinero. Les compraba esto. Les compraba aquello. Perdió un montón de dinero jugando al blackjack. No sé si era el peor jugador de blackjack del mundo o que se estaba castigando a sí mismo por algo.

Según Frank Cullotta:

Yo era propietario de la pizzería Upper Crust. Servíamos comida, pero el local también era una guarida. Una mañana, a primera hora, cuando estábamos preparando la comida -serían las siete, las ocho, las ocho y media-, aparece Geri. Sale del coche y deja la puerta abierta. Se la ve ojerosa. Era de aquellas mujeres a las que no se puede desafiar en público porque montan unas escenas terribles. Era de las que se debaten, chillan y agitan los brazos. Era alta e imponente, intentar controlarla era una pesadilla.

Entra en el restaurante lanzando improperios.

– ¿Dónde coño está? -grita.

– Por favor, Geri -digo-, cálmate. No provoques un alboroto.

– Quiero verlo ahora mismo -dice-. ¿Dónde está? Voy a matar a ese hijoputa. Pero ya.

Le digo a la parienta que no la pierda de vista pues está histérica. La colocamos en un compartimiento y cierro la puerta del restaurante. Ella quiere hablar con Tony inmediatamente.

Llamo a Tony mientras ella, al fondo, va chillando que matará al judío. Por otro lado, sé que si Nancy se entera de lo que hay con Geri, se va a armar una de pronóstico.

Tony nunca conducía en Las Vegas. Siempre se sentaba en el asiento del acompañante. Aquella mañana llega a los dos minutos. Lo acompaña Sammy Siegel. Éste suele aparecer por su casa a primera hora de la mañana y se pasa el día jugando al gin rummy con Tony y lo lleva donde le apetece. Es su trabajo.

Tony entra y me dice que lleve el coche de ella atrás para que nadie lo vea. Se lo mando hacer a Ernie.

Me aparto de allí pero veo que habla con ella, va moviendo las manos como si machacara algo, su estilo de siempre; las lágrimas corren por las mejillas de ella, asiente ligeramente, y por fin Tony le dice que se vaya.

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