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Casino: Amor y honor en Las Vegas

Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:

Frank Rosenthal, El Zurdo, tuvo algo de simbólica: como la traca final de una era en la historia de la capital mundial del juego, Las Vegas.
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
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También la llevé a visitar a otros amigos. Fuimos a ver a Fiore en el campo. Me di cuenta de que ella le caía bien, de que aprobaba mi elección.

Pero ahora se había terminado y me quedaba una alternativa. Podía ir a Chicago y ponerme contra Tony, pero intentaba evitar que se desencadenara la guerra. Presentía que no habría vencedores. Se lo comenté a ella. Dijo que lo comprendía, que se había terminado, que se desharía de él.

Le pregunté qué ocurriría en caso de que él no estuviera de acuerdo en dejarla y respondió que no habría problema. Que lo apartaría de su vida. Si la escuchabas, dirías que era muy convincente.

Y en cambio más tarde descubrí que seguían viéndose: en moteles, en el piso que él tenía en Towers, frente al club, donde fuera.

Además, no paraba de hacerme preguntas del estilo de: «¿Ocurre algo? ¿Algún problema?». Él estaba pinchando. Lo conozco bien. Una noche, estoy en el Stardust y uno de los muchachos me dice:

– Va a llamar el colega.

Sabía que llamaría a una de las seis cabinas del fondo del casino. Esperé la llamada.

– ¿Qué tal? -me pregunta.

– Muy bien -respondo.

– Quería preguntarte algo -dice, y me empieza a hablar de no sé qué chorrada que no le interesa para nada. Luego va al grano.

– ¿Qué tal te va con Geri? -pregunta.

– ¿Por qué lo dices?

– Es que quería saber algo.

– ¿Qué?

– ¿Todavía la quieres? -me pregunta.

– Sí -respondo-. Pues claro. ¿Por qué no habría de quererla?

– No, no -dice él-, no era más que una pregunta.

Evidentemente, ella le había contado que habíamos ido a ver a Oscar. Le había dicho a Geri que pensaba en una separación formal. En el divorcio. Le había dicho que incluso de no haber ocurrido lo de Tony, de lo que nadie estaba al corriente, lo nuestro no funcionaba.

Como afirma Emmett Michaels, agente retirado del FBI:

A finales de 1979 y principios de 1980, no dejamos ni a sol ni a sombra a Spilotro. Era algo rutinario. Él creía que nos despistaba, pero siempre estábamos tras su rastro. En esta ocasión, el helicóptero lo siguió hasta la caravana que tenía en la avenida Tropicana.

Hacía mucho calor, y cuando llegamos allí tuvimos que esperarnos un par de horas. Era el sitio adonde llevaba a las novias. Yo ya sabía que su vida doméstica no funcionaba porque en una ocasión en que tuve que hacerle unas preguntas, pidió a Nancy dinero para comprar tabaco y ella le respondió: «Jódete, arréglatelas tú mismo para buscar tabaco».

Aquel día, Tony no tenía la menor idea de que el helicóptero le hubiera seguido la pista hasta la caravana y que le estaríamos esperando. Ni siquiera había micrófonos instalados allí. Nos quedamos a la espera en una furgoneta, a unas manzanas, utilizando prismáticos. No se me olvidará nunca. Se abrió la puerta de la caravana, sale Tony e inmediatamente después Geri Rosenthal. Habían pasado allí más de una hora.

Geri era la mejor amiga de Nancy Spilotro. No nos lo acabábamos de creer. Nos íbamos pasando los prismáticos para confirmarlo. Claro que era ella. Era un par de palmos más alta que él. No había error posible. Sabíamos que no podía pasar mucho tiempo sin que se difundiera la noticia de que Tony tenía un asunto con la mujer de El Zurdo. Porque, ¿quién podía guardar un secreto como aquél?

En palabras de Mike Simon, agente del FBI retirado:

Aun cuando Spilotro intentaba ser discreto, ella lo desbarataba todo. Era el secreto peor guardado de la ciudad. Enseguida lo supo todo el mundo. Geri empezó a alardear en la peluquería y el gimnasio de los regalos que decía procedía de su nuevo patrocinador, palabra del lenguaje de la prostitución que equivale a querido o protector.

Se dedicó también a contar a sus amigas que su nuevo patrocinador era Tony Spilotro. Geri no tenía ninguna pretensión.

Kent Clifford, jefe del servicio de inteligencia de la policía de Las Vegas afirmó:

Spilotro hacía gala de su relación con Geri como demostración de poder. Podía conseguir miles de mujeres más jóvenes y guapas que Geri Rosenthal, pero el poder es afrodisíaco.

Ahora bien, el ego de Spilotro entorpeció su camino. Estoy convencido de que Spilotro se decía a sí mismo: «Soy capaz de ello y nadie podrá detenerme. Geri es mi novia, mi ja». Fue una de sus estupideces.

Como cuenta Cullotta:

Me voy a Chicago y allí han oído campanas.

– ¿Qué coño sucede allí? -pregunta Joey Lombardo-. ¿A qué se dedica ése? ¿A follarse a la mujer del otro?

Mentí. Dije que no. Me hice el loco. Aseguré que no sabía nada al respecto. ¿Qué podía decirles, que Tony se cepillaba a la mujer de El Zurdo y que el FBI y la policía local estaban pisándoles los talones a todos?

– Esperemos que no sea así -dijeron, pero me di cuenta de que estaban inquietos.

Luego me encuentro con Joe Nick, es decir con Joe Ferriola.

– ¿Qué pasa con el puñetero judío? -dice-. Está pirado. Porque… ¿No se estará follando a la mujer el Enano? Porque, si es así, va a haber problemas.

Mentí de nuevo. Dije que no. Que todo estaba tranquilo. Que el tipo estaba como una regadera. Podían haber llamado a Tony y haberlo eliminado por enmarañarlo todo, pero se habían convencido de que El Zurdo era un psicópata. Sólo los capos, como Joey Aiuppa, apoyaban El Zurdo, y eso porque lo conocían de hacía tantos años.

Aquella noche, ya tarde, estaba en el restaurante Rocky's, en la North Avenue con Melrose Park, el garito de Jackie Cerone; estaba en la barra con Larry Neumann y Wayne Matecki, dos asesinos a sueldo de aspecto espeluznante, y se me acerca Cerone.

– ¿Hay algún problema con el judío y su parienta? -me pregunta.

«¡Arrea!», digo para mis adentros, lo sabe toda la ciudad. Alguien les ha ido con la historieta y el único que se me ocurre que puede haberlo hecho es El Zurdo.

Le dije a Cerone que El Zurdo y su parienta se peleaban constantemente pero que la cosa no iba más allá. Él me miró a los ojos y me preguntó:

– ¿Se la tira el Enano?

Dije que no. ¿Qué podía decir? Jackie Cerone era un jefazo y odiaba tanto a Tony como a El Zurdo.

– Vale -dice Cerone-, pero no nos gustaría que nuestros amigos estuvieran en peligro.

Cuando volví a Las Vegas, se lo conté a Tony y se puso hecho una furia. Paseábamos arriba y abajo por West Sahara, delante del Gold Rush, y él se tapaba la boca porque la pasma utilizaba prismáticos y expertos en leer los labios.

– El mamón del judío -dijo-. Le faltó tiempo para ir a gimotear allí. El puto judío hará estallar la guerra. Tendré que meditarlo.

Como comentaba El Zurdo:

Di por sentado que Geri había roto con Tony, pero cuando empecé a sospechar que seguía viendo a Lenny Marmor, mandé pinchar el teléfono de casa. Coloqué las escuchas porque cuando llegaba y ella estaba hablando por teléfono, colgaba inmediatamente o bien decía: «Ya te llamaré luego». Y lo que yo no quería era que intentara secuestrarme de nuevo a los niños.

Las cintas tenían una hora de duración. Tenía la grabadora montada en el garaje. Durante los primeros días, encontré muchas conversaciones con Nancy Spilotro. Se grabaron frases como: «¿A que no sabes lo que me ha dicho el Sabelotodo?».

Un día llamó a su padre y le dijo:

– Ojalá pudieras matar a ese hijoputa.

Por la grabación oía el ruido de fondo del tintineo del vaso. Su padre le preguntó si estaba bebiendo.

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