Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad) - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:

La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
1 ... 59 60 61 62 63 64 65 66 67 ... 179
Перейти на страницу:

»Por todos los espíritus —prosiguió, súbitamente alarmada—, esa barrera mental es la que nos impide usar nuestro han cuando dormimos. Si no hubiera tal barrera, no tendríamos un control racional del han mientras estamos dormidos.

Warren asintió.

— Así es. Controlamos el han. Cuando imaginamos puede hacerse realidad. Pero la imaginación consciente está sujeta a las limitaciones del intelecto. —Una profunda mirada brillaba en los azules ojos de Warren cuando se inclinó hacia ella—. Pero la imaginación dormida podría decirse que no tiene límites. Un Caminante de los Sueños puede moldear la realidad sirviéndose de los poseedores del don.

— Ciertamente es un arma —murmuró la Prelada.

Cogió a Warren por el brazo y echó a caminar por el pasillo. Por aterrador que resultara lo desconocido, al menos era un consuelo contar con un amigo. En su cabeza se arremolinaban las dudas y las preguntas. Ahora era ella la Prelada y, por tanto, era responsabilidad suya encontrar las respuestas antes de que el palacio lo sufriera.

— ¿Quién murió? —preguntó Warren.

— La Prelada y Nathan —respondió Verna con aire ausente, sólo porque justo entonces pensaba en ellos.

— No, sus cuerpos ardieron en la pira. Me refiero aparte de ellos.

La mente de Verna regresó a la realidad.

— ¿Aparte de la Prelada y Nathan? Nadie. Últimamente no ha muerto nadie.

La luz de la lámpara titiló en los ojos del joven mago.

— ¿Entonces, por qué el palacio contrató los servicios de los sepultureros?

19

Richard pasó una pierna por encima de los flancos de su caballo, aterrizó sobre la pisoteada nieve del patio de las caballerizas y lanzó las riendas a un soldado, que las esperaba. La compañía formada por doscientos hombres entró al galope tras él. Mientras esperaba que Ulic y Egan desmontaran, palmeó el dolorido cuello del caballo. Los respectivos alientos formaban blancas volutas en el quieto y frío aire del atardecer. Un sentimiento de frustración y desánimo invadía a los silenciosos soldados, pero Richard estaba enfadado.

Se quitó un grueso guante acolchado y entre bostezos se rascó la barba de cuatro días. Estaba cansado, sucio y hambriento, pero sobre todo enfadado. El general Reibisch le habría proporcionado los mejores rastreadores, según él, y Richard no tenía motivo para desconfiar de su palabra. No obstante, no le habían dado buen resultado. Él mismo era un experto rastreador y en varias ocasiones había reparado en pistas que los demás habían pasado por alto. No obstante, tras dos días de ventisca la tarea era casi imposible y al fin se habían dado por vencidos.

Todo eso no habría sido necesario si Richard no se hubiera dejado embaucar. Había fracasado en su primer desafío como líder. Nunca debió haber confiado en ese hombre. ¿Por qué pensaba siempre que los demás verían el lado de la razón y harían lo correcto? ¿Por qué siempre pensaba que la gente escondía un fondo de bondad y que, si se les daba la oportunidad, lo demostrarían?

Avanzando trabajosamente por la nieve hacia el palacio, cuyos blancos muros y chapiteles se teñían de un gris oscuro en el crepúsculo, ordenó a Ulic y a Egan que buscaran al general Reibisch para averiguar qué posibles desastres habían ocurrido en su ausencia. Richard notaba la presencia del Alcázar en las tenebrosas sombras de las montañas; la nieve parecía cubrir los hombros de la fortaleza de granito con un manto azul acerado, oscuro y taciturno.

Encontró a la señora Sanderholt ocupada dando órdenes a un enjambre de cocineros y marmitones, y en medio del barullo le preguntó si podría darles algo a él y sus dos fornidos guardaespaldas; un pedazo de pan seco, sopa que hubiera sobrado… cualquier cosa. La jefa de cocina se dio cuenta de que no estaba de humor para charlar, por lo que se limitó a apretarle un brazo en silencio y a decirle que pusiera los pies en alto mientras ella se ocupaba de todo. Richard se dirigió a un tranquilo estudio, cerca de las cocinas, para sentarse y descansar un poco mientras esperaba que los demás regresaran.

Pero al girar una esquina se topó de cara con Berdine. La mord-sith llevaba el uniforme de cuero rojo.

— ¿Se puede saber dónde habéis estado? —inquirió con un helado tono de amenaza.

— Persiguiendo fantasmas en las montañas. ¿Acaso Cara y Raina no te lo dijeron?

— Vos no me dijisteis nada. —Los duros ojos azules de la mord-sith no se desviaban ni por un segundo de su mirada—. Eso es lo que cuenta. Espero que nunca más os marchéis sin decirme adónde vais. ¿Entendido?

Richard notó que un escalofrío le recorría la médula. Estaba clarísimo quién hablaba: no Berdine, la mujer sino Berdine, la mord-sith. Y no era una pregunta; era una amenaza.

No, no podía ser. Debían ser imaginaciones suyas. Simplemente estaba cansado y ella había estado muy inquieta por la suerte de su lord Rahl. ¿Qué le pasaba? Seguramente se habría llevado un buen susto al despertar y averiguar que lord Rahl había partido en pos de Tobias Brogan y su hermana bruja. Berdine tenía un extraño sentido del humor y tal vez ésa era su idea de una broma. Richard esbozó una forzada sonrisa para tratar de animarla.

— Berdine, ya sabes que tú eres mi preferida. Durante estos días no he pensado en nada más que en tus sonrientes ojos azules.

Dicho esto dio un paso hacia la puerta. Berdine alzó su agiel y apoyó la punta sobre el extremo más alejado del marco de la puerta, cortándole así el paso. Richard nunca la había visto exhibir tan descaradamente tan siniestra expresión.

— Te he hecho una pregunta y espero una respuesta. No me obligues a repetirla.

Esta vez no había excusa para su tono ni sus acciones. No era casualidad que Richard tuviera el agiel justo delante de la cara. Por primera vez la veía verdaderamente como una mord-sith, tal como sus víctimas la conocían; veía el carácter fruto de un perverso adoctrinamiento, y no le gustó. Por un instante miró a través de los ojos de aquellas pobres víctimas a las que Berdine había torturado con el agiel. Ningún prisionero de una mord-sith tenía una muerte rápida, y tan sólo él había sobrevivido a esa terrible experiencia.

De pronto contempló con pesar la confianza que había depositado en aquellas mujeres y sintió el aguijón de la decepción al verse traicionado.

Pero en esta ocasión no sintió frío en los huesos sino el calor de la furia. Se dio cuenta de que estaba a punto de hacer algo que lamentaría e inmediatamente se controló, pero podía sentir cómo la furia se le escapaba por los ojos.

— Berdine, si quería tener alguna oportunidad de encontrar a Brogan, tenía que ir tras él en cuanto supe que había huido. Informé a Cara y a Raina de adónde iba y, ante su insistencia, me llevé a Ulic y Egan. Tú dormías y no vi ninguna necesidad de despertarte.

Berdine continuaba inmóvil.

— Erais necesario aquí. Tenemos muchos rastreadores y muchos soldados, pero solamente tenemos un líder. —Con un rápido movimiento, giró el agiel hasta detenerlo justo frente a los ojos de Richard—. No volváis a decepcionarme.

A Richard le costó un esfuerzo sobrehumano contenerse para no romperle el brazo. Berdine retiró el agiel así como su abrasadora mirada y se marchó, muy digna.

Dentro del pequeño estudio revestido con oscuros paneles Richard arrojó su pesado manto contra la pared, al lado del pequeño hogar. ¿Cómo podía ser tan ingenuo? Esas mujeres no eran más que víboras con colmillos y él les había permitido que se enroscasen alrededor de su cuello. Estaba rodeado de extraños. No, peor que extraños, pues conocía perfectamente a las mord-sith, sabía algunas de las cosas que habían hecho los d’haranianos, sabía algunas de las cosas que habían hecho los representantes de algunos países y, no obstante, estúpido de él, había creído que se merecían una oportunidad.

Apoyó una mano en el marco de la ventana y contempló el paisaje montañoso en penumbra, sintiendo al mismo tiempo el calor del débil fuego que ardía en el hogar. Allá en las alturas, el Alcázar del Hechicero lo miraba. ¡Cuánto echaba de menos a Gratch y a Kahlan! Queridos espíritus, cómo deseaba abrazarla de nuevo.

1 ... 59 60 61 62 63 64 65 66 67 ... 179
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)