El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]
- Автор: Эко Умберто
- Год: 1982
- Язык: испанский
- Год: Lumen
- ISBN: 978-84-264-1437-3
- Переводчик: Ricardo Pochar
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
En aquel momento llegó corriendo Nicola da Morimondo, trayendo pésimas noticias. Mientras intentaba biselar mejor la lente más adecuada, aquella en la que Guillermo había puesto sus mayores esperanzas, ésta se había quebrado. Y otra, que quizá hubiese podido reemplazarla, se había rajado cuando intentaba engastarla en la horquilla. Con ademán desconsolado, Nicola nos señaló el cielo. Era hora de vísperas y estaba cayendo la oscuridad. Aquel día ya no era posible seguir trabajando. Otro día perdido, admitió Guillermo con amargura, conteniéndose (según me confesó más tarde) para no coger del cuello al inhábil vidriero, quien, por lo demás, ya se sentía bastante humillado.
Con su humillación lo dejamos y fuimos a averiguar qué se sabía de Berengario. Por supuesto, no lo habían encontrado.
Teníamos la sensación de hallarnos en un punto muerto. Como no sabíamos qué hacer, dimos una vuelta por el claustro. Pero no tardé en advertir que Guillermo estaba absorto, con la mirada perdida, como si no viese nada. Un momento antes había extraído del sayo un ramito de aquellas hierbas que le había visto recoger hacía varias semanas. Ahora lo estaba masticando, y parecía producirle una especie de serena excitación. En efecto, estaba como ausente, pero cada tanto se le iluminaban los ojos, como si una idea nueva se hubiese encendido en el vacío de su mente; después volvía a hundirse en aquel embotamiento tan extraño, tan activo. De pronto dijo:
—Sí, podría ser…
—¿Qué? —pregunté.
—Estaba pensando en una manera de orientarnos en el laberinto. No es demasiado sencilla, pero sería eficaz… En el fondo, la salida está en el torreón oriental; eso lo sabemos. Ahora supón que tuviésemos una máquina que nos dijera dónde está el norte. ¿Qué sucedería en tal caso?
—Desde luego, con sólo doblar hacia nuestra derecha miraríamos hacia oriente. O con sólo caminar en la dirección opuesta sabríamos que estábamos dirigiéndonos hacia el torreón meridional. Pero, admitiendo incluso la existencia de semejante magia, el laberinto sigue siendo precisamente un laberinto, de modo que tan pronto como nos dirigiésemos hacia oriente nos encontraríamos con una pared que nos impediría continuar en esa dirección, y volveríamos a extraviarnos…
—Sí, pero la máquina a la que me refiero señalaría siempre hacia el norte, aunque cambiásemos de dirección, y en cada sitio sería capaz de decirnos hacia dónde deberíamos doblar.
—Sería maravilloso. Pero habría que tener esa máquina, y ésta debería ser capaz de reconocer el norte de noche y en un lugar cerrado, desde donde no se pudiera ver el sol ni las estrellas… ¡Creo que ni siquiera vuestro Bacon poseía semejante máquina! —dije riendo.
—Y te equivocas —repuso Guillermo—, porque se ha logrado fabricar una máquina como esa, y algunos navegantes la han utilizado. No necesita del sol ni de las estrellas, porque aprovecha la fuerza de una piedra prodigiosa, similar a la que vimos en el hospital de Severino, aquella que atrae el hierro. Además de Bacon, la estudió un mago picardo, Pierre de Maricourt, quien describe sus múltiples usos.
—¿Y vos podríais construirla?
—No es muy difícil. Esa piedra puede usarse para obtener muchas cosas prodigiosas. Por ejemplo, una máquina capaz de moverse perpetuamente sin intervención de fuerza exterior alguna. Pero ha sido también un sabio árabe, Baylek al Qabayaki, quien ha descrito la manera más sencilla de utilizarla. Coges un vaso lleno de agua y pones a flotar un corcho en el que has clavado una aguja de hierro. Luego pasas la piedra magnética sobre la superficie del agua, moviéndola en círculo, hasta que la aguja adquiera las mismas propiedades que tiene la piedra. Entonces la aguja —pero otro tanto habría hecho la piedra si hubiese podido moverse alrededor de un perno— se coloca con la punta hacia el norte. Y si te mueves con el vaso, la aguja siempre se desplaza para señalar hacia septentrión. Es inútil decirte que si, tomando como referencia septentrión, también marcas en el borde del vaso la posición del mediodía, la del aquilón, etc., siempre sabrás hacia dónde debes dirigirte en la biblioteca para llegar al torreón oriental.
—¡Qué maravilla! Pero ¿por qué la aguja siempre apunta hacia septentrión? La piedra atrae el hierro, lo he visto. Y supongo que una inmensa cantidad de hierro atraerá a la piedra. Pero entonces… ¡Entonces en dirección a la estrella polar, en los confines del globo, existen grandes minas de hierro!
—En efecto, alguien ha mencionado esa posibilidad. Pero la aguja no apunta exactamente hacia la estrella náutica, sino hacia el punto donde convergen los meridianos celestes. Signo de que, como se ha dicho, «hic lapis gerit in se similitudinem coeli»,[90] y la inclinación de los polos del imán depende de los polos del cielo, no de los de la tierra. Este es un buen ejemplo de movimiento impreso a distancia, no por directa causalidad materiaclass="underline" problema del que se ocupa mi amigo Giovanni di Gianduno cuando el emperador no le pide que descubra la manera de sepultar Aviñón en las entrañas de la tierra…
—Entonces vayamos a coger la piedra de Severino, un vaso, agua, un corcho… —dije excitado.
—No corras tanto. Ignoro a qué pueda deberse, pero nunca he visto una máquina que, perfecta en la descripción de los filósofos, resulte igual de perfecta en su funcionamiento mecánico. En cambio, la hoz del campesino, que jamás ha descrito filósofo alguno, funciona como corresponde… Tengo miedo de que si nos paseamos por el laberinto con una lámpara en una mano y un vaso lleno de agua en la otra… Espera, se me ocurre otra idea. La máquina señalaría también hacia el norte si estuviésemos fuera del laberinto, ¿verdad?
—Sí, pero entonces no la necesitaríamos, porque tendríamos el sol y las estrellas.
—Lo sé, lo sé. Pero si la máquina funciona tanto fuera como dentro, ¿por qué no sucedería otro tanto con nuestra cabeza?
—¿Nuestra cabeza? Claro que también funciona fuera. ¡Desde fuera sabemos perfectamente cuál es la orientación del Edificio! ¡Pero cuando estamos dentro es cuando ya no entendemos nada!
—Eso mismo. Pero, olvida ahora la máquina. Pensando en la máquina he acabado pensando en las leyes naturales y en las leyes de nuestro pensamiento. Lo que importa es lo siguiente: debemos encontrar desde fuera un modo de describir el Edificio tal como es por dentro…
—¿Cómo?
—Déjame pensar. No debe de ser tan difícil…
—¿Y el método que mencionabais ayer? ¿No os proponíais recorrer el laberinto haciendo signos con un trozo de carbón?
—No, cuanto más lo pienso, menos me convence. Quizá no logro recordar bien la regla, o quizá para orientarse en un laberinto haya que tener una buena Ariadna, que espere en la puerta con la punta del ovillo. Pero no hay hilos lo bastante largos. Y aunque los hubiese, eso significaría (a menudo las fábulas dicen la verdad) que sólo con una ayuda externa puede salirse de un laberinto. En el caso de que las leyes de fuera sean iguales a las de dentro. Pues bien, Adso, usaremos las ciencias matemáticas. Sólo en las ciencias matemáticas, como dice Averroes, existe identidad entre las cosas que nosotros conocemos y las cosas que se conocen en modo absoluto.
—Entonces reconoced que admitís la existencia de conocimientos universales.
—Los conocimientos matemáticos son proposiciones que construye nuestro intelecto para que siempre funcionen como verdaderas, porque son innatas o bien porque las matemáticas se inventaron antes que las otras ciencias. Y la biblioteca fue construida por una mente humana que pensaba de modo matemático, porque sin matemáticas es imposible construir laberintos. Por tanto, se trata de confrontar nuestras proposiciones matemáticas con las proposiciones del constructor, y puede haber ciencia de tal comparación, porque es ciencia de términos sobre términos. En todo caso, deja de arrastrarme a discusiones metafísicas. ¿Qué bicho te ha picado hoy? Mejor aprovecha tu buena vista, coge un pergamino, una tablilla, algo donde marcar signos, y un estilo… Muy bien, ya los tienes. ¡Qué hábil eres, Adso! Demos una vuelta alrededor del Edificio, antes de que acabe de oscurecer.
90
«Esta piedra lleva en sí la semejanza del cielo.»