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Электронная книга - «Perdona Pero Quiero Casarme Contigo». Краткое содержание книги:

Segunda parte de Perdona si te llamo amor. La historia de amor continúa…
Alex y Niki están más enamorados que nunca, acaban de volver del faro en la isla de Blu donde han vivido días inolvidables. Niki se reencuentra con sus amigas, pero el grupo de las Ondas deberá afrontar grandes cambios que pondrán a prueba su amistad. Alex retoma su vida de siempre, sus viejos amigos. Ellos, Flavio, Enrico y Pietro han pasado de ser maridos serenos y seguros a tener que afrontar muchas difi cultades que han puesto en peligro sus matrimonios. Y ahora todas esta personas, hombres y mujeres de diferentes edades, cada uno a su manera se encuentran para refl exionar sobre el amor. Pues, ¿existe el amor? ¿Es cierta la crisis del séptimo año? ¿Tienen razón los que dicen que un amor no puede durar más de tres años? Y después, la pregunta más difícil: ¿un amor puede durar para siempre?
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– Ha sido coser y cantar…

Nike percibe un extraño silencio.

– ¿En serio? ¿Me estás diciendo la verdad?

– Claro que sí, cariño, faltaría más.

Niki recela.

– ¿Dónde estás?

– En casa de Pietro…

En ese mismo instante entra Flavio con dos maletas y varias bolsas.

– ¿Qué es todo ese ruido?

– Los demás han venido también.

– ¿Ah, sí? -La voz de Niki es de nuevo entusiasta-. ¿Se lo has dicho también a ellos?

– Sí…

– ¿Y cómo se lo han tomado?

Flavio abre la maleta y, al hacerlo, caen al suelo algunos jerséis, recuerdo de su vida con Cristina. Se entristece y mira desconsolado a sus amigos.

– Todavía no puedo creer lo que ha sucedido…

También ellos parecen tristes e intentan animarlo, pero Flavio está muy deprimido. Niki insiste:

– Entonces, ¿cómo han reaccionado tus amigos?

Alex comprende que en ciertos casos no queda más remedio que mentir.

– No te lo puedes ni imaginar, están locos de contentos.

– ¡Genial! ¡Es un momento precioso para todos!

Pero en ese mismo instante Flavio rompe a llorar.

– Ahhh…

– ¿Qué ocurre?

– Creo que nada grave…

– Pero ¿quién está llorando así?

A Alex se le ocurre al vuelo una respuesta.

– ¡Es Ingrid, la hija de Enrico! Tendrá hambre… Perdona, Niki, ¿puedo llamarte luego?

– Claro que sí, ve…

Alex cuelga y se acerca a Flavio.

– ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?

– Al abrir la maleta he visto este suéter.

– ¿Y qué?

– Pues que me lo regaló ella…

– ¿Y qué? No me parece que sea nada tan grave…

– No, tú no puedes entenderlo. Era San Valentín, habíamos paseado durante todo el día y, como siempre, decíamos que nos gustaría escaparnos en un barco…

– ¡Aquí tenemos de nuevo al marinero!

– ¡Venga, Pietro!

– Tenéis razón, perdonadme.

Flavio prosigue con su relato:

– Esa noche desenvolvimos los paquetes y descubrimos que los dos nos habíamos regalado el mismo jersey. Justo el mismo, idéntica marca, idéntico color… -Flavio lo levanta y se lo enseña-. ¡Éste! -y se echa de nuevo a llorar-. ¿Qué estará haciendo ahora Cristina?

Pietro exhala un suspiro.

– ¿Y qué estará haciendo ahora Susanna? Quizá esté metiendo en la cama a Carolina…

Enrico suspira a su vez.

– Pues yo prefiero no saber lo que pueda estar haciendo Camilla… Peor aún, me lo imagino.

Alex toma las riendas de la situación.

– Escuchad, tenemos que animarnos como sea. ¿Os apetece que salgamos a cenar juntos, como en los viejos tiempos?

– ¿Japonés?

– ¡Sí!

– ¿Cerveza y partidita de póquer?

– ¡Sí! -responden todos a coro.

Alex intenta puntualizar:

– Pero sin que nos den las tantas, que mañana tengo una reunión.

Todos lo miran enojados.

– ¡Ya habló el que está a punto de casarse!

Alex entiende de sobra que no debe insistir.

– Está bien… Yo repartiré las cartas.

Y se sientan a esa mesa de cristal demasiado grande, cercanos, amigos, unidos en ese nuevo y extraño momento de compañerismo, como no sucedía desde hacía varios años. Y mientras las cartas pasan de una mano a otra, en sus mentes se entrelazan todo tipo de pensamientos. Pietro recuerda una ocurrencia de Woody Allen: «Soy la única persona de este mundo capaz de lograr una mano de póquer con cinco cartas sin que ni siquiera dos sean del mismo semen.» Todos se echan a reír.

– ¡No es mi caso! No sabéis qué punto tengo…

– ¡Estás fanfarroneando!

– Ven a verlo si te atreves. ¡Cien euros!

No se sabe quién ganará esa mano, pero una cosa es segura: ninguno de ellos perderá nunca esa espléndida amistad.

Sesenta y cinco

Olly apaga el motor del coche. Apoya las dos manos en el volante. La luz de la farola la ilumina. Un perro atraviesa veloz la calle. Ella lo sigue con la mirada. Giampi la escruta.

– Ha sido una bonita fiesta, ¿verdad? Gracias por haberme acompañado a casa.

Olly sigue mirando absorta hacia adelante.

– Sí, muy agradable… Niki estaba contenta.

Giampi se percata de que el humor de Olly no es de los mejores, de manera que se acerca a ella y le acaricia la mejilla. Olly se aparta un poco.

– ¿Qué te pasa, cariño?

Olly se vuelve y lo mira con una mezcla de dureza y tristeza en los ojos.

– Nada…

– ¿Nada? ¿Entonces a qué viene esa cara? Venga, ¿qué ocurre?

– Te he dicho que nada… ¿Y tú, te has divertido?

– Bueno, sí,… La gente era simpática. Incluso tres personas se han ofrecido a llevarme a casa cuando les he dicho que lo habíamos preparado todo tú y yo juntos…

– Qué amables… Supongo que Ilenia se habrá ofrecido también.

Giampi la mira.

– Bueno, sí, ella también… Es muy amable. Nos dejaste plantados sin más, podrías haberte quedado a charlar un poco. Te habría caído bien. -Olly juguetea nerviosa con el Arbre Magique con aroma de pino. No dice nada. Giampi prosigue-: Estudia enfermería. Y además baila. Sí, es una tía enrollada. Me gusta conocer a personas interesantes.

– Ya lo imagino, sobre todo cuando además se trata de chicas monas

– ¿Qué quieres decir?

– Nada. ¿Y os habéis intercambiado el número de móvil? Si no, se lo puedes pedir a Erica. Dijiste que eran amigas, ¿no?

– Pero ¿por qué debería haberle pedido el teléfono? No, no nos lo dimos. Supongo que nos volveremos a ver en otra fiesta, tuya o de Erica, en caso de que ocurra, así, sin más… -Giampi se extraña-. Olly no estarás celosa, ¿verdad?

Ella permanece un instante en silencio. Luego mira por la ventanilla.

– ¿Yo? ¡Qué va! ¿Por qué debería estarlo? En el fondo siempre hablas con otras mujeres, eres cordial, y parece que yo no te basto…

– ¿Otra vez, Olly? Ya sabes que te quiero y que estoy bien contigo. Te lo he demostrado infinidad de veces. Sólo soy un tipo al que le gusta hablar con la gente. Jóvenes, ancianos, hombres o mujeres, da igual. Cuando me conociste ya era así, ¿no? Además, tú misma has dicho que eso es lo que te gusta de mí, así que, ¿qué se supone que debería hacer? ¿Fingir que soy diferente? ¿Contenerme? Debes saber que yo nunca te he engañado…

Olly se siente confusa. Es consciente de que ha exagerado, pero no consigue frenarse, aún menos desdecirse. Lo escucha, lo mira y, al final…

– Basta ya, Giampi. Siempre dices lo mismo…, pero no sé por qué tengo la impresión de que lo único que te interesa son las chicas guapas… No me respetas…

– Pero ¿qué dices, Olly? ¿Que no te respeto? Pero ¿qué te he hecho?

Olly se muerde los labios y a continuación rompe a llorar.

– Haces que me sienta mal, te has pasado la noche hablando con ésa…

– Olly…, ya basta, de verdad. Esa historia hace ya varios meses que dura. Según tú, yo te engaño cada dos minutos. Pero eres tú la que no me respeta… Quizá sea mejor que dejemos de vernos durante algún tiempo… -Se apea del coche enfadado y da un portazo.

Olly lo ve desaparecer detrás del portal de su edificio y empieza a dar puñetazos al volante, encolerizada con todos, aunque, sobre todo, consigo misma y con esa maldita debilidad suya.

Sesenta y seis

– ¡Lorenzo!

El niño, que acaba de resbalar y de caerse al suelo, prueba por última vez a darle a la pelota, pero al oír el grito de su madre opta por renunciar.

– ¡Te he dicho que no juegues de ese modo!

Se levanta sacudiéndose el chándal.

– Pero, mamá, ¡vamos perdiendo!

– ¡Me importa un comino! ¿De acuerdo?

– ¡Vaaale!

Lorenzo echa a correr más exaltado y sudado que nunca, con su melena rubia, se diría que sueca, cubriéndole los ojos y pegada a las mejillas porque la cinta de rizo no consigue sujetársela. La aparta con la mano y corre detrás de la pelota en ese campo que han improvisado en el jardín de Villa Balestra, en los Parioli, bajo los ojos inquietos de Susanna. Lorenzo llega junto a la pelota y emprende de nuevo su carrera. Su madre sacude la cabeza mirando hacia Monte Mario, después alrededor, hacia ese jardín elíptico, a las avenidas paralelas, a las cuevas excavadas en la toba a media ladera. Luego se da cuenta de que hace rato que no ve a Carolina, se vuelve de inmediato hacia el lugar donde la vio por última vez y la busca con la mirada.

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