Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
No podía contestar a esta pregunta. Pero si Mameha no estaba preocupada, yo tampoco tenía ninguna razón para estarlo.
Mi primera impresión al entrar en el antiguo paraninfo fue la de un enorme vacío elevándose hasta el tejado; este espacio estaba bañado por la luz que entraba a raudales por unas ventanas practicadas en lo alto. El inmenso espacio resonaba con las voces de la multitud y estaba envuelto en una humareda procedente de los puestos de galletas de arroz tostadas que había fuera. En el centro se alzaba un montículo cuadrado, donde los luchadores iban a competir, coronado por un tejadillo en el estilo de los santuarios shinto. Un sacerdote daba vueltas alrededor, recitando las bendiciones y agitando su vara sagrada adornada con tiras de papel.
Mameha me condujo a una de las primeras gradas, donde nos quitamos los zapatos y empezamos a avanzar, sólo con los calcetines, por el pequeño borde de madera. Nuestros anfitriones estaban en esta grada, pero no tenía ni idea de quiénes eran hasta que no vi a un hombre que le hacía señas a Mameha con la mano; enseguida supe que era Nobu. No cabía duda después de la advertencia que me había hecho Mameha sobre su aspecto. Incluso desde lejos, la piel de su cara parecía una vela derretida. En algún momento de su vida debía de haber sufrido graves quemaduras; todo su aspecto era tan trágico que era difícil imaginarse la agonía que había debido de pasar. A la extraña sensación que me había dejado el encuentro con Korin se sumaba ahora la preocupación de cometer sin querer alguna tontería al ser presentada a Nobu. Caminando detrás de Mameha, fijé mi atención no en Nobu, sino en el hombre elegantemente vestido con un kimono a rayas que estaba sentado a su lado, en el mismo tatami. Desde el momento en que me fijé en él, me invadió una extraña calma. Estaba hablando con alguien del palco de al lado, de modo que sólo lo veía por detrás. Pero me resultaba tan familiar, que por un momento no podía entender lo que veía. Sólo sabía que aquel hombre parecía fuera de lugar en aquella exhibición. Antes de poder pensar por qué, me lo imaginé volviéndose hacia mí en las calles de la aldea de mi infancia…
Y entonces me di cuenta: ¡era el Señor Tanaka!
Había cambiado de una forma que no podría describir. Lo vi pasarse la mano por los cabellos grises y me sorprendió la delicadeza con la que movió los dedos. ¿Por qué me calmaba tanto mirarlo? Tal vez me había aturdido hasta tal punto el verlo que ni siquiera sabía cómo me sentía. Bueno, si odiaba a alguien en este mundo, ese alguien era el Señor Tanaka; no podía olvidarlo. No iba a arrodillarme a su lado y decirle: «¡Oh, Señor Tanaka, qué honor volver a verlo! ¿Qué le trae por Kioto?». En su lugar encontraría la forma de demostrarle mis verdaderos sentimientos, aun cuando no fuera lo más apropiado para una aprendiza. De hecho, había pensado muy poco en el Señor Tanaka durante los últimos años. Pero de todos modos no ser amable con él era algo que me debía a mí misma. Le serviría el sake de tal forma que se derramara por sus piernas. Le sonreiría porque estaba obligada a sonreír, pero sería como la sonrisa que tantas veces había visto en la cara de Hatsumono; y entonces diría: «¡Oh, Señor Tanaka…! El fuerte olor a pescado… ¡me invade la nostalgia al sentarme a su lado!». Se quedaría de una pieza. O, tal vez, esto otro: «¡Ay, Señor Tanaka! ¡Pero si parece usted hasta elegante!». Aunque a decir verdad, al mirarlo, pues ya casi habíamos llegado al palco en el que estaba, me pareció realmente distinguido, más distinguido de lo que nunca hubiera podido imaginar. Mameha ya había llegado y estaba arrodillándose para saludar con una profunda reverencia. Entonces el hombre volvió la cabeza, y vi por primera vez su ancha cara y sus afiladas mejillas… y sobre todo… esos párpados tan tensos en las comisuras y tan lisos y suaves. Súbitamente, todo lo que me rodeaba pareció calmarse, como si él fuera el viento que soplaba y yo sólo una nube por él arrastrada.
Ciertamente me resultaba conocido, más conocido en cierto sentido que mi propia imagen en el espejo. Pero no era el Señor Tanaka. Era el Señor Presidente de mis sueños.
Capítulo diecisiete
En toda mi vida sólo había tenido con este Presidente un brevísimo encuentro, pero desde entonces había pasado muchos momentos imaginándolo. Era como un trozo de una canción que llevaba desde entonces grabada en mi mente. Aunque, claro, algunas notas habían cambiado con el tiempo -lo que significa que esperaba que su frente fuera más ancha y su cabello cano menos espeso-. Me asaltó la duda de si sería el mismo, pero me sentía tan tranquila que enseguida supe sin vacilar que lo había encontrado.
Mientras Mameha saludaba a los dos hombres, yo me quedé detrás esperando mi turno para hacer las reverencias. ¿Y si cuando intentara hablar mi voz sonaba como un trapo abrillantando la madera? Nobu me miraba, con sus trágicas cicatrices, pero no estaba segura de que el Presidente hubiera reparado siquiera en mi presencia; me intimidaba mirar en su dirección. Cuando Mameha ocupó su lugar y empezó a alisarse el kimono sobre las rodillas, vi que el Presidente me miraba con lo que yo creí que era curiosidad. Se me quedaron los pies fríos, pues toda la sangre se me agolpó en la cara.
– Presidente Iwamura… Presidente Nobu -dijo Mameha-, ésta es mi nueva hermana pequeña, Sayuri.
Estoy segura de que alguna vez habrás oído hablar de Iwamura Ken, el fundador de la Compañía Eléctrica Iwamura. Y tal vez también has oído hablar de Nobu Toshikazu. No ha habido en Japón una asociación comercial más famosa que la suya. Eran como un árbol y sus raíces o como un santuario y la verja que lo antecede. Incluso yo había oído hablar de ellos con sólo catorce años. Pero nunca había imaginado que Iwamura Ken podría ser el mismo hombre que yo había conocido en las orillas del arroyo Shirakawa. Bueno, pues me puse de rodillas e hice mis reverencias, acompañadas de toda la retahíla acostumbrada sobre su indulgencia conmigo y todo lo demás. Cuando terminé, me fui a arrodillar en el espacio libre que quedaba entre los dos. Nobu se enzarzó en una conversación con el hombre que tenía al otro lado, mientras que el Presidente estaba callado, con una taza de té entre las manos; a sus pies había una bandeja completa. Mameha empezó a hablar con él; yo agarré la pequeña tetera y me aparté la manga para servirle. Para mi sorpresa, los ojos del Presidente giraron en la dirección de mi brazo. Por supuesto, a mí me entraron ganas de ver por mí misma exactamente lo que estaba viendo él. Tal vez debido al tipo de luz del paraninfo, la cara interna de mi brazo parecía brillar con el suave destello de las perlas y tenía un hermoso tono marfil. Ninguna parte de mi cuerpo me había llamado la atención de este modo antes. Me daba cuenta de que los ojos del Presidente no se habían movido; y mientras siguiera mirándome el brazo, yo no pensaba apartarlo. Y entonces, de pronto, Mameha se quedó en silencio. Me pareció que había dejado de hablar porque el Presidente me estaba mirando a mí en lugar de escucharla a ella. Entonces me di cuenta de lo que pasaba realmente.
La tetera estaba vacía. Es más, ya estaba vacía cuando la agarré.
Un momento antes me había sentido hasta resplandeciente, pero en ese momento balbucí una disculpa y dejé la tetera en la bandeja lo más rápido que pude. Mameha se echó a reír:
– Ya ve que es una chica resuelta, Presidente -dijo-. Si la tetera hubiera tenido una sola gota de té, Sayuri la habría sacado.
– Ese kimono que lleva tu hermana pequeña es ciertamente hermoso, Mameha -dijo el Presidente-. ¿Puedo recordar habértelo visto a ti, en tus días de aprendiza?
De quedarme alguna duda sobre si este hombre era realmente el Presidente de mis sueños, ésta se habría desvanecido al escuchar la conocida dulzura de su voz.
– Es posible, supongo -contestó Mameha-. Pero el Señor Presidente me ha visto con tantos kimonos a lo largo de los años que no puedo creer que los recuerde todos.