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El artista de la muerte

Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:

`El artista de la muerte` es un asesino que recrea cuadros famosos con sus víctimas: La muerte de Marat de Jacques-Louis David, El Desollamiento de Marsias de Tiziano…
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
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– ¿Ah, no? Asesinan a un hombre, un hombre con el que tenía una cita, ¿y no le parece importante?

Washington ardía de furia, pero no dijo nada.

– ¿Conocía a William Pruitt?

– No.

Kate dejó que transcurrieran unos segundos y siguió hablando con total naturalidad.

– ¿No dejó su trabajo en FirstRate Music voluntariamente, verdad, señor Washington? Lo despidieron.

– ¿Y eso a qué viene?

– Eso viene a que William Pruitt poseía una cantidad considerable de acciones de FirstRate Music. Y según su jefe, Aaron Feldman, perdió el trabajo por culpa de Pruitt.

A Washington le brillaban los ojos oscuros.

– Un puñado de capullos santurrones a los que les da miedo un poco de música. Pero ¿sabe qué? Pruitt me hizo un favor. Soy mucho más feliz por mi cuenta, ya se lo dije la última vez.

– Cierto. Sólo que omitió mencionar que conocía a Bill Pruitt.

– No le conocía. -Washington miró a Kate con desprecio-. Sabía quién era, sabía que era el que dirigía el pelotón de linchamiento contra los negros locos a los que nos gusta el rap. -Washington lo dijo con desdén-. Pero nunca nos presentaron.

Kate lo miró a los ojos.

– Saber que Pruitt fue el hombre que hizo que le despidieran es motivo suficiente.

– Ya se lo he dicho. Me hizo un favor. Estoy mejor solo.

– Puede ser -dijo Kate-. Supongamos que decido creerle al respecto. ¿Será sincero conmigo… sobre Elena?

Washington cruzó los brazos sobre el enorme pecho.

– ¿Sobre qué?

– Estaban liados.

Washington la miró sin decir nada.

– Darton. -Kate se inclinó hacia él-. Encaja con la descripción de un hombre que según el casero de Elena Solana era algo más que un visitante ocasional. ¿Quiere que haga venir al casero, lo ponga en una rueda de reconocimiento o prefiere decirme la verdad?

– De acuerdo. -Washington dejó caer sus enormes hombros-. Estábamos liados.

– ¿Y qué pasó?

– La cosa iba bien, al menos es lo que yo creía, y entonces, bum, me dejó por otro tío.

– ¿Sabe quién era?

Washington apartó la mirada de Kate y la dirigió a la pared gris y anodina.

– La vi una vez con el tío, ella no me vio. Era un tipo rubio, alto, delgado, tendría unos treinta y cinco años, la rodeaba con el brazo. -Washington volvió a cerrar los puños-. Me dejó por un blanco. La vida es así, ¿no? -Se echó a reír, con ironía, sin atisbo de alegría-. Les seguí. Vi dónde vivía. También me quedé con su nombre. -Adoptó una expresión de odio-. Damien Trip.

– Pero usted y Elena volvieron a hablar. Y Darton, por favor, recuerde que tenemos los registros telefónicos para demostrarlo.

– Sí. No. Le colgué. Quería que la ayudara pero… -Bajó la mirada hacia sus manos.

La voz de Kate adoptó un tono insistente.

– ¿Por qué le pidió ayuda?

– Creo que Trip la tenía asustada, pero… -Negó con la cabeza-. No lo sé. No quería escucharla. Pensé: «Oh, ¿ahora quieres que te ayude?» Me había hecho daño, ¿sabe? Y ¡joder! ¿Por qué no la escuché? -Tensó el cuerpo de nuevo, pero tenía lágrimas en los ojos-. Joder -repitió, pero esta vez no fue más que un susurro.

– Hemos hablado con Trip.

Washington se enderezó en el asiento.

– Gracias a Dios.

– Bueno, mejor no dar las gracias todavía. Trip tiene una abogada muy buena.

– ¿Lo han soltado?

– No teníamos elección. -Kate exhaló un suspiro.

Darton Washington flexionó los hombros, los músculos nudosos del cuello grueso le sobresalían cuando se mostró aliviado.

– Tienen que pillarlo.

– Lo estamos intentando.

– No lo intenten. -Retorció la boca enfurecido-. Háganlo.

Kate sentía su rabia. Pero ¿acaso estaba intentando desviar la sospecha de su persona hacia Damien Trip?

– Quiere a Trip fuera de juego, ¿no es eso, Darton?

– ¿Usted no?

– Eso no es lo que le he preguntado. -Kate arrastró una silla más cerca y se sentó-. Recapitulemos, ¿de acuerdo? -Contó con los dedos-: Uno: Elena Solana le llamó. Al cabo de unos días murió. Dos: Ethan Stein tiene su nombre en la agenda. Al cabo de unos días murió. Tres: Lo despiden. Al cabo de un par de semanas el hombre que instigó su despido murió. Voy a decirle una cosa, Darton. Desde mi punto de vista, no tiene muy buena pinta.

– Y desde mi punto de vista, parece una coincidencia. No pasé por el apartamento de Elena Solana durante semanas. No fui al estudio de Ethan Stein, porque estaba editando una demo. Y nunca conocí a Pruitt. No tiene nada concreto para relacionarme con estos crímenes.

– Todavía no -dijo Kate-. Pero me estoy dedicando al tema.

Washington se miró las manos y habló en un susurro:

– La quería, a Elena.

¿Amor no correspondido? Cielos, ese motivo era todavía más fuerte.

– Así que la quería y ella lo rechazó -declaró Kate.

– Yo no la maté. -Washington levantó la mirada y tenía los ojos humedecidos-. Ya se lo dije, la quería.

Kate dio un golpecito a la mampara del cubículo de Maureen Slattery.

– ¿Tiene un mensaje para mí?

– Oh, McKinnon. -Maureen alzó la vista con las manos sobre el teclado del ordenador-. Sí. Tengo un mensaje de Brown. Está en Brooklyn. Algo sobre el caso del francotirador, de hace meses. Me pidió que le dijera que se reuniría con usted en el apartamento de Trip, junto con un equipo de técnicos, a las seis de la tarde. Además, debería llevar la orden de registro, por si Trip está en casa.

– Gracias.

Maureen ladeó la cabeza hacia el tablón de anuncios que tenía encima del escritorio, donde había clavado una reproducción de La muerte de Marat.

– Oiga, me estaba preguntando… pues que… ¿por qué este pintor…, cómo se llama, David, decidió pintar este cuadro?

– Era el pintor de la corte de Napoleón -explicó Kate-. Pintó muchas escenas históricas. Ésta era una más. En aquella época, si querías que algo se documentara o recreara, hacía falta un pintor. Por supuesto todo eso cambió con la invención de la fotografía. -Echó un vistazo a la reproducción y pensó en el pobre Bill Pruitt como una mala imitación de Marat-. Le traeré un libro con los cuadros de David. Prepárese para cuando vea su Coronación de Napoleón y Josefina, es impresionante.

– Este artista de la muerte acabará por convertirme en una amante del arte. -Slattery se echó a reír.

Kate también rió, pero luego se puso seria e informó a su colega de la charla mantenida con Darton Washington.

– ¿Cree que nos estamos precipitando con Trip y que Washington podría ser un sospechoso?

– Es completamente posible -dijo Kate planteándose la pregunta-. Pero le creí cuando me dijo que amaba a Elena.

– Eso siempre ha sido un motivo de peso para asesinar.

– Estoy de acuerdo -dijo Kate-. Pero no tenemos nada que demuestre que estuviera en la escena de Solana. Ninguna huella. Nada de ADN. Dice que estaba fuera de la ciudad cuando Elena murió, solo en casa la noche que ahogaron a Pruitt, editando una demo en un estudio cerca del centro desde última hora de la tarde hasta casi las dos de la mañana la noche que Ethan Stein murió. Estoy verificando todas las coartadas, pero le hemos tenido que dejar marchar… por ahora.

– Deberíamos mantenerlo vigilado. A Trip también. Hablaré con Mead sobre el tema.

– Buena idea. -Kate estaba dando golpecitos con el pie, la adrenalina le empezaba a subir ante la expectativa del registro. Consultó su reloj. Tenía una hora libre-. ¿Le apetece una taza de café?

– Me encantaría. Pero no puedo. Mead quiere los informes de los interrogatorios de la galería y el museo en su mesa lo antes posible. -Repasó a Kate con la mirada-. Parece cansada, McKinnon. ¿Por qué no descansa un poco antes del registro?

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