Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
El bebé empezó a moverse y, unos segundos después, se puso a llorar.
– Madre mía -balbuceó Turner, absolutamente desubicado. La cogió y se la apoyó en el hombro, con cuidado de sujetarle la cabeza, como había visto que hacía su madre-. Ya está. Ya está. Shhh. Tranquila. Eso es.
Aquellas palabras no funcionaron, porque la niña seguía chillando.
Alguien llamó a la puerta y lady Rudland se asomó.
– ¿Quieres que la coja yo, Turner?
Él meneó la cabeza, porque no quería separarse de su hija.
– Creo que tiene hambre, Turner. La nodriza está en la habitación de al lado.
– Ah, claro. -Parecía ligeramente avergonzado mientras le daba la niña a su madre-. Toma.
Volvía a estar solo con Miranda. No había movido ni un músculo durante la vigilia, excepto por el delicado subir y bajar del pecho.
– Ya es de día, Miranda -dijo, tomándola de la mano e intentando que recuperara la conciencia-. Es hora de levantarse. Si no quieres hacerlo por ti, hazlo por mí. Estoy agotado, pero sabes que no puedo acostarme hasta que despiertes.
Pero ella no se movió. No se revolvió, ni roncó y él estaba aterrado.
– Miranda -dijo, y reconoció el pánico en su voz-, ya basta. ¿Me oyes? Ya basta. Tienes que…
Se derrumbó, porque no podía soportarlo más. Le apretó la mano y apartó la mirada. Las lágrimas le nublaron la visión. ¿Cómo iba a vivir sin ella? ¿Cómo iba a criar a su hija solo? ¿Cómo iba a saber cómo llamarla? Y, lo peor, ¿cómo iba a poder vivir en paz consigo mismo si Miranda se moría sin haberle escuchado decir que la quería?
Con una determinación renovada, se secó las lágrimas y se volvió hacia ella.
– Te quiero, Miranda -dijo, en voz alta, con la esperanza de penetrar en sus sueños, aunque no despertara nunca. Imprimió cierta urgencia a su voz-. Te quiero. A ti. No lo que haces por mí o cómo me haces sentir. Sólo a ti.
Los labios de Miranda emitieron un sonido tan leve que, al principio, Turner creía que se lo había imaginado.
– ¿Has dicho algo? -Le observó la cara minuciosamente, buscando alguna señal de movimiento. Ella volvió a mover los labios y el corazón de Turner dio un vuelco-. ¿Qué has dicho, Miranda? Por favor, repítelo otra vez. La primera vez no te he oído. -Pegó la oreja a su boca.
Ella habló con voz débil, aunque las palabras se oyeron altas y claras.
– Me alegro.
Turner se echó a reír. No pudo evitarlo. Muy propio de su mujer tener una respuesta ingeniosa cuando se suponía que estaba en el lecho de muerte.
– Te pondrás bien, ¿verdad?
Ella movió la barbilla unas milésimas, pero fue un gesto afirmativo sin ninguna duda.
Loco de felicidad y alivio, Turner corrió hacia la puerta y gritó las buenas noticias para que todos lo supieran. Como era de esperar, su madre, Olivia y casi todo el servicio de la casa aparecieron corriendo por el pasillo.
– Está bien -dijo, ignorando el hecho de que tuviera la cara llena de lágrimas-. Está bien.
– Turner. -La palabra llegó como un gruñido desde la cama.
– ¿Qué pasa, mi amor? -corrió a su lado.
– Caroline -dijo, agotando todas sus fuerzas para dibujar una sonrisa-. Ponle Caroline.
Él le levantó la mano y se la besó mientras hacía una reverencia.
– Caroline. Me has dado una hija perfecta.
– Siempre consigues lo que quieres -susurró ella.
La miró con amor cuando, de repente, se dio cuenta del milagro que la había devuelto a la vida.
– Sí -dijo, con la voz ronca-. Parece que sí.
Unos días después, Miranda se encontraba mucho mejor. A petición suya, la habían trasladado a la habitación que Turner y ella habían compartido los primeros meses de matrimonio. Aquel entorno la tranquilizaba y quería demostrarle a su marido que quería un matrimonio de verdad. Estaban destinados a estar juntos. Era así de sencillo.
Todavía no la dejaban levantarse de la cama, pero había recuperado las fuerzas y tenía las mejillas de un tono rosado muy saludable. Aunque puede que sólo fuera el amor. Nunca en su vida había sentido tanto. Turner parecía no poder decir dos frases seguidas sin confesarle que la quería y Caroline despertaba tanto amor en los dos que era indescriptible.
Olivia y lady Rudland también la mimaban mucho, pero Turner intentaba que su interferencia fuera mínima, porque quería a su mujer sólo para él. Un día, cuando ella se despertó de la siesta, estaba sentado a su lado, en la cama.
– Buenas tardes -murmuró.
– ¿Tardes? ¿En serio? -bostezó.
– Al menos son más de las doce.
– Madre mía, nunca había estado tan perezosa.
– Te lo mereces -le aseguró él, con los ojos azules brillantes de amor-. Cada minuto.
– ¿Cómo está la niña?
Turner sonrió. Miranda siempre le hacía esa pregunta en el primer minuto de cualquier conversación que tenían.
– Muy bien. Aunque debo admitir que tiene un buen par de pulmones.
– Es muy dulce, ¿verdad?
Él asintió.
– Igual que su madre.
– Oh, yo no soy dulce.
Él le dio un beso en la punta de la nariz.
– Debajo de ese carácter tuyo, eres muy dulce. Créeme. Te he saboreado.
Ella se sonrojó.
– Eres incorregible.
– No, soy feliz -la corrigió-. Verdaderamente feliz.
– ¿Turner?
Él la miró fijamente, porque había identificado la duda en su voz.
– ¿Qué, mi amor?
– ¿Qué pasó?
– No sé si entiendo lo que me estás preguntando.
Ella abrió la boca y luego la cerró. Estaba claro que intentaba encontrar las palabras correctas.
– ¿Por qué… de repente supiste…?
– ¿Que te quería?
Ella asintió.
– No lo sé. Creo que siempre ha estado dentro de mí. Pero estaba demasiado ciego para darme cuenta.
Miranda tragó saliva, muy nerviosa.
– ¿Fue cuando estuve a punto de morir? -No sabía por qué, pero la idea de que no pudiera darse cuenta de que la quería hasta que estuvo a punto de perderla no le hacía demasiada gracia.
Él meneó la cabeza.
– Fue cuando me diste a Caroline. La escuché llorar y el sonido fue tan… tan… No puedo describirlo, pero la quise al instante. Oh, Miranda, la paternidad es algo increíble. Cuando la tengo en mis brazos… Ojalá supieras lo que es.
– Bueno, imagino que como la maternidad -dijo ella, chistosa.
Él le acarició los labios con el dedo.
– Esa boquita. Déjame terminar la historia. Tengo amigos que han sido padres y todos me han hablado de lo maravilloso que es recibir una vida nueva que es carne de tu carne. Pero… -Se aclaró la garganta-. Me di cuenta de que no la quería porque fuera un pedazo de mí, sino que la quería porque era un pedazo de ti.
A Miranda se le humedecieron los ojos.
– Oh, Turner.
– No, déjame terminar. No sé qué he hecho o dicho para merecerte, Miranda, pero ahora que te tengo, no voy a soltarte. Te quiero mucho. -Tragó saliva, porque tenía un nudo en la garganta-. Mucho.
– Oh, Turner. Yo también te quiero. Lo sabes, ¿verdad?
Él asintió.
– Y te lo agradezco. Es el mejor regalo que he recibido en la vida.
– Vamos a ser muy felices, ¿verdad? -Lo miró con una temblorosa sonrisa.
– Más de lo que se puede expresar con palabras, mi amor.
– ¿Y tendremos más hijos?
La expresión de Turner cambió.
– Siempre que no vuelvas a darme un susto como éste. Además, la mejor manera de evitar tener más hijos es la abstinencia y dudo que pueda conseguirlo.
Ella se sonrojó, pero dijo:
– Me alegro.
Turner se inclinó hacia delante y le dio un beso lo más apasionado que se atrevió.
– Debería dejarte descansar -dijo, separándose de ella a regañadientes.
– No, no. No te vayas, por favor. No estoy cansada.
– ¿Seguro?
Qué bendición tener a alguien que se preocupaba tanto por ella.