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Los Diarios Secretos De Miranda

Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:

A los diez años Miranda Cheever no muestra signo alguno de convertirse en una gran belleza. Y ni siquiera a esa temprana edad Miranda ha aprendido a aceptar las expectativas que la sociedad tiene depositadas en ella… hasta la tarde en que Nigel Bevelstoke, el guapo y elegante vizconde Turner, besa solemnemente su mano y le promete que un día madurará y se convertirá en una mujer tan hermosa como inteligente.
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
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Notó la mano de su madre en el hombro pero no se volvió, era demasiado orgulloso para dejarle ver la cara de su dolor.

La primera punzada de dolor en la barriga llegó una hora antes de bajar a cenar. Sorprendida, se colocó la mano encima del estómago. El doctor le había dicho que, seguramente, daría a luz dentro de dos semanas.

– Bueno, pues parece que vas a salir antes -dijo, con mucho amor-. Pero aguanta hasta después de la cena, ¿te parece? Tengo hambre. Hace semanas que no tengo apetito y necesito comer.

El bebé le dio una patada a modo de respuesta.

– O sea, que así es como van a ser las cosas, ¿no? -susurró Miranda, dibujando una sonrisa por primera vez en semanas-. Vamos a hacer un trato. Me dejas cenar tranquila y prometo no llamarte Ifigenia.

Otra patada.

– Si eres una niña, claro. Si eres niño, prometo no llamarte… ¡Nigel! -Se rió, y el sonido le resultó desconocido y… agradable-. Prometo no llamarte Nigel.

El bebé se quedó tranquilo.

– Perfecto. Ahora, si te parece, nos vestiremos.

Miranda llamó a la doncella y, una hora después, bajó las escaleras hacia el comedor, agarrándose con fuerza a la baranda. No estaba segura de por qué no quería decirle a nadie que el bebé ya estaba en camino; quizá sólo era su habitual tendencia a evitar protagonismos. Además, excepto por un fuerte dolor cada diez minutos, más o menos, se encontraba bien. No quería que la metieran en la cama y no la dejaran moverse. Sólo esperaba que el bebé se esperara hasta después de la cena. El parto tenía una parte embarazosa y no quería descubrir el porqué encima de la mesa del comedor.

– Ah, ya estás aquí -dijo Olivia-. Íbamos a tomar algo en el salón rosa. ¿Nos acompañas?

Miranda asintió y siguió a su amiga.

– Estás un poco rara, Miranda -añadió Olivia-. ¿Te encuentras bien?

– Sólo enorme, gracias.

– Bueno, dentro de poco ya estarás como siempre.

Antes de lo que todos se imaginaban, se dijo ella con ironía.

Lady Rudland le ofreció un vaso de limonada.

– Gracias -dijo Miranda-. Estoy sedienta. -Olvidándose de cualquier norma de etiqueta, se lo bebió de un trago. Lady Rudland no dijo nada mientras le llenaba el vaso otra vez. Miranda se lo bebió casi igual de deprisa-. ¿Estará lista la cena? -preguntó-. Tengo mucha hambre. -Aunque aquello sólo era la mitad de la historia. Si tardaban mucho más, tendría a su hijo en la mesa del comedor.

– Seguro que sí -respondió lady Rudland, ligeramente sorprendida por la urgencia de Miranda-. Adelante. Al fin y al cabo, es tu casa, Miranda.

– Sí que lo es -ladeó la cabeza, se agarró la barriga con las dos manos, como si así pudiera frenar lo inevitable, y salió al pasillo.

Chocó con Turner.

– Buenas noches, Miranda.

Tenía una voz grave y profunda, y Miranda notó mariposas en el estómago.

– Espero que estés bien -añadió él.

Ella asintió mientras intentaba no mirarlo. Llevaba un mes entrenándose para no derretirse en una piscina de deseo y anhelo cada vez que lo veía. Había aprendido a ponerse una máscara de pasividad fingida. Todos sabían que Turner la había destrozado, pero no quería que lo vieran cada vez que entraba en una sala.

– Disculpa -murmuró ella, mientras pasaba por su lado en dirección al comedor.

Turner la tomó del brazo.

– Permíteme que te acompañe, minina.

El labio inferior de Miranda empezó a temblar. ¿Qué intentaba hacer? Si no estuviera tan confusa, o tan embarazada, seguramente habría intentado soltarse, pero, en su situación, calló y dejó que la acompañara hasta la mesa.

Turner no dijo nada durante los primeros platos, y a Miranda le pareció perfecto, porque estaba encantada de evitar la conversación en favor de la comida. Lady Rudland y Olivia intentaron intercambiar alguna palabra con ella, pero siempre conseguía tener la boca llena. Se evitó tener que responder masticando, tragando y luego, murmuraba:

– Es que estoy hambrienta.

Eso funcionó durante los tres primeros platos, hasta que el bebé dejó de colaborar. Creía que había conseguido no reaccionar a los dolores, pero debió de gimotear, porque Turner se volvió directamente hacia ella y le preguntó:

– ¿Sucede algo?

Ella sonrió lánguidamente, masticó, tragó y murmuró:

– No. Es que estoy hambrienta.

– Ya lo vemos -dijo Olivia, muy seca, con lo que se ganó una mirada de reprobación de su madre.

Miranda se comió otro bocado del pollo con almendras y volvió a gemir. Esta vez, Turner estaba seguro de que lo había visto.

– Has hecho un ruido -dijo, con firmeza-. Te he oído. ¿Qué te pasa?

Ella masticó y tragó.

– Nada. Pero tengo hambre.

– Quizás estás comiendo demasiado deprisa -sugirió Olivia.

Miranda se aferró a la excusa como a un clavo ardiendo.

– Sí, sí, debe ser eso. Iré más despacio. -Por suerte, la conversación cambió de signo cuando lady Rudland le echó en cara a Turner una de las leyes que, recientemente, había apoyado en el parlamento. Miranda estaba encantada de que su marido se concentrara en otra cosa; la había estado observando muy de cerca y cada vez era más difícil mantener el gesto sereno cuando notaba una contracción.

Otra punzada de dolor en la barriga y, esta vez, perdió la paciencia.

– Para ya -susurró, dirigiéndose a su barriga-. O te prometo que te pondré Ifigenia.

– ¿Has dicho algo, Miranda? -preguntó Olivia.

– No, no. No creo.

Pasaron varios minutos y notó otra contracción.

– Que pares, Nigel -susurró-. Hemos hecho un trato.

– Ahora seguro que has dicho algo -dijo Olivia, muy directa.

– ¿Acabas de llamarme Nigel? -preguntó Turner.

Miranda se dijo que era curioso cómo llamarlo Nigel parecía molestarle más que el hecho de que ella ya no durmiera en la misma cama que él.

– Claro que no. Te lo estás imaginando. Pero sí que estoy cansada. Si no os importa, creo que iré a acostarme. -Empezó a levantarse, pero entonces notó cómo un líquido caliente le resbalaba por las piernas y volvió a sentarse-. Bueno, quizá me esperaré al postre.

Lady Rudland se levantó de la mesa, porque dijo que estaba siguiendo un régimen de adelgazamiento y no podía soportar ver cómo todos se comían el pudín. Aquella baja provocó que a Miranda le resultara más difícil evitar la conversación, pero hizo lo que pudo, fingiendo estar muy concentrada en la comida y rezando para que nadie le hiciera una pregunta. Al final, la cena se terminó. Turner se levantó, se acercó hasta ella y le ofreció el brazo para levantarse.

– No, creo que me quedaré aquí sentada un momento. Estoy un poco cansada. -Notó una punzada de dolor que le subía por el cuello. Cielo santo, nadie había escrito jamás un libro de etiqueta para cuando un bebé quería nacer en mitad de una cena formal. Miranda estaba muy nerviosa y tenía tanto miedo que no podía ni levantarse de la silla.

– ¿Quieres otra ración? -El tono de Turner fue muy seco.

– Sí, por favor -respondió ella, con la voz ahogada.

– Miranda, ¿seguro que te encuentras bien? -preguntó Olivia mientras Turner llamaba a un lacayo-. Estás muy rara.

– Ve a buscar a tu madre -dijo, como pudo-. Ahora.

– ¿Es…?

Miranda asintió.

– Madre mía -dijo Olivia, tragando saliva-. Ha llegado la hora.

– ¿Qué hora? -preguntó Turner, irritado. Y luego vio la expresión aterrada de Miranda-. Por los clavos de Cristo. Esa hora. -Cruzó el comedor y levantó a su mujer en brazos, ignorando el hecho de que la falda empapada le estaba manchando la delicada chaqueta.

Miranda se aferró a su poderoso cuerpo, olvidándose de todos sus propósitos de indiferencia. Escondió la cara en el hueco del cuello y dejó que su fuerza se apoderara de ella. Iba a necesitarla en las próximas horas.

– Serás estúpida -murmuró él-. ¿Cuánto rato llevas ahí sentada con dolores?

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