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Los Diarios Secretos De Miranda

Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:

A los diez años Miranda Cheever no muestra signo alguno de convertirse en una gran belleza. Y ni siquiera a esa temprana edad Miranda ha aprendido a aceptar las expectativas que la sociedad tiene depositadas en ella… hasta la tarde en que Nigel Bevelstoke, el guapo y elegante vizconde Turner, besa solemnemente su mano y le promete que un día madurará y se convertirá en una mujer tan hermosa como inteligente.
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
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Miranda no respondió porque sabía que con la verdad sólo conseguiría que la riñera.

Turner la subió por las escaleras hasta una habitación de invitados que se había preparado especialmente para el parto. En cuanto la dejó en la cama, lady Rudland llegó corriendo.

– Muchas gracias, Turner -dijo, apresurada-. Ve a buscar al doctor.

– Ya se ha encargado Brearley -respondió Turner, que estaba mirando a Miranda con preocupación.

– Bueno, entonces, mantente ocupado con algo. Tómate un trago de algo.

– No tengo sed.

Lady Rudland suspiró.

– ¿Tengo que deletreártelo, hijo? Fuera.

– ¿Por qué? -preguntó el, incrédulo.

– Los hombres no tienen sitio en un parto.

– Pues sí que tuve sitio en la concepción -farfulló él.

Miranda se sonrojó.

– Turner, por favor -le suplicó.

Él la miró.

– ¿Quieres que me vaya?

– Sí. No. No lo sé.

Él puso los brazos en jarras y se encaró a su madre.

– Creo que debería quedarme. También es mi hijo.

– Está bien. Vete a ese rincón y no molestes -lady Rudland agitó los brazos para alejarlo de la cama.

Otra contracción sacudió a Miranda.

– Aaahhh -gritó.

– ¿Qué ha sido eso? -Turner corrió a su lado en una milésima de segundo-. ¿Es normal? ¿No debería estar…?

– ¡Turner, cállate! -dijo lady Rudland-. Vas a ponerla nerviosa. -Se volvió hacia Miranda y le presionó la frente con un trapo húmedo-. No le hagas caso. Es perfectamente normal.

– Lo sé. Es que… -Hizo una pausa para recuperar el aliento-. ¿Podríais sacarme el vestido?

– Madre mía, pues claro. Lo siento mucho. Me había olvidado por completo. Debes estar muy incómoda. Turner, ven aquí y échame una mano.

– ¡No! -exclamó Miranda, de repente.

Él se detuvo en seco y se le congeló la sangre.

– Bueno, quiero decir que lo hagas tú o que lo haga él -explicó Miranda a su suegra-, pero no los dos.

– No sabes lo que dices -dijo lady Rudland, tranquilizándola-. No piensas con claridad.

– ¡No! Si quieres, puede hacerlo Turner porque ya… me ha visto antes. O puedes hacerlo tú porque eres una mujer. Pero no quiero que me veas mientras él me ve. ¿No lo entiendes? -Se aferró con todas sus fuerzas al brazo de la mujer mayor.

En la esquina, Turner contuvo una sonrisa.

– Te dejo que hagas los honores, madre -dijo, intentando mantener la voz inflexiva para evitar echarse a reír. Asintió y salió de la habitación. Se obligó a llegar a mitad del pasillo antes de reírse. Menudos escrúpulos más extraños tenía su mujer.

En la habitación, Miranda estaba apretando los dientes durante otra contracción mientras lady Rudland le quitaba el vestido.

– ¿Se ha ido? -preguntó. Lo creía capaz de asomarse por la puerta.

Su suegra asintió.

– Ya no nos molestará.

– No molesta -dijo Miranda, antes de poder pensárselo mejor.

– Por supuesto que sí. Los hombres no pintan nada en un alumbramiento. Es sucio, es doloroso y ninguno sabe cómo ser de utilidad. Es mejor dejar que esperen fuera y reflexionen sobre todas las maneras en que pueden recompensarte por tu trabajo duro.

– Me ha comprado un libro -susurró Miranda.

– ¿Ah, sí? Yo estaba pensando en diamantes.

– Eso también me gustaría -respondió Miranda, debilitada.

– Dejaré caer alguna indirecta. -Lady Rudland terminó de desvestirla y de ponerle el camisón, y ahuecó las almohadas que tenía detrás de la cabeza-. Ya está. ¿Estás cómoda?

Otra contracción.

– No mucho -dijo, entre dientes.

– ¿Ha sido otra contracción? -le preguntó lady Rudland-. Dios mío. Vienen muy seguidas. Quizá sea un parto extraordinariamente rápido. Espero que el doctor Winters llegue a tiempo.

Miranda apretó los dientes durante la ola de dolor y asintió.

Lady Rudland la tomó de la mano y se la apretó, con un gesto de compasión en la cara.

– Si te consuela, con gemelos es mucho peor.

– No -gimió Miranda.

– ¿No te consuela?

– No.

Lady Rudland suspiró.

– Ya me lo imaginaba. Pero no te preocupes -añadió, alegrando la cara-. Habrá terminado muy pronto.

Veintidós horas después, Miranda quería una nueva definición de la palabra «pronto». Su cuerpo entero estaba partido de dolor, respiraba de forma entrecortada y le parecía que no le entraba aire suficiente en el cuerpo. Y las contracciones seguían llegando, cada una peor que la anterior.

– Ya viene otra -gimoteó Miranda.

Lady Rudland le empapó la frente con un trapo húmedo.

– Relájate, cariño.

– No puedo… Estoy demasiado… ¡Maldita sea! -gritó, utilizando el epíteto favorito de su marido.

En el pasillo, Turner se tensó cuando oyó el grito. Después de quitarle el vestido empapado, su madre se lo había llevado a un aparte y lo había convencido de que todos estarían más tranquilos si esperaba en el pasillo. Olivia había acercado dos sillas de un salón próximo y estaba con él, haciéndole compañía e intentando no hacer muecas de dolor cuando Miranda gritaba.

– Ésta ha sido de las fuertes -dijo, nerviosa, intentando entablar conversación.

Turner la miró. Comentario incorrecto.

– Estoy segura de que pronto habrá terminado -añadió Olivia, hablando más con la esperanza que con la certeza-. No creo que pueda empeorar mucho más.

Miranda volvió a gritar, agonizando.

– Al menos, eso creo -añadió, con un hilo de voz.

Turner dejó caer la cabeza entre las manos.

– No volveré a tocarla nunca -gruñó.

– ¡No volverá a tocarme nunca! -oyeron gritar a Miranda.

– Bueno, parece que los dos estáis de acuerdo en eso -comentó Olivia. Le acarició la barbilla con los nudillos-. Anímate, hermano. Estás a punto de convertirte en padre.

– Espero que pronto -farfulló-. No creo que pueda soportarlo mucho más tiempo.

– Si tú tienes ganas de que acabe, imagínate cómo debe estar Miranda.

Él la miró con severidad. Comentario incorrecto, otra vez. Olivia cerró la boca.

En la habitación, Miranda estaba agarrando el brazo de su suegra con mucha fuerza.

– Hazlo parar -gimoteó-. Por favor, hazlo parar.

– Todo habrá terminado muy pronto, te lo aseguro.

Miranda tiró del brazo hasta que la tuvo a escasos centímetros de su cara.

– ¡Dijiste lo mismo ayer!

– Disculpe, lady Rudland -era el doctor Winters, que había llegado una hora después de que empezaran los dolores-. ¿Puedo hablar con usted un momento?

– Sí, por supuesto -dijo lady Rudland, zafándose con cuidado de la mano de Miranda-. Vuelvo enseguida. Te lo prometo.

Miranda asintió y se agarró a las sábanas, porque necesitaba retorcer algo cuando las contracciones la sacudían de dolor. Giraba la cabeza de un lado a otro mientras intentaba respirar una bocanada de aire. ¿Dónde estaba Turner? ¿No se daba cuenta de que lo necesitaba a su lado? Necesitaba su calidez, su sonrisa, pero, sobre todo, necesitaba su fuerza, porque no creía que a ella le quedaran suficientes para superar aquel calvario.

Pero era muy tozuda, y orgullosa, y no quiso preguntar a lady Rudland dónde estaba. En lugar de eso, apretó los dientes e intentó no llorar de dolor.

– ¿Miranda? -lady Rudland la estaba mirando con gesto preocupado-. Miranda, cariño, el doctor dice que tienes que empujar más fuerte. El bebé necesita un poco de ayuda para salir.

– Estoy demasiado cansada -gimoteó ella-. Ya no puedo más.

«Necesito a Turner.» Pero no sabía cómo decir las palabras.

– Sí que puedes. Si empujas más fuerte ahora, todo terminará más deprisa.

– No puedo… No puedo… No… ¡Ooohhh!

– Eso es, lady Turner -dijo enseguida el doctor Winters-. Empuje ahora.

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