Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
Turner parpadeó.
– Brearley, aquí no tenemos un salón rosa.
– Ahora sí, milord. En el antiguo salón del ala oeste.
– ¿Ah, sí? Así que lo ha redecorado. Me alegro por ella. Quiero que se sienta como en casa.
– Todos lo deseamos, milord.
Turner sonrió. Miranda se había labrado una gran lealtad entre el servicio de la casa. Las doncellas la adoraban.
– Voy a darle una sorpresa. -Cruzó el vestíbulo y giró a la derecha hasta lo que solía ser el salón del ala oeste. La puerta estaba ligeramente abierta, y Turner vio que había una vela encendida. Será burra. Debería saber que necesitaba más de una vela para leer.
Abrió la puerta un poco más y se asomó. Miranda estaba tendida en el sofá durmiendo, con la boca ligeramente abierta. Tenía un libro encima de la barriga y, en la mesa que había junto al sofá, había una bandeja con la cena a medias. Estaba tan preciosa e inocente que se le rompía el corazón. La había echado mucho de menos; había pensado en ella y en la amarga despedida casi cada minuto del día. Sin embargo, creía que no se había dado cuenta de lo profunda y elemental que había sido la añoranza hasta ese momento, al volver a verla con los ojos cerrados y el pecho subiendo y bajando tranquilamente mientras dormía.
Se había dicho que no la despertaría, pero eso, se autoconvenció, fue cuando creía que se la encontraría en la habitación. Tendría que despertarse para subir las escaleras, así que podía ser él quien lo hiciera.
Se acercó al sofá, apartó la bandeja de la cena, se sentó en la mesa y dejó el paquete en su regazo.
– Despierta, cariñ… -Dejó la frase inacabada cuando, con algo de retraso, recordó que ella le había ordenado que no utilizara palabras cariñosas. Le acarició el hombro-. Despierta, Miranda.
Ella parpadeó.
– ¿Turner? -Estaba muy dormida.
– Hola, minina. -Daba igual que no quisiera que la llamara así. Si él quería utilizar una palabra cariñosa, lo haría y punto.
– Casi… -Bostezó-. Casi creía que ya no vendrías.
– Te dije que llegaría hoy.
– Pero los caminos…
– No estaban tan mal. -Le sonrió. La mente dormida de Miranda todavía no se había acordado de que estaba enfadada con él y él no veía ningún motivo para recordárselo. Le acarició la mejilla-. Te he echado de menos.
Ella volvió a bostezar.
– ¿Sí?
– Mucho. -Hizo una pausa-. ¿Tú me has echado de menos?
– Eh… Sí. -Se dio cuenta de que mentir no le serviría de nada. Turner ya sabía que lo quería-. ¿Te lo has pasado bien en Londres? -preguntó, muy educada.
– Hubiera preferido que estuvieras allí conmigo -respondió él, y también sonó muy comedido, como si hubiera pensado sus frases antes para no ofender.
Y luego, con la misma educación:
– ¿Te lo has pasado bien mientras he estado fuera?
– Olivia vino unos días.
– ¿Ah, sí?
Miranda asintió. Y luego añadió:
– Sin embargo, aparte de eso, he tenido mucho tiempo para pensar.
Se produjo un largo silencio y luego:
– Entiendo.
Lo observó mientras dejaba el paquete en la mesa, se levantaba y se acercaba hasta donde estaba la vela.
– Está muy oscuro -dijo él, pero había algo forzado en el tono, y Miranda deseó poder verle la cara mientras cogía la vela para encender varias más.
– Me he dormido cuando todavía no había anochecido -le explicó ella, porque… bueno, porque parecía haber un acuerdo tácito entre los dos para mantener la cordialidad, el civismo y todo lo que implicara esquivar la realidad.
– ¿Ah, sí? -respondió él-. En esta época anochece muy temprano. Debías de estar cansada.
– Agota llevar a una persona en la barriga.
Él sonrió. Por fin.
– Ya no será por mucho más tiempo.
– No, pero quiero que este último mes sea lo más tranquilo posible.
Las palabras quedaron flotando en el aire. Las había dicho a propósito y él supo interpretarlas.
– ¿Qué significa eso? -le preguntó, cada palabra en un tono tan suave y preciso que Miranda no pudo ignorar su seriedad.
– Significa… -Tragó saliva nerviosa, deseando estar de pie con los brazos en jarra, o cruzados o cualquier otra cosa en lugar de aquella postura tan vulnerable: tendida en el sofá-. Significa que no puedo seguir como estábamos antes.
– Pensaba que éramos felices -dijo él, con cautela.
– Lo éramos. Lo era. Bueno… pero no lo era.
– Lo eras o no lo eras, minina. Una cosa o la otra.
– Las dos -respondió ella, al tiempo que odiaba el tono definitivo de su voz-. ¿No lo entiendes? -Y, entonces, lo miró-. No, ya veo que no.
– No sé qué quieres que haga -dijo él, pero los dos sabían que mentía.
– Necesito saber en qué situación estoy contigo, Turner.
– ¿En qué situación estás conmigo? -repitió él, incrédulo-. ¿En qué situación estás conmigo? Maldita sea, eres mi mujer. ¿Qué más necesitas saber?
– ¡Necesito saber que me quieres! -exclamó ella, levantándose como pudo. Él no dijo nada. Se quedó allí de pie, con un músculo temblándole en la mejilla, así que ella añadió-: O que no me quieres.
– ¿Qué diablos significa eso?
– Significa que quiero saber qué sientes, Turner. Quiero saber qué sientes por mí. Si no… Si no… -Cerró los ojos y apretó los puños, intentando averiguar lo que quería decir-. No importa si te da igual -dijo, al final-, pero tengo que saberlo.
– ¿De qué diantres estás hablando? -Se pasó la mano por el pelo-. Te digo que te adoro cada minuto del día.
– No me dices que me adoras. Me dices que adoras estar casado conmigo.
– ¿Y cuál es la diferencia? -gritó él.
– Quizá sólo adoras estar casado.
– ¿Después de Leticia? -le espetó él.
– Lo siento -rectificó ella, porque lo sentía. Pero sólo eso. No el resto-. Hay una diferencia -añadió, en voz baja-. Una gran diferencia. Quiero saber si me quieres, no sólo cómo que te hago sentir.
Turner apoyó las manos en el alféizar de la ventana y apretó con fuerza mientras miraba por la ventana. Ella sólo le veía la espalda, pero lo oyó perfectamente cuando dijo:
– No sé de qué estás hablando.
– No quieres saberlo -dijo ella-. Tienes miedo de pensarlo. Estás…
Turner se dio la vuelta y la silenció con una mirada severa como jamás había visto. Ni siquiera aquella primera noche cuando la besó por primera vez, cuando estaba sentado solo en el despacho, emborrachándose después de enterrar a Leticia.
Avanzó hacia ella, con movimientos lentos y furiosos.
– No soy un marido dominante, pero mi benevolencia no incluye que me llames cobarde. Elige tus palabras con más cuidado, esposa.
– Y tú elige tus actitudes con más cuidado -respondió ella, resentida por su tono sarcástico-. No soy una estúpida… -el cuerpo entero le temblaba mientras buscaba las palabras-, muñeca a la que puedas tratar como si no tuviera cerebro.
– Oh, por el amor de Dios, Miranda. ¿Cuándo te he tratado así? ¿Cuándo? Dímelo porque siento mucha curiosidad.
Miranda titubeó porque no podía responder a su desafío. Al final, dijo:
– No me gusta que me hablen en tono altanero, Turner.
– Entonces, no me provoques. -Su tono se acercó peligrosamente al altanero.
– ¿Que no te provoque? -respondió ella con incredulidad, avanzando hacia él-. ¡No me provoques tú!
– No he hecho nada, Miranda. Primero somos increíblemente felices y, al cabo de un segundo, te abalanzas sobre mí hecha una furia, me acusas de Dios sabe qué terrible crimen y…
Se calló cuando notó que los dedos de Miranda se aferraban a sus antebrazos.
– ¿Creías que éramos increíblemente felices? -susurró.
Por un momento, cuando la miró, era casi como si estuviera sorprendido.