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Los Diarios Secretos De Miranda

Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:

A los diez años Miranda Cheever no muestra signo alguno de convertirse en una gran belleza. Y ni siquiera a esa temprana edad Miranda ha aprendido a aceptar las expectativas que la sociedad tiene depositadas en ella… hasta la tarde en que Nigel Bevelstoke, el guapo y elegante vizconde Turner, besa solemnemente su mano y le promete que un día madurará y se convertirá en una mujer tan hermosa como inteligente.
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
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Bostezó. Estaba agotado y se le cerraban los párpados, pero no podía dormirse. Necesitaba estar con ella. Necesitaba verla, oírla respirar, simplemente ver cómo la luz de las velas bailaba en su cara.

– Está demasiado oscuro -murmuró, mientras se levantaba-. Esto parece una maldita morgue. -Revolvió la habitación y abrió armarios y cajones hasta que encontró unas cuantas velas más. Enseguida las encendió y las colocó en los candelabros, pero seguía estando demasiado oscuro. Se fue hacia la puerta, la abrió y gritó-: ¡Brearley! ¡Madre! ¡Olivia!

Inmediatamente, aparecieron ocho personas, todas temiéndose lo peor.

– Necesito más velas -dijo Turner, mientras su voz delataba su miedo y agotamiento. Varias doncellas desaparecieron corriendo a buscar velas.

– Pero si ya está muy iluminado -dijo Olivia, que asomó la cabeza a la habitación. Cuando vio a Miranda, su mejor amiga desde la infancia, tendida inmóvil se le encogió el corazón-. ¿Se pondrá bien?

– Se pondrá perfecta -le espetó Turner-. Siempre que iluminemos más la habitación.

Olivia se aclaró la garganta.

– Me gustaría entrar y decirle algo.

– ¡No se va a morir! -explotó Turner-. ¿Me entiendes? No se va a morir. No tienes por qué hablar de esa forma. No tienes que despedirte de ella.

– Pero, si lo hiciera -insistió Olivia, derramando varias lágrimas-, me sentiría…

Turner perdió el control y pegó a su hermana contra la pared.

– No se va a morir -dijo, en voz baja y letal-. Y te agradecería que dejaras de comportarte como si fuera a hacerlo.

Olivia asintió muy deprisa.

De repente, Turner la soltó y se miró las manos como si fueran objetos ajenos.

– Dios mío -dijo, agotado-. ¿Qué me está pasando?

– Tranquilo, Turner -dijo Olivia, con delicadeza, mientras le acariciaba el hombro-. Tienes todo el derecho del mundo a estar alterado.

– No es verdad. No cuando Miranda necesita que sea fuerte por ella. -Volvió a la habitación y se sentó junto a su mujer-. Yo no importo ahora. -Balbuceó, tragando saliva de forma compulsiva-. Ahora sólo importa Miranda.

Una doncella con los ojos llorosos entró en la habitación con varias velas.

– Enciéndelas todas -ordenó Turner-. Quiero que en la habitación parezca de día. ¿Me entiendes? Que parezca de día. -Se volvió hacia Miranda y le acarició la ceja-. Siempre le gustaron los días claros. -Se dio cuenta, horrorizado, de lo que había dicho y miró a su hermana con el terror reflejado en la cara-. Quiero decir… que le gustan los días claros.

Olivia, incapaz de seguir viendo a su hermano en aquel estado tan afectado, asintió y se marchó.

Unas horas después, lady Rudland entró en la habitación con un pequeño bulto en los brazos envuelto en una toalla rosa.

– Te he traído a tu hija -dijo, con cariño.

Turner levantó la mirada, sorprendido al darse cuenta de que se había olvidado por completo de la existencia de aquella personita. La miró con incredulidad.

– Es muy pequeña.

Su madre sonrió.

– Los bebés suelen salir así.

– Lo sé, pero… mírala. -Le acercó el dedo índice a su mano. Unos diminutos dedos se aferraron al dedo con una sorprendente firmeza. Turner miró a su madre, con el asombro reflejado en la cara ante aquella nueva vida-. ¿Puedo cogerla?

– Claro -lady Rudland dejó el bulto en sus brazos-. Es tuya.

– Es verdad. -Miró aquella cara sonrosada y le acarició la nariz-. ¿Cómo estás? Bienvenida al mundo, minina.

– ¿Minina? -repitió lady Rudland con tono jocoso-. Un apodo curioso.

Turner meneó la cabeza.

– No, no es curioso. Es absolutamente perfecto. -Levantó la cabeza hacia su madre-. ¿Cuánto tiempo será así de pequeña?

– No lo sé. Pero varias semanas, seguro. -Se acercó a la ventana y abrió un poco las cortinas-. Está amaneciendo. Olivia me ha dicho que querías un poco de luz en la habitación.

Turner asintió, incapaz de apartar los ojos de su hija.

Ella terminó de abrir las cortinas y se volvió hacia él.

– Turner, tiene los ojos marrones.

– ¿Ah, sí? -Miró a su hija. Tenía los ojos cerrados-. Sabía que los tendría marrones.

– Bueno, seguro que no querría decepcionar a su papá en su primer día de vida, ¿no crees?

– O a su mamá. -Turner miró a Miranda, que todavía estaba muy pálida, y abrazó con más fuerza a la nueva vida.

Lady Rudland se fijó en los ojos azules de su hijo, igual que los suyos, y dijo:

– Me atrevería a decir que Miranda esperaba que los tuviera azules.

Turner tragó saliva, incómodo. Miranda hacía tiempo que lo quería mucho y muy bien, y él la había rechazado. Y ahora podía perderla y ella nunca sabría que él se había dado cuenta de lo estúpido que había sido. Nunca sabría que la quería.

– Apostaría que sí -dijo, con la voz ahogada-. Pero tendrá que esperarse al próximo.

Lady Rudland se mordió el labio inferior.

– Claro, cariño -dijo, para consolarlo-. ¿Has pensado en algún nombre?

Él la miró, sorprendido, puesto que ni siquiera se le había ocurrido pensar en un nombre.

– Yo… No. Me he olvidado -admitió.

– Olivia y yo hemos pensado algunos muy bonitos. ¿Qué te parece Julianna? O Claire. Sugerí Fiona, pero a Olivia no le gusta.

– Miranda nunca permitiría que su hija se llamara Fiona -dijo él, enseguida-. Siempre odió a Fiona Bennet.

– ¿Esa chica que vive cerca de Haverbreaks? No lo sabía.

– Es inútil, madre. No pienso ponerle un nombre sin consultarlo con Miranda.

Lady Rudland tragó saliva.

– Por supuesto, querido. Es que… Te dejaré solo. Te daré un tiempo para que estés con tu familia.

Turner miró a su mujer y luego a su hija.

– Ésta es tu mamá -susurró-. Está muy cansada. Le ha costado mucho sacarte. Aunque no entiendo por qué. No eres demasiado grande. -Para demostrar su argumento, le acarició uno de los pequeños dedos-. Me parece que todavía no te ha visto. Sé que le gustaría. Te cogería en brazos, te abrazaría y te besaría. ¿Y sabes por qué? -Se secó una lágrima-. Porque te quiere mucho. Creo que incluso te quiere más que a mí. Y me parece que debe de quererme un poco porque no siempre me he comportado como debería.

Miró a Miranda para comprobar que no se había despertado antes de añadir:

– Los hombres podemos ser muy estúpidos. Somos tontos, burros y casi nunca abrimos los ojos lo suficiente para darnos cuenta de lo que tenemos ante las narices. Pero te veo -dijo, sonriendo a su hija-, y veo a tu madre, y espero que su corazón sea lo suficientemente grande como para perdonarme una última vez. Aunque creo que es enorme. Tu mamá tiene un corazón enorme.

El bebé gorjeó, lo que provocó que Turner sonriera encantado.

– Ya veo que estás de acuerdo conmigo. Eres muy lista para tener sólo un día de vida. Aunque no sé de qué me sorprendo. Tu mamá también es muy lista.

El bebé hizo gorgoritos.

– Me halagas, minina. Pero, de momento, dejaré que creas que yo también soy listo. -Miró a Miranda y susurró-: Sólo nosotros dos sabremos lo estúpido que he sido.

El bebé hizo otro ruido típico de los bebés, aunque Turner empezaba a creer que su hija era el bebé más inteligente de las islas británicas.

– ¿Quieres conocer a tu madre, minina? Venga, que os presentaré. -Sus movimientos eran extraños, porque nunca antes había sujetado a un bebé, pero, al final, consiguió colocar a la niña en el hueco del brazo de Miranda-. Ya está. Ahí se está calentito, ¿verdad? Me gustaría estar en tu lugar. Tu mamá tiene una piel muy suave. -Alargó la mano y le acarició la mejilla a su hija-. Aunque no tanto como la tuya. Pequeña, eres increíblemente perfecta.

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