Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
– ¿Qué…? Oh, Dios, Miranda -gimió Turner.
Ella deslizó los labios más abajo.
– ¡Oh, Dios! ¡Miranda!
7 de mayo de 1820
Soy una descarada.
Pero mi marido no se queja.
Capítulo 18
Al día siguiente, Turner plantó un delicado beso en la frente de su esposa.
– ¿Seguro que estarás bien sin mí?
Miranda tragó saliva y asintió, mientras contenía las lágrimas que había jurado que no derramaría. El cielo todavía estaba oscuro, pero Turner había decidido marcharse pronto a Londres. Ella estaba sentada en la cama, con las manos apoyadas en la barriga mientras lo miraba vestirse.
– Tu ayuda de cámara se enfurecerá -dijo ella, intentando tomarle el pelo-. Sabes que piensa que no sabes vestirte solo.
Vestido únicamente con los pantalones, Turner se acercó a ella y se sentó en el borde de la cama.
– ¿Estás segura de que no te importa que me vaya?
– Claro que me importa. Preferiría tenerte aquí. -Dibujó una sonrisa insegura-. Pero estaré bien. Y seguramente haré muchas más cosas sin ti aquí distrayéndome.
– ¿Ah, sí? ¿Tanto te distraigo?
– Mucho, aunque… -Sonrió, tímida-. Últimamente no puedo «distraerme» demasiado.
– Mmm. Triste, pero cierto. Por desgracia, yo estoy distraído todo el tiempo. -Le tomó la barbilla entre los dedos y le dio un beso tierno y apasionado-. Cada vez que te veo -murmuró.
– ¿Cada vez? -preguntó ella, recelosa.
Él asintió con solemnidad.
– Pero si parezco una vaca.
– Mmm-hmm. -No separó los labios de ella-. Pero una vaca muy atractiva.
– ¡Serás malo! -Ella se separó y le dio un puñetazo en el hombro.
Él sonrió como un niño travieso.
– Por lo visto, este viaje a Londres será beneficioso para mi salud. O, al menos, para mi cuerpo. Suerte que no me salen moretones con facilidad.
Ella hizo pucheros y le sacó la lengua.
Él chasqueó la lengua antes de levantarse y cruzar la habitación.
– Veo que la maternidad no conlleva madurez.
La almohada de Miranda voló por los aires.
Turner volvió a su lado en un instante y se tendió junto a ella, pegado a su cuerpo.
– Quizá debería quedarme, aunque sólo sea para controlarte.
– Quizá sí que deberías.
Turner le dio un beso, esta vez sin esconder la pasión y la emoción.
– ¿Te he dicho -murmuró mientras sus labios exploraban las llanuras de su rostro-, lo mucho que adoro estar casado contigo?
– Ho-Hoy no.
– Todavía es pronto. Seguro que me disculpas por el lapsus. -Le tomó el lóbulo de la oreja entre los dientes-. Estoy seguro de que ayer te lo dije.
Y el día anterior, se dijo Miranda con amargura. Y el otro también, pero nunca le había dicho que la quería. ¿Por qué siempre era «Me encanta estar contigo» y «Me gusta hacer cosas contigo» y nunca «Te quiero»? De hecho, ni siquiera se atrevía a decir «Te adoro». Obviamente, «Adoro estar casado contigo» era mucho más seguro.
Turner reconoció la melancolía en su mirada.
– ¿Pasa algo, minina?
– No, no -mintió ella-. Nada. Es que… Te echaré de menos, eso es todo.
– Yo también te echaré de menos. -Le dio un último beso y se levantó para ponerse la camisa.
Miranda lo observó mientras iba de un lado a otro de la habitación, recogiendo sus cosas. Debajo de la colcha, tenía los puños cerrados retorciendo la sábana. Turner no iba a decir nada a menos que ella lo dijera antes. ¿Por qué iba a hacerlo? Estaba perfectamente contento con el estado actual de las cosas. Ella tendría que forzar el asunto, pero tenía tanto miedo… tanto miedo de que no la abrazara y le dijera que tenía tantas ganas de que le volviera a decir que lo quería. Pero, sobre todo, temía que él tragara saliva, incómodo, y dijera algo que empezara por: «Ya sabes lo mucho que me gustas, Miranda…»
La idea era tan aterradora que se estremeció y suspiró temerosa.
– ¿Seguro que estás bien? -le preguntó Turner, preocupado.
Sería tan fácil mentirle. Unas palabras y se quedaría a su lado, abrazándola por la noche y besándola con tanta ternura que casi podía engañarse y creer que la quería. Pero si había algo que querían establecer entre ellos era la verdad, así que asintió.
– Estoy bien, Turner. Me he estremecido porque me he despertado muy temprano. Creo que todavía tengo el cuerpo dormido.
– Es que deberías estar durmiendo. No quiero que hagas ningún esfuerzo mientras no esté. Darás a luz en menos de dos meses.
Ella sonrió con ironía.
– Dudo que pueda olvidarlo, te lo aseguro.
– Perfecto. Al fin y al cabo, ahí dentro está mi hijo. -Turner se puso el abrigo y se inclinó para darle un beso de despedida.
– También es mi hijo.
– Mmm, ya lo sé. -Se irguió, listo para marcharse-. Por eso ya quiero tanto a nuestra hija.
– ¡Turner!
Él se volvió. La voz de Miranda había sonado extraña, casi temerosa.
– ¿Qué pasa, Miranda?
– Sólo quería decirte… Bueno, que quería que supieras…
– ¿Qué, Miranda?
– Sólo quería que supieras que te quiero. -Las palabras le salieron de la boca casi a trompicones, como si tuviera miedo de que, si iba más despacio, se echaría atrás.
Turner se quedó inmóvil y tuvo la sensación de que su cuerpo no era suyo. Lo había estado esperando, ¿no? ¿Y no era algo bueno? ¿No quería su amor?
La miró a los ojos y podía oír lo que Miranda estaba pensando… «No me rompas el corazón, Turner. Por favor, no me rompas el corazón.»
Turner abrió la boca. Durante los últimos meses, se había dicho que quería que Miranda volviera a decírselo, pero ahora que lo había hecho, notaba como un nudo alrededor de la garganta. No podía respirar. No podía pensar. Y estaba claro que no podía ver con claridad, porque lo único que veía eran esos enormes ojos marrones que lo estaban mirando desesperados.
– Miranda, yo… -Se atragantó con sus propias palabras. ¿Por qué no podía decirlo? ¿Acaso no lo sentía? ¿Por qué era tan difícil?
– Turner, no -dijo ella, con la voz temblorosa-. No digas nada. Olvídalo.
Turner tenía un nudo en la garganta, pero consiguió decir:
– Sabes lo mucho que te aprecio.
– Pásatelo bien en Londres.
La voz de Miranda fue devastadoramente inexpresiva, y Turner sabía que no podía dejarla así.
– Miranda, por favor.
– ¡No me hables! -gritó ella-. ¡No quiero oír tus excusas, ni tus tópicos! ¡No quiero oír nada!
«Excepto “Te quiero”»
Aquellas palabras implícitas quedaron en el aire, flotando entre ellos. Turner notaba que Miranda se alejaba cada vez más de él y se sentía impotente a la hora de detener el abismo que se estaba abriendo entre ellos. Sabía lo que tenía que hacer, y no debería ser tan difícil. Sólo eran dos palabras, por el amor de Dios. Y quería decirlas. Y, aunque sabía que estaba al borde del precipicio, no se atrevía a dar ese paso adelante.
No era racional. No tenía sentido. No sabía si tenía miedo de quererla o de que ella lo quisiera. De hecho, no sabía ni si estaba asustado. Quizá sólo estaba muerto por dentro; quizá su corazón había quedado demasiado destrozado después de su primer matrimonio y no podía comportarse de forma lógica y normal.
– Cariño -empezó a decir, mientras intentaba pensar en algo que la pudiera volver a hacer feliz. O, si era imposible, al menos disipar un poco la devastación de su mirada.
– No me llames así -dijo, en voz tan baja que Turner casi no la oyó-. Llámame por mi nombre.
Turner quería gritar. Quería chillar. Quería sacudirla por los hombros y hacerle entender que él no lo entendía. Sin embargo, como no sabía hacer nada de eso, se limitó a asentir y dijo:
– Te veré dentro de unas semanas.