Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
– Oh. Duele. Duele.
– Empuje. Ya le veo la cabeza.
– ¿Sí? -Miranda intentó levantar la cabeza.
– Shhh, no estires el cuello -dijo lady Rudland-. No verás nada, confía en mí.
– Siga empujando -dijo el doctor.
– Lo intento. Lo intento. -Miranda apretó los dientes e hizo un último esfuerzo-. ¿Es…? ¿Puede…? -Tomó varias bocanadas de aire-. ¿Qué es?
– Todavía no lo sé -respondió el doctor-. Espere. Aguante un segundo… Ya está. -Cuando salió la cabeza, el resto del cuerpo resbaló con facilidad-. Es una niña.
– ¿Una niña? -preguntó Miranda. Suspiró agotada-. Claro. Turner siempre se sale con la suya.
Lady Rudland abrió la puerta y se asomó mientras el doctor se encargaba del bebé.
– ¿Turner?
Él levantó la cabeza, con la cara ojerosa.
– Ya está, Turner. Es una niña. Tienes una hija.
– ¿Una niña? -repitió Turner. La larga espera en el pasillo lo había agotado y después de casi un día entero de oír los gritos de dolor de su mujer, no podía creerse que hubiera terminado y que fuera padre.
– Es preciosa -dijo su madre-. Perfecta.
– Una niña -repitió, meneando la cabeza con incredulidad. Se volvió hacia su hermana, que había permanecido a su lado toda la noche-. Una niña. Olivia, ¡tengo una hija! -Y entonces, para sorpresa de ambos, la abrazó.
– Lo sé, lo sé -incluso a Olivia le costó reprimir las lágrimas.
Turner la apretó por última vez y se volvió hacia su madre.
– ¿De qué color tiene los ojos? ¿Son marrones?
Lady Rudland sonrió.
– No lo sé, cariño. No me he fijado. Sin embargo, el color de los ojos de los bebés suele cambiar cuando son pequeños. No lo sabremos con seguridad hasta dentro de un tiempo.
– Serán marrones -respondió él, con firmeza.
Olivia abrió los ojos como platos cuando lo supo.
– La quieres.
– ¿Eh? ¿Qué has dicho, enana?
– La quieres. Quieres a Miranda.
Era curioso, pero el nudo que le aparecía en la garganta ante esa palabra había desaparecido.
– La… -Se detuvo, con la boca abierta por la repentina sorpresa.
– La quieres -repitió Olivia.
– Creo que sí -dijo él, pensativo-. La quiero. Quiero a Miranda.
– Ya iba siendo hora de que te dieras cuenta -dijo su madre, con descaro.
Turner se dejó caer en la silla, sorprendido de lo fácil que parecía todo ahora. ¿Por qué había tardado tanto tiempo en darse cuenta? Debería haberlo visto claro como el agua. Quería a Miranda. Le gustaba todo de ella, desde las delicadas cejas arqueadas hasta sus comentarios sarcásticos y cómo ladeaba la cabeza cuando tenía curiosidad por algo. Le gustaba su ingenio, su calidez y su lealtad. Incluso le gustaba que sus ojos estuvieran ligeramente juntos. Y ahora le había dado una hija. Había estado en aquella cama, sufriendo, durante horas, y todo para darle una hija. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
– Quiero verla. -Lo dijo tan deprisa que casi se ahoga con las palabras.
– El doctor tendrá a la niña lista enseguida -dijo su madre.
– No. Quiero ver a Miranda.
– Ah, bueno, no creo que haya ningún problema. Espera un momento. ¿Doctor Winters?
Oyeron un improperio susurrado y, enseguida el doctor dejó a la niña en los brazos de su abuela.
Turner abrió la puerta.
– ¿Qué pasa?
– Está perdiendo demasiada sangre -dijo el doctor, muy serio.
Turner miró a su mujer y casi se cae al suelo. Había sangre por todas partes; parecía que brotaba de ella, y estaba muy pálida.
– Oh, Dios -dijo, con la voz ahogada-. Oh, Miranda.
«Te he tenido hoy. Todavía no sé cómo te llamas. Ni siquiera me han dejado tenerte en brazos. Había pensado llamarte como mi madre. Era una mujer encantadora y siempre me abrazaba muy fuerte antes de acostarme. Se llamaba Caroline. Espero que a Turner le guste. No llegamos a hablar de nombres.
¿Estoy dormida? Oigo a todos a mi alrededor, pero parece que no puedo decirles nada. Intento recordar estas palabras para escribirlas después.
Creo que estoy dormida.»
Capítulo 20
El doctor consiguió frenar la hemorragia, pero, mientras se lavaba las manos, agitaba la cabeza.
– Ha perdido mucha sangre -dijo, muy serio-. Estará muy débil.
– Pero ¿sobrevivirá? -preguntó Turner, ansioso.
El doctor Winters se encogió de hombros.
– Sólo queda esperar.
Como no le gustó la respuesta, Turner empujó al doctor y se sentó junto a la cama de su mujer. Le tomó la flácida mano y la agarró con fuerza.
– Sobrevivirá -dijo, decidido-. Tiene que sobrevivir.
Lady Rudland se aclaró la garganta.
– Doctor Winters, ¿tiene alguna idea de qué ha provocado la hemorragia?
– Ha podido ser un desgarro en el útero. Seguramente, en el momento en que la placenta se ha soltado.
– ¿Y es algo habitual?
El doctor asintió.
– Me temo que tengo que irme. Hay otra mujer en esta zona que está a punto de parir y, si quiero atenderla en condiciones, tengo que descansar un poco.
– Pero Miranda… -Dejó la frase en el aire cuando miró a su nuera con miedo y desesperación.
– Ya no puedo hacer nada más por ella. Sólo podemos esperar y rezar para que su cuerpo cierre el desgarro y que no vuelva a sangrar.
– ¿Y si vuelve a sangrar? -preguntó Turner, directamente.
– Si sangra, intenten detenerlo con paños limpios, como he hecho yo. Y me mandan llamar.
– Y si lo mandamos llamar, ¿hay alguna remota posibilidad de que llegue a tiempo? -preguntó Turner, resentido, cuando el dolor y el miedo pudieron más que la educación.
El doctor prefirió no responder. Se despidió con un gesto de cabeza.
– Lady Rudland. Lord Turner.
Cuando la puerta se cerró, lady Rudland cruzó la habitación para colocarse junto a su hijo.
– Turner -dijo, con suavidad-. Deberías descansar un poco. Has estado despierto toda la noche.
– Tú también.
– Sí, pero yo… -No terminó la frase. Si su marido se estuviera muriendo, querría estar con él. Le dio un beso en la cabeza-. Te dejaré a solas con ella.
Turner se volvió y la miró con un brillo peligroso en los ojos.
– ¡Maldita sea, madre! No estoy aquí para despedirme. No tienes que hablar como si se estuviera muriendo.
– Por supuesto que no. -Pero sus ojos, llenos de pena y dolor, decían otra cosa. Salió de la habitación en silencio.
Turner miró la cara pálida de Miranda y notó cómo un músculo de la garganta temblaba con espasmos.
– Debería haberte dicho que te quería -dijo, con la voz ronca-. Debería habértelo dicho. Es lo único que querías oír, ¿verdad? Pero he sido demasiado estúpido para darme cuenta. Creo que siempre te he querido, cariño. Siempre. Desde aquel día en el carruaje cuando por fin me dijiste que me querías. Me…
Se interrumpió, porque le pareció ver algún movimiento en su cara, pero sólo era su sombra que iba hacia adelante y hacia atrás.
– Me quedé muy sorprendido -dijo, cuando recuperó la voz-. Sorprendido de que alguien me quisiera y no quisiera controlarme. Sorprendido de que me quisieras y no quisieras cambiarme. Y yo… Yo creía que ya no podía querer. ¡Pero me equivoqué! -Cerró los puños y tuvo que contenerse para no agarrarla por los hombros y sacudirla-. Me equivoqué y no fue culpa tuya, maldita sea. No fue culpa tuya, minina. Fue culpa mía. O quizá de Leticia, pero en ningún caso tuya.
Le tomó la mano y se la acercó a los labios.
– Nunca fue culpa tuya, minina -dijo, con cariño-. Así que vuelve conmigo. Por favor. Te prometo que me estás asustando. No quieres asustarme, ¿verdad? Te juro que no es agradable.
No obtuvo respuesta. Deseó que tosiera, o que se moviera, o cualquier cosa. Pero estaba allí tendida tan quieta, tan inmóvil que, en un momento dado, el terror se apoderó de Turner y le giró la mano para buscarle el pulso en la muñeca. Suspiró aliviado. Estaba allí. Débil, pero estaba.