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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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Cerca de la puerta Verna envió su han a una lámpara y así, iluminados, recorrieron los pasillos pintados con sencillez hacia el lugar en el que, según Warren, Simona permanecía confinada. Los ronquidos, estornudos y toses proferidos por los escasos ocupantes de las habitaciones resonaban en los corredores en penumbra.

Al llegar al final del pasillo que alojaba a los débiles y ancianos tuvieron que atravesar tres endebles puertas reforzadas con poderosos escudos mágicos de diferente composición. Eran escudos que cualquier poseedor del don, por enajenado que estuviera, podría romper. Pero la cuarta puerta era de hierro y estaba asegurada con un sólido cerrojo, así como por un intrincado escudo preparado para desviar cualquier intento de abrir la puerta desde el otro lado con la ayuda de la magia; cuanta más fuerza se aplicara, más resistía el cerrojo. El escudo había sido colocado ahí por tres Hermanas, lo cual imposibilitaba que una sola Hermana lo rompiera desde el otro lado.

Su aparición alertó a los dos guardianes. Aunque inclinaron la cabeza no se apartaron de la puerta. Warren los saludó cortésmente y con un displicente ademán les indicó que corrieran el cerrojo.

— Lo siento, hijo. No puede entrar nadie.

Verna apartó a Warren a un lado con encendida mirada dirigida al guardia.

— ¿Es eso cierto, «hijo»? —El guardián asintió sin vacilar—. ¿Por orden de quién?

— De mi comandante, Hermana. No sé de quién recibió él las órdenes, pero supongo que fue de una Hermana de la más alta autoridad.

Verna, con cara de pocos amigos, le puso el anillo en forma de sol a dos palmos de sus narices.

— ¿Más autoridad que ésta?

— No, Prelada, claro que no. —Al soldado se le salían los ojos de las órbitas—. Perdonadme, no os había reconocido.

— ¿Cuántas personas hay dentro?

El ruido del cerrojo al ser descorrido resonó por el pasillo.

— Sólo una Hermana, Prelada.

— ¿La atiende alguna otra Hermana?

— Ahora no. Se han ido a dormir.

Cuando hubieron entrado y los guardias no podían oírlos, Warren soltó una risita.

— Me parece que por fin has encontrado alguna utilidad a ese anillo.

Verna, desconcertada, se detuvo.

— ¿Warren, cómo crees tú que el anillo llegó hasta el pedestal después del funeral?

La sonrisa del joven empezaba a marchitarse.

— Bueno, veamos… —A medida que hablaba la sonrisa se desvaneció—. Pues no lo sé. ¿Qué crees tú?

— Lo rodeaba un escudo de luz. No muchas personas son capaces de tejer ese tipo de red. Si, como dices, la prelada Annalina no confiaba en nadie más que en mí, ¿de quién se fió para colocar el anillo allí y tejer la red alrededor?

— No tengo ni idea. ¿No pudo ser ella misma? —Warren se arregló la túnica húmeda.

— ¿Desde su pira funeraria?

— No, quería decir que podría haberla tejido y encargar a alguien que la colocara allí. Ya sabes, como hechizar una ramita para que cualquiera pueda encender una lámpara con ella. He visto a las Hermanas hacer eso para que los criados prendan las lámparas sin tener que llevar una vela que gotee cera caliente en sus dedos y en el suelo.

Verna alzó la lámpara para mirarlo a los ojos.

— Warren, es una idea luminosa.

El joven sonrió pero enseguida se puso serio para añadir:

— La pregunta sigue siendo: ¿quién?

Verna bajó la lámpara.

— Tal vez alguna criada de confianza. Alguien sin el don para no arriesgarse a que fuese… —Echó un rápido vistazo hacia atrás; el corredor se veía vacío—. Ya sabes a qué me refiero. —Warren asintió—. Tendré que pensar en ello.

Por debajo de la puerta de la habitación que ocupaba la hermana Simona se escapaban destellos luminosos; silenciosos centelleos que se colaban por el espacio que quedaba entre la puerta y el suelo. Cada vez que uno de ellos alcanzaba el escudo, éste brillaba y disipaba el poder con fuerzas mágicas opuestas. La Hermana estaba tratando de romper el escudo.

En su estado, era de esperar que lo intentara. La pregunta era: ¿por qué no le funcionaba? El escudo que guardaba la puerta era un escudo tan sencillo como el que solía usarse para mantener encerrados a los jóvenes magos que se mostraban díscolos.

Verna se abrió a su han y atravesó el escudo seguida por Warren. Llamó a la puerta. Los destellos de luz que se colaban por debajo de la puerta murieron de repente.

— ¿Simona? Soy Verna Sauventreen. Me recuerdas, ¿verdad, querida? ¿Puedo entrar?

En vista de que no recibía respuesta, accionó el pomo y abrió la puerta. Mantenía ante ella la lámpara extendida, tratando de disipar la oscuridad con aquella trémula luz amarillenta. La habitación estaba vacía excepto por una bandeja con una jarra, pan y fruta, un camastro, un orinal y una mugrienta mujer encogida en un rincón.

— ¡Déjame tranquila, demonio! —chilló.

— Simona, no pasa nada. Sólo soy yo, Verna, y un amigo, Warren. No te asustes.

Simona parpadeó al fijar los ojos en la luz, como si contemplara el sol que acabara de salir. Verna apartó la lámpara para no cegarla.

— Verna, ¿eres tú?

— Sí.

Simona se besó el dedo anular una docena de veces, dando gracias y derramando bendiciones sobre el Creador. Avanzó por el suelo a cuatro patas hasta alcanzar el dobladillo del vestido de Verna y besarlo una y otra vez.

— Oh, gracias por venir. ¡Deprisa! —exclamó poniéndose en pie—. ¡Tenemos que escapar!

Verna agarró a la menuda mujer por los hombros y la obligó a sentarse en el camastro. Para calmarla le acarició sus grises cabellos.

De repente, se quedó petrificada.

Simona llevaba un collar al cuello. Por eso no podía romper el escudo. Verna nunca había visto a una Hermana con un rada’han; había visto centenares de muchachos y jóvenes llevar uno, pero nunca una Hermana. Notó que se le revolvía el estómago. Sabía que en un remoto pasado se ponía el rada’han a Hermanas que perdían la cordura. El hecho de que alguien bendecido con el don se volviera loco era tan peligroso como dejar un león suelto en medio de un mercado. Era preciso controlarlo. No obstante…

— Simona, estás a salvo. Estás en palacio, bajo la permanente protección del Creador. Nada puede ocurrirte.

Simona estalló en llanto.

— Tengo que huir. Por favor, déjame ir. Tengo que huir.

— ¿Por qué tienes que huir, querida?

— Él se acerca —respondió Simona, enjugándose las lágrimas de su sucio rostro.

— ¿Quién se acerca?

— El de mis sueños. El Caminante de los Sueños.

— ¿Quién es ese Caminante de los Sueños?

— El Custodio —contestó la desquiciada Hermana, encogiéndose.

Verna se quedó unos instantes en silencio antes de insistir:

— ¿El Caminante de los Sueños es el Custodio?

Simona asintió con tanto ímpetu que la prelada Verna temió que se desnucara.

— A veces. Otras veces es el Creador.

— ¿Qué? —intervino Warren, muy interesado.

Simona se estremeció.

— ¿Eres tú? ¿Ya has llegado?

— Soy Warren, Hermana. Un estudiante, eso es todo.

Simona se llevó un dedo a sus cortados labios.

— En ese caso, también tú debes huir. Se acerca y busca a los que poseen el don.

— ¿Te refieres al hombre que se te aparece en sueños? —preguntó Verna. Simona asintió—. ¿Qué te hace en tus sueños?

— Me atormenta. Me hace daño. Él… —La Hermana se besó el anular frenéticamente mientras invocaba la protección del Creador—. Me exige que renuncie a mi juramento. Me exige que haga cosas. Es un demonio. A veces finge ser el Creador para engañarme pero yo sé que es él. Lo sé. Es un demonio.

Verna abrazó a la asustada mujer.

— No es más que una pesadilla, Simona. No es real. Intenta comprenderlo.

Simona negó con ímpetu.

— ¡No! Es un sueño pero es real. ¡Se acerca! ¡Tenemos que huir!

— ¿Por qué razón crees eso? —le preguntó Verna con una compasiva sonrisa.

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