La gardenia blanca de Shanghái
- Автор: Belinda Alexandra
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:
Irina y yo nos asomamos a la ventanilla, con la esperanza de ver algo de nuestra nueva ciudad. Pero Sídney estaba envuelta en la oscuridad. El sol todavía no había salido, y había restricciones eléctricas debido a la escasez de después de la guerra. Lo único que pudimos ver fueron hileras de casas idénticas con terraza, pegadas unas a otras, y tiendas de ultramarinos con las persianas echadas. En una de las calles, un perro con una mancha negra sobre el ojo golpeaba las patas contra una valla. ¿Callejero o doméstico? Era imposible decirlo a simple vista. Pero parecía mejor alimentado que nosotras.
– Ésta es la ciudad propiamente dicha -nos dijo el taxista cuando entramos en una calle con tiendas a ambos lados. Irina y yo contemplamos los maniquíes de los escaparates de los grandes almacenes. Mientras que Shanghái ya bullía de vida a esas horas de la mañana, Sídney estaba silenciosa y vacía. No había barrenderos, policías o prostitutas a la vista. Ni siquiera ningún borracho extraviado tambaleándose de vuelta a casa. El ayuntamiento y su torre del reloj podrían haber sido trasladados directamente desde el París del Segundo Imperio, y la plaza entre el ayuntamiento y la iglesia junto a él creaba una amplitud que no existía en las ciudades chinas. Shanghái no habría sido ella misma sin la congestión y el caos.
El extremo final de la calle estaba bordeado por edificios de estilo clásico y Victoriano y por uno que parecía de inspiración italiana, sobre cuya entrada podían leerse las siglas GPO. [2] Más adelante, se adivinaba el comienzo del puerto. Estiré el cuello para ver el enorme puente de metal que se prolongaba sobre la oscura masa de agua. Daba la impresión de ser la estructura más alta de toda la ciudad. Los faros delanteros de una docena de automóviles que pasaban sobre él parpadearon, haciéndonos un guiño, como si fueran estrellas.
– ¿Éste es el puente del puerto? -le pregunté al conductor.
– Claro que lo es -contestó-. El único e inigualable. Mi padre trabajó de pintor en su construcción.
Pasamos bajo el puente y pronto nos encontramos en una avenida bordeada por naves de almacenes. El taxista se detuvo frente a una señal que indicaba «Muelle dos». A pesar de que el señor Kolros ya le había pagado el trayecto al conductor, pensé que quizás querría una propina. Mientras él sacaba nuestro equipaje del maletero, busqué en mi monedero el único dólar estadounidense que me quedaba. Traté de entregárselo, pero se negó, sacudiendo la cabeza.
– Seguramente, lo necesitaréis más que yo -me dijo.
«Australiano tenía que ser -pensé-, por ahora, todo va bien.»
Irina y yo vacilamos ante la barrera automática de la entrada. Un viento frío soplaba desde el agua, trayendo consigo el olor salobre y de alquitrán. La brisa penetró a través de nuestros finos vestidos de algodón. Era noviembre, y habíamos supuesto que en Australia haría calor. El barco de la OIR proveniente de Marsella estaba atracado en el puerto. Cientos de inmigrantes alemanes, checoslovacos, polacos, yugoslavos y húngaros atestaban las pasarelas del barco. La escena me recordó al arca de Noé, por la variedad de acentos y aspectos. Los hombres andaban con dificultad bajo el peso añadido de engorrosos baúles de madera. Las mujeres les seguían, cargadas de bultos con ropa de cama y con pucheros bajo los brazos. Los niños corrían entre sus piernas, hablándose a gritos en sus idiomas maternos, emocionados por ver el que sería su nuevo país.
Le preguntamos al guardia dónde debíamos esperar, y nos señaló un tren estacionado en el muelle. Irina y yo entramos en uno de los vagones, que estaba totalmente vacío. Recorrimos el pasillo, tapándonos la nariz para no inhalar el hedor a pintura fresca, y nos sentamos en el primer compartimento que encontramos. Los asientos estaban forrados de piel endurecida y el ambiente estaba cargado de polvo.
– Creo que es un tren de mercancías -comentó Irina.
– Sí, creo que tienes razón.
Abrí mi maleta y saqué una de las mantas que había traído de Tubabao y se la envolví a Irina alrededor de los hombros.
A través de la mugre de la ventanilla, contemplamos cómo los cargadores del muelle se afanaban desembarcando la mercancía del barco con la ayuda de una grúa. Las gaviotas volaban en círculos sobre ellos, graznando y chillando. Aquellas aves eran lo único que, de momento, me resultaba familiar de la ciudad.
Los pasajeros del barco tuvieron que revolver entre los montones de equipaje para recuperar sus maletas y baúles. Una niñita con un abrigo rosa y leotardos blancos estaba llorando cerca de la pasarela. Había perdido a sus padres en el caos reinante. Vi que uno de los cargadores se acuclilló para hablar con ella, pero la niña sólo negó, sacudiendo su cabecita llena de rizos y lloró con más fuerza. El cargador miró a su alrededor entre la multitud y después cogió a la pequeña y se la colocó sobre los hombros, paseándola con la esperanza de encontrar a sus padres.
Una vez que recuperaban su equipaje, se les indicaba a los pasajeros que se dirigieran a un edificio con un cartel pintado sobre la puerta que rezaba «Confederación de Australia. Departamento de Inmigración». Entonces, me percaté de lo afortunadas que éramos Irina y yo por haber llegado en avión hasta Australia. Aunque el trayecto entre Manila y Darwin fue duro, nuestro viaje había sido rápido y éramos sólo dos. La gente del barco tenía un aspecto demacrado y enfermo. Más de una hora después, comenzaron a emerger del edificio y se aproximaron al tren.
– ¿Van a caber todos? -preguntó Irina.
– Seguramente no -le contesté-. El señor Kolros comentó que haríamos un largo viaje hasta el campamento.
Horrorizadas, vimos como el jefe de estación reunía a los pasajeros como si fueran ganado, y los dirigía hacia las puertas del tren. Codos, brazos y maletas nos taparon la vista a medida que la gente se empujaba para subir. A diferencia de nosotras, los europeos llevaban demasiada ropa para el tiempo que hacía. Parecía que se hubieran puesto dos abrigos y varios vestidos o camisas cada uno, como para ahorrar espacio en la maleta llevando encima todas las prendas que poseían. Un hombre con un traje de raya diplomática apareció en la puerta del compartimento. La piel de su rostro era lisa y tenía un aspecto joven, pero su pelo era de color blanco.
– Czy jest wolne miejsce? -preguntó-. Czy pani rozumie po polsku?
Yo sabía unas cuantas frases básicas en polaco, que se parece un poco al ruso, pero tuve que adivinar que quería sentarse. Asentí con la cabeza y le indiqué por gestos que entrara. Le seguían una mujer y una anciana con dos bufandas atadas a la cabeza.
– Przepraszam -dijo la anciana cuando se sentó a mi lado. Pero yo ya había agotado todo lo que sabía de polaco. Me observó detenidamente. No hablábamos el mismo idioma, pero ambas compartíamos la misma mirada angustiada.
Tres hombres checoslovacos dejaron su equipaje en el pasillo y se quedaron de pie dentro del compartimento. Uno de ellos llevaba en la manga un parche oscuro con forma de estrella. Había oído lo que les había ocurrido a los judíos en Europa, y aquellas historias eran una de las pocas cosas que evitaban que me compadeciera de mi propia situación.
Con tanta gente en el compartimento, el aire pronto se congestionó y, para que se renovara, Irina abrió la ventana, que gimió con un crujido. Las ropas de nuestros compañeros de viaje apestaban a humo de cigarrillo rancio, a sudor y a polvo. Sus rostros estaban demacrados y pálidos, como recuerdo del largo viaje que acababan de realizar. Mi vestido, y también el de Irina, olían a algodón chamuscado, a salitre marino y a combustible de avión. Nuestros cabellos estaban veteados de mechones aclarados por la luz del sol y llevábamos el pelo grasiento. No habíamos podido lavárnoslo durante tres días.
[2] General Post Office. Oficina central de correos de Sídney. (N. de la T.)