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La gardenia blanca de Shanghái

Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:

En la pequeña ciudad china de Harbin, Anya Kozlova, una niña de trece años, vive rodeada del amor de sus padres, unos inmigrantes rusos que huyeron de su país tras la revolución bolchevique. Sin embargo, pocos meses antes del final de la segunda guerra mundial, su padre fallece en un trágico accidente y su madre, Alina, es deportada por las autoridades chinas a un campo de trabajo en Siberia. Sola, desesperada y sin ningún otro familiar al que recurrir, Anya se verá obligada a emigrar primero a Shanghái -una glamurosa ciudad en la que trabajará en la sala de fiestas más famosa del momento- para luego marcharse a la isla filipina de Tubabao, donde se encontrará con otros refugiados rusos, y, desde allí, preparar su posterior partida a la Australia de los años cincuenta, un país aún virgen y salvaje donde, tras muchos esfuerzos, logrará el éxito y reconocimiento personal. Testigo de una época dura, apasionante y decisiva en Europa y en el mundo, recorreremos con Anya continentes, países, paisajes y culturas, la veremos enamorarse, casarse y perderlo todo y asistiremos, también, a su lucha por responder a la única pregunta que da sentido a su vida, ¿qué le ocurrió a su madre?
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Cuando el último grupo de pasajeros se subió al tren, pudimos volver a mirar por la ventana. La luz de la mañana despuntaba a lo largo del cielo, revelando los detalles de arenisca y granito en los edificios, que antes no habíamos sido capaces de percibir en la oscuridad de la noche. Las construcciones modernas y art decó del centro de Sídney no eran tan altas como las de Shanghái, pero el cielo que se expandía sobre ellas era de un color azul prístino. Más allá del casco del barco, el sol emitía rayos dorados que resplandecían sobre el agua, y pude vislumbrar algunas casas de tejado rojo diseminadas por la costa. Me tapé la boca con ambas manos. Aquellos rayos de luz solar eran preciosos. No recordaba haber visto nunca en mi vida nada parecido a aquel puerto. Su color era de la misma tonalidad que los ojos de las sirenas mitológicas.

El jefe de estación ondeó su bandera y tocó el silbato. El tren comenzó la marcha. El olor a carbón era más opresivo que el aire del compartimento, por lo que Irina cerró la ventana. Todos nos agolpamos contra ella para ver la ciudad cuando el tren abandonara el puerto. A través de mi cuadradito, pude ver automóviles de antes de la guerra recorriendo las calles disciplinadamente; no había atascos, fuertes bocinazos o rickshaws, como en Shanghái. El tren pasó por delante de un edificio de apartamentos. Se abrió la puerta del recibidor y salió una mujer que llevaba un vestido blanco, sombrero y guantes. Parecía una modelo en un anuncio de perfume. La imagen de la mujer se fundió con la del puerto en mi mente y, por primera vez, me sentí emocionada por estar en Australia.

Sin embargo, unos minutos más tarde, el tren cruzó por delante de filas de casas de fibrocemento con tejados de latón y jardincillos desarreglados, y la emoción que había sentido se convirtió en desesperación. Esperaba que en Sídney ocurriera lo que en otras ciudades: que sólo los más pobres vivieran junto a las vías del tren. Lo que estábamos viendo a través de la ventanilla nos recordaba que no estábamos en Estados Unidos. Gene Kelly y Frank Sinatra no habrían bailado alegremente en este lugar. Ni siquiera en el centro de la ciudad habíamos visto magnificentes pilares dedicados a los dioses. No había ningún Empire State. Ni ninguna Estatua de la Libertad. Ni ningún Times Square. Solamente una calle de edificios elegantes y un puente.

La mujer polaca más joven rebuscó en su bolso y sacó un paquete envuelto en un paño. El aroma a pan y huevos hervidos se mezcló en el aire con el efluvio humano. Nos ofreció a Irina y a mí un poco de sándwich de huevo a cada una. Yo acepté agradecida mi trozo. Tenía hambre porque no había tomado desayuno. Incluso Irina, que no tenía apetito por la gripe, aceptó su pedazo con una sonrisa.

– Smacznego! -exclamó Irina-. Bon appétit.

– ¿Cuántos idiomas hablas? -le pregunté.

– Ninguno, excepto ruso -me contestó, sonriendo-. Pero sé cantar en alemán y en francés.

Volví a mirar por la ventanilla, para comprobar que el paisaje había vuelto a cambiar. Estábamos pasando junto a granjas con lechugas, zanahorias y matas de tomates plantadas en hileras. Los pájaros revoloteaban sobre los campos. Las casas tenían un aspecto tan solitario como las letrinas exteriores de sus patios. Pasamos por estaciones de tren que podrían perfectamente haber estado abandonadas, de no ser por los cuidados setos llenos de rosas y las señales pintadas con esmero.

– Puede que nos encontremos con Iván en el campamento -comentó Irina.

– Melbourne está al sur -le dije-. Muy lejos de aquí.

– Entonces, tenemos que escribirle pronto. Se sorprenderá cuando sepa que nosotras también estamos en Australia.

El comentario de Irina sobre Iván me evocó el infeliz recuerdo de aquellas últimas semanas en Tubabao, y me revolví en mi asiento. Le dije a Irina que escribiría a Iván, pero mi voz no me sonó convincente ni siquiera a mí. Irina me observó con curiosidad durante un instante, pero no añadió nada más. Se arrebujó en la manta y apoyó la cabeza contra el lateral del asiento.

– ¿Qué es ese lugar al que nos dirigimos? -preguntó, mientras bostezaba-. Yo quiero quedarme en la ciudad.

Un momento después, se quedó dormida.

Yo me puse a juguetear con el cierre de mi bolso. Resultaba extraño que aquel objeto tan elegante me hubiera acompañado durante todo mi viaje desde Shanghái, y que también estuviera viniendo conmigo a un campo de refugiados en algún lugar de la campiña australiana. La primera vez que había utilizado ese bolso de ante había sido para ir con Luba a tomar el almuerzo en su club de damas. Aquella comida tuvo lugar antes de que Dimitri me fuera infiel y antes de que se me ocurriera pensar que podría llegar a vivir en otro lugar que no fuera China. La piel del bolso se había decolorado a causa del sol de Tubabao y tenía un rasguño a lo largo del lateral. Me toqué la cicatriz de la mejilla con un dedo y me pregunté si aquel bolso y yo no estaríamos compartiendo un destino común. Lo abrí y presioné la muñeca matrioska que se encontraba en su interior. Recordé el día en el que se llevaron a mi madre y me pregunté qué habría visto ella durante su viaje hacia Rusia. ¿Le habría resultado tan extraño el paisaje a ella, como me sucedía a mí con lo que estaba viendo de Australia?

Me mordí el labio y me armé de coraje, recordando mi promesa de ser valiente. Tan pronto como me fuera posible, me pondría en contacto con la Cruz Roja. Traté de tranquilizarme a mí misma sobre el tipo de trabajo que nos asignarían donde íbamos a vivir, puesto que lo único que me importaba era encontrar a mi madre.

Un rato después, el tren comenzó a ascender, abriéndose camino entre la maleza de un bosque de árboles de corteza blanca, tan altos que casi bloqueaban la luz del sol. No eran como ningún otro tipo de árboles que yo hubiera visto antes, fantasmagóricos y elegantes, con hojas anchas que temblaban con la brisa. Más tarde, aprendería sus nombres: eucalipto azul de Sídney, eucalipto mentolado, eucalipto capitellata, eucalipto quebradizo, eucalipto racemosa… Y sin embargo, aquella mañana, eran otro misterio más para mí.

El tren traqueteó y se detuvo, provocando que los pasajeros y el equipaje volaran por los aires. Levanté la mano justo a tiempo de evitar que le cayera a Irina una caja en la cabeza.

– ¡Parada para comer! -gritó el revisor.

La familia polaca me miró, esperando a que yo les tradujera las instrucciones. Por gestos, les hice entender que debíamos bajarnos del tren.

Nos apeamos en una pequeña estación rodeada por hondonadas de eucaliptos y por escarpados acantilados de arenisca. El aire era fresco y cortante como la menta. En el lugar en el que se había excavado la roca para construir la vía habían surgido grietas. El agua se filtraba por las aberturas, y diferentes tipos de musgos, hepáticas y líquenes se aferraban a ellas con verdadera tenacidad. En todas direcciones, una multitud de sonidos vivificaba la atmósfera: el agua goteando entre las rocas, el murmullo de los animales moviéndose sobre la capa de hojas muertas y los pájaros. Nunca antes había escuchado un coro de trinos similar. Eran como campanillas, cancioncillas alegres y chillidos guturales. No obstante, un grito dominaba sobre el resto de sonidos, un silbido crepitante que parecía el ruido de una gota de agua al caer, pero amplificado un millón de veces.

Un grupo de mujeres nos estaban esperando en el andén. Estaban alineadas como un pequeño ejército detrás de unas mesas montadas sobre caballetes y grandes ollas de sopa. Nos observaban con sus curtidos rostros, evaluándonos.

Me giré para localizar a Irina y me sorprendí al ver que estaba doblada en un extremo del andén, llevándose un pañuelo a la boca. Corrí hacia ella mientras un hilo de vómito surgía de sus labios para caer a la vía del tren.

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