Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » La gardenia blanca de Shanghái
La gardenia blanca de Shanghái - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La gardenia blanca de Shanghái

Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:

En la pequeña ciudad china de Harbin, Anya Kozlova, una niña de trece años, vive rodeada del amor de sus padres, unos inmigrantes rusos que huyeron de su país tras la revolución bolchevique. Sin embargo, pocos meses antes del final de la segunda guerra mundial, su padre fallece en un trágico accidente y su madre, Alina, es deportada por las autoridades chinas a un campo de trabajo en Siberia. Sola, desesperada y sin ningún otro familiar al que recurrir, Anya se verá obligada a emigrar primero a Shanghái -una glamurosa ciudad en la que trabajará en la sala de fiestas más famosa del momento- para luego marcharse a la isla filipina de Tubabao, donde se encontrará con otros refugiados rusos, y, desde allí, preparar su posterior partida a la Australia de los años cincuenta, un país aún virgen y salvaje donde, tras muchos esfuerzos, logrará el éxito y reconocimiento personal. Testigo de una época dura, apasionante y decisiva en Europa y en el mundo, recorreremos con Anya continentes, países, paisajes y culturas, la veremos enamorarse, casarse y perderlo todo y asistiremos, también, a su lucha por responder a la única pregunta que da sentido a su vida, ¿qué le ocurrió a su madre?
1 ... 58 59 60 61 62 63 64 65 66 ... 131
Перейти на страницу:

Se aproximó otro paso, pero yo me deslicé un poco más hacia la oscuridad.

– ¿Y por qué ninguno de ellos se ha encarado conmigo? -le pregunté-. ¿Por qué no me han tachado de mentirosa?

– Tú no eres una mentirosa, Anya. Simplemente, estabas asustada. Aquellas personas que lo saben te quieren lo suficiente como para no obligarte a hablar sobre cosas que tú preferirías olvidar.

Creí que iba a vomitar. Deseé que Iván no se hubiera declarado. Quería seguir fingiendo que había sido institutriz y así no tendría que volver a pensar en el Moscú-Shanghái jamás. Me hubiera gustado conservar el recuerdo de que Iván era el buen hombre que se había sentado conmigo en el saliente de roca la noche que me enteré del destino de los Pomerantsev. Pero lo que me había dicho era de tal magnitud que no tenía vuelta atrás. En unos instantes, nuestra relación había cambiado para siempre.

– Iván, no voy a casarme contigo -le espeté-. ¡Encuentra a una chica que no esté casada!

Traté de pasar corriendo a su lado, pero me bloqueó el paso, agarrándome por los hombros y presionándome contra su pecho. Me quedé así durante un momento antes de luchar contra él. Me soltó, dejando caer los brazos a ambos lados del cuerpo. Corrí a través de la oscuridad hasta mi tienda, buscando a tientas el camino, como un animal asustado. No estaba segura de qué me asustaba más: la propuesta de matrimonio de Iván o la idea de perderle.

Los consulados extranjeros montaron tiendas para facilitar las entrevistas de inmigración y la emisión de visados. Nos repartieron números y esperamos nuestro turno en el exterior, bajo el sol abrasador. A Ruselina, a Irina y a mí sólo nos pidieron que rellenáramos los formularios oficiales y nos hicieron un examen médico. No nos interrogaron sin piedad sobre afiliaciones al partido comunista o historia familiar, como hacían con otros inmigrantes. Cuando me enteré de que muchos solicitantes que deseaban ir a Estados Unidos habían sido rechazados, no pude más que cerrar los ojos y agradecerle nuestra oportunidad en silencio a Dan Richards.

– ¡Por fin está sucediendo! -dijo Irina-. No puedo creérmelo.

Agarró los formularios que reposaban frente a ella como si fueran puñados de dinero. Durante las semanas siguientes, se dedicó a practicar sus escalas, mientras yo me sentaba en la playa, contemplando el mar, considerando, para después descartarla, la posibilidad de que Dimitri pudiera tratar de encontrarme. Mi vida en Tubabao estaba tan alejada de la que había tenido en Shanghái que creí haberle olvidado. Pero la propuesta de matrimonio de Iván había sacado a relucir el dolor. Escuchaba el sonido del oleaje y su ritmo lento y me preguntaba si Dimitri y Amelia serían felices juntos. Ésa sería la máxima traición.

Poco tiempo después, llegó el buque de transporte marítimo, el Capitán Greely, para llevarse a los últimos inmigrantes que iban a Australia. El resto se había ido antes por otros medios de transporte. Los que iban a Estados Unidos viajaban por mar hasta Manila y desde allí en aviones o barcos de transporte militar hasta Los Angeles, San Francisco o Nueva York. Los que nos quedamos atrás vimos cómo menguaba el tamaño del campamento. Estábamos a finales de octubre y todavía había peligro de tifones, por lo que el capitán Connor trasladó el campamento a la zona resguardada de la isla.

Ruselina no se encontraba bien el día en el que zarpaba el Capitán Greely e Irina y yo la llevamos al hospital antes de correr al cobertizo de Iván para ayudarle a hacer las maletas. No les había contado nada a Irina y a Ruselina sobre la propuesta de matrimonio de Iván, con la esperanza de evitar más situaciones embarazosas para ambos. También me avergonzaba haberles mentido sobre la historia de la institutriz en Shanghái, aunque no estaba segura de si sabían la verdad. Desde la noche en la que Iván se declaró, nos habíamos estado evitando, pero aun así, no podía dejar de despedirme de él.

Le encontramos de pie, fuera del cobertizo, mirándolo como un hombre que tuviera que sacrificar a su caballo favorito. Me dio un vuelco el corazón por él. Había hecho tanto por lo que sentirse orgulloso en aquella isla que marcharse debía de resultarle muy difícil.

– ¡Australia será como un Tubabao en grande! -exclamé.

Iván se volvió hacia mí con una expresión desconocida y distante en los ojos. Me estremecí, pero no dejé que me hiriera. Durante toda mi vida, la gente importante había ido y venido, y estaba aprendiendo a no aferrarme a nadie. Me dije para mis adentros que Iván sería una despedida más y que debería ir acostumbrándome a ello.

– No puedo creerme que ya lo hayas empaquetado todo -comentó Irina.

El rostro cariacontecido de Iván dibujó su sonrisa habitual, y él levantó una caja para que la viéramos.

– He empaquetado aquí todo lo que necesito -dijo, con una amplia sonrisa-. Os desafío a que hagáis lo mismo vosotras.

– Siempre encontrarás lo que te haga falta -le dije, recordando sus cacerías en busca de materiales-. No tendrás ningún problema en tu nuevo hogar.

El día estaba soleado, pero un viento picado batía el océano formando sacudidas de espuma blanca. La brisa absorbía el resto de sonidos. En la distancia, únicamente podíamos escuchar los gritos de los marineros intercambiándose instrucciones mientras se preparaban para cargar el barco. Para cuando llegamos al malecón, ya estaba atestado de gente y de equipaje. Todo el mundo estaba animado. Hablaban a gritos y, aunque asentían con entusiasmo a lo que los otros decían, en realidad, nadie estaba escuchando nada. La atención de todo el mundo estaba centrada, de un modo u otro, en el barco que flotaba en mitad del océano, el buque que les llevaría a un nuevo país y a una nueva vida.

– ¿Cómo podremos escribirte? -le preguntó Irina a Iván-. Hemos compartido una amistad tan buena que no deberíamos perder el contacto.

– ¡Eso es cierto! -dije yo, cogiendo el lápiz que Iván se había colocado detrás de la oreja. Escribí la dirección de Dan Richards en la caja de Iván. Cuando me levanté y le devolví el lápiz, vi lágrimas en los ojos de Iván y me di la vuelta rápidamente.

Me odiaba a mí misma. Iván era un buen hombre y yo le había hecho daño. Deseé que se hubiera enamorado de Irina. Ella tenía un corazón más puro que el mío. Las sombras del pasado no la atormentaban como me ocurría a mí.

Los marineros tardaron más de tres horas en subir a bordo a la gente y sus equipajes. Iván esperó hasta la última barcaza. Cuando se montó en ella, se dio la vuelta para decirnos adiós con la mano. Yo di unos pasos hacia delante, queriendo decir algo, sin saber muy bien el qué. Quizás, si hubiera sido capaz de tragar la pétrea obstrucción que me atenazaba la garganta, podría haberle dicho a Iván que él no tenía la culpa de nada, que yo estaba sufriendo tanto que no era buena para nadie. Como mínimo, me hubiera gustado agradecerle todo lo que había hecho por mí, ya que no volvería a verle nunca más. Pero lo único que pude hacer fue sonreírle estúpidamente y saludarle yo también con la mano.

– Le echaremos de menos -comentó Irina, pasándome un brazo por la cintura.

– Yo me paso todo el tiempo pensando en Estados Unidos -le dije-. En lo diferentes que serán nuestras vidas. Me da miedo pensar que podríamos llegar a ser increíblemente felices.

Ruselina nos estaba esperando en los escalones de la entrada del hospital.

– ¿Qué está haciendo usted aquí fuera? -le preguntó Irina-. Hace demasiado calor. Debería estar dentro.

El rostro de Ruselina presentaba un aspecto espantoso. Tenía manchas oscuras bajo la piel. La expresión de sus ojos nos hizo pararnos en seco. Una enfermera surgió detrás de ella, de entre las sombras de la entrada.

1 ... 58 59 60 61 62 63 64 65 66 ... 131
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)