Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » La gardenia blanca de Shanghái
La gardenia blanca de Shanghái - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La gardenia blanca de Shanghái

Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:

En la pequeña ciudad china de Harbin, Anya Kozlova, una niña de trece años, vive rodeada del amor de sus padres, unos inmigrantes rusos que huyeron de su país tras la revolución bolchevique. Sin embargo, pocos meses antes del final de la segunda guerra mundial, su padre fallece en un trágico accidente y su madre, Alina, es deportada por las autoridades chinas a un campo de trabajo en Siberia. Sola, desesperada y sin ningún otro familiar al que recurrir, Anya se verá obligada a emigrar primero a Shanghái -una glamurosa ciudad en la que trabajará en la sala de fiestas más famosa del momento- para luego marcharse a la isla filipina de Tubabao, donde se encontrará con otros refugiados rusos, y, desde allí, preparar su posterior partida a la Australia de los años cincuenta, un país aún virgen y salvaje donde, tras muchos esfuerzos, logrará el éxito y reconocimiento personal. Testigo de una época dura, apasionante y decisiva en Europa y en el mundo, recorreremos con Anya continentes, países, paisajes y culturas, la veremos enamorarse, casarse y perderlo todo y asistiremos, también, a su lucha por responder a la única pregunta que da sentido a su vida, ¿qué le ocurrió a su madre?
1 ... 63 64 65 66 67 68 69 70 71 ... 131
Перейти на страницу:

El conductor nos ordenó que nos apeáramos y nos dirigiéramos al edificio del comedor, que se encontraba justo enfrente. Irina y yo seguimos a los otros hacia aquella construcción, que parecía el pequeño hangar de un aeropuerto, pero con ventanas. En el interior, encontramos filas de mesas cubiertas con papel de estraza y llenas de sándwiches, bizcochos y tazas de té y café. La agitación de las voces de los pasajeros resonó contra las desguarnecidas paredes, mientras las bombillas desnudas que colgaban del techo iluminaban sus fatigados semblantes, tiñéndolos de un matiz aún más enfermizo. Irina se desplomó en una de las sillas y apoyó la cara en las manos. Un hombre con el pelo negro y lanoso se fijó en ella al pasar. Llevaba un archivador en la mano y lucía una insignia en su abrigo.

– Cruz Roja. En la cima de la colina -señaló, tocándole el hombro-. Acude allí, o todos enfermaremos.

Me emocioné al escuchar que había una oficina de la Cruz Roja en el campamento y me deslicé sobre el asiento junto al de Irina. Le traduje lo que el hombre había dicho, sólo que a ella se lo dije más educadamente.

– Iremos mañana -dijo ella, apretándome la mano-. No me siento con fuerzas esta noche.

El hombre del archivador se subió a un podio y anunció en un inglés con fuerte acento que en breve nos dividirían en grupos y nos asignarían un alojamiento. Los hombres y las mujeres dormirían separados. Los niños se quedarían con sus padres, dependiendo de la edad y el sexo. Las noticias se tradujeron rápidamente por toda la sala y muchas voces se elevaron en señal de protesta.

– ¡No pueden separarnos! -se quejó un hombre, poniéndose en pie. Señaló a una mujer y dos niños pequeños que estaban con él-. Ésta es mi familia. Hemos estado separados durante toda la guerra.

Le expliqué a Irina lo que estaba ocurriendo.

– ¿Cómo pueden hacer esto? -exclamó, hablando mientras se tapaba todavía la cara con las manos-. La gente necesita a sus familias en momentos así.

Una lágrima le resbaló por el rostro y cayó sobre el papel de estraza. La rodeé con un brazo y apoyé la cabeza sobre su hombro. Yo era su familia y ella la mía. Nuestros papeles se habían invertido. Irina era la mayor de las dos y solía demostrar una disposición más optimista que la mía, por lo que era ella la que acostumbraba a darme ánimos. Pero Ruselina estaba lejos y enferma, e Irina acababa de llegar a un país nuevo, cuyos habitantes hablaban un idioma que ella no entendía. Para colmo, no se encontraba bien. Me di cuenta de que era yo la que tenía que ser fuerte, y la idea me aterrorizaba. Me estaba esforzando todo lo que podía para animarme a mí misma. ¿Cómo iba a ser capaz de dar ánimos también a Irina?

La supervisora de nuestro bloque era una mujer húngara llamada Aimka Berczi. No tenía unas facciones demasiado distintivas, pero sus manos eran delicadas. Nos entregó tarjetas en las que estaban impresos nuestros nombres, países de nacimiento, buques de llegada y números de habitación. Nos ordenó que nos dirigiéramos a nuestros barracones y durmiéramos un poco. Nos dijo que el director del campamento, el coronel Brighton, se presentaría a la mañana siguiente.

Me lloraban los ojos por el cansancio e Irina apenas podía ponerse en pie, pero tan pronto como abrí la puerta de nuestra choza de madera, deseé haberla convencido de ir al hospital. La primera cosa que vi fue una bombilla desnuda colgando del techo y un insecto revoloteando a su alrededor. Había veinte camastros apiñados unos junto a otros sobre el suelo de madera. La colada pendía entre sillas plegables y maletas, y el aire era húmedo, frío y rancio. La mayoría de las camas ya estaban ocupadas por mujeres que dormían, por lo que Irina y yo nos dirigimos a dos aún vacías en un extremo de la habitación. Una de las mujeres, una anciana con horquillas en el pelo, levantó la mirada cuando pasamos al lado de su lecho. Se incorporó sobre un codo y susurró:

– Sind Sie Deutsche?

Negué con la cabeza porque no la entendía.

– No, no sois alemanas -se contestó a sí misma en inglés-. Sois rusas. Lo sé por vuestros pómulos.

La mujer tenía surcos como cicatrices alrededor de la boca. Probablemente, sólo tenía sesenta años, pero aquellas líneas le daban el aspecto de una mujer de ochenta.

– Sí, somos rusas -le dije.

Pareció decepcionada, pero sonrió de todas maneras.

– Decidme cuando estéis listas y apagaré la luz.

– Yo me llamo Anya Kozlova y mi amiga es Irina Levitskaia -le dije. Ayudé a Irina a meterse en uno de los desvencijados camastros y coloqué las maletas a los pies de nuestras camas, donde vi que todo el mundo había colocado las suyas-. Somos rusas nacidas en China.

La mujer se relajó un poco.

– Encantada de conoceros -dijo-. Mi nombre es Elsa Lehmann. Y mañana os enteraréis de que todo el mundo en esta habitación me odia.

– ¿Por qué? -pregunté.

La mujer sacudió la cabeza.

– Porque son polacas y húngaras, y yo soy alemana.

No sabía cómo continuar la conversación después de lo que acababa de decir, por lo que me concentré en hacer nuestras camas. Nos habían dado cuatro mantas militares y una almohada a cada una. La brisa del exterior era fresca, pero no había ni la más mínima circulación de aire en la cabaña, por lo que resultaba difícil respirar. Irina preguntó qué había dicho la mujer, así que le expliqué la situación de Elsa.

– ¿Está sola? -preguntó Irina.

Le traduje la pregunta a Elsa, que contestó:

– Vine con mi marido, que es médico, y el único de mis hijos que sobrevivió a la guerra. Les han enviado a Queensland a cortar cañas.

– Lo siento -le dije.

Me preguntaba qué pretendía el gobierno australiano cuando animaba a familias de todo el mundo a venir a su tierra y luego, una vez aquí, separaba a sus miembros.

Ayudé a Irina a taparse con las sábanas y una manta, y después arreglé las mías. Me daba vergüenza el hedor maloliente que despedían nuestros pies y nuestra ropa interior cuando nos pusimos el camisón, pero Elsa ya se había quedado dormida. Rodeé su cama de puntillas para apretar el interruptor y apagar la luz.

– Supongo que mañana descubriremos si les gustan los rusos o si los odian -comentó Irina, cerrando los ojos y dejándose llevar por el sueño.

Me metí en la cama y me cubrí con las sábanas. Hacía demasiado calor para las mantas. Estaba boca arriba y me puse de lado, para después volver a ponerme boca arriba otra vez, agotada pero incapaz de dormir. Abrí los ojos y miré al techo, escuchando la respiración de Irina. Si los australianos podían separar a Elsa de su marido y su hijo, ¿no sería mucho más probable que nos separaran a nosotras también? Y si podían enviar a un médico a cortar cañas, ¿qué tipo de trabajo nos darían a nosotras? Me estrujé la cabeza con las palmas de las manos y deseché aquellos pensamientos. En su lugar, me centré en la idea de encontrar a mi madre. Fuera lo que fuese lo que nos deparara el futuro, yo debía ser fuerte.

Se oyó un ruido sordo proveniente del tejado y después el correteo de un animal sobre la chapa. Entre la pared y el techo había un hueco de unos cuantos centímetros cubierto por alambrada de gallinero. Estaba segura de que aquella alambrada no evitaría que entrara lo que estaba en el tejado, y me agarré a los bordes de la cama, esperando oír más ruidos. La cama de Irina crujió.

– Irina, ¿estás despierta? -susurré.

Sin embargo, Irina sólo suspiró y se dio media vuelta. No se oyeron más ruidos sordos, ni más garras arañando el techo. Me tapé con la sábana hasta el cuello y traté de ver el mundo exterior a través del hueco en la pared, pero sólo pude distinguir las siluetas de las colinas en la distancia y unas cuantas estrellas. Finalmente, el agotamiento venció al miedo y me quedé dormida.

1 ... 63 64 65 66 67 68 69 70 71 ... 131
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)