La gardenia blanca de Shanghái
- Автор: Belinda Alexandra
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:
Es cierto que cuando el capitán Connor me mostró la lista de posibles películas, había elegido Un día en Nueva York pensando en Irina y Ruselina. Pero cuando Gene Kelly, Frank Sinatra y Jules Munshin surgieron de su buque de guerra y comenzaron a bailar y a cantar dirigiéndose a Nueva York, yo fui la que contemplé todo con asombro. Aquella ciudad no se parecía a ningún lugar que hubiera visto antes y era más deslumbrante que Shanghái. Sus monumentos brotaban hacia el cielo como pilares dedicados a los dioses: el Empire State Building, la Estatua de la Libertad, Times Square… Todo el mundo se movía con energía y entusiasmo, el tráfico rugía emitiendo zumbidos y bocinazos e incluso las oficinistas vestían de alta costura. Absorbí cada escena, cada nota musical, cada color.
Cuando los protagonistas masculinos volvieron al barco y sus guapas novias les dijeron adiós con la mano, de mis ojos brotaban las lágrimas. Durante todo el camino de vuelta a mi tienda, fui cantando los números musicales de la película.
Se hicieron pases del filme durante toda una semana y yo estuve allí todas las noches. El editor de la Gaceta de Tubabao me pidió que redactara un artículo sobre la película para el periódico. Escribí con entusiasmo sobre Nueva York y tiré la casa por la ventana incluyendo dibujos de todos los vestidos de las protagonistas.
– Te expresas muy bien -me dijo el editor cuando le di la copia de mi artículo-. Podríamos contratarte para que escribieras una columna sobre moda para el especial.
Ambos no echamos a reír sólo de pensar en escribir sobre moda en Tubabao.
La cabeza me daba vueltas con una sensación que hacía mucho tiempo que no experimentaba. Un profundo optimismo. De repente, tenía toda clase de esperanzas. Sueños que había perdido durante las penosas tareas de mi vida diaria. Tenía confianza en que recuperaría la belleza, en que me volvería a enamorar de un hombre tan atractivo como Gene Kelly, en que sería capaz de vivir mi vida con energía en un nuevo mundo moderno.
Una semana después, me llegó una carta de Dan Richards en la que anunciaba que podría ayudar a Ruselina e Irina a entrar también en Estados Unidos, y el capitán Connor recibió el aviso de que los funcionarios de inmigración de los países de acogida llegarían al cabo de un mes para procesar nuestros visados y gestionar los métodos de transporte para sacarnos de la isla. De repente, parecía como si los deseos de todo el mundo se estuvieran haciendo realidad.
– Cuando nos vayamos a Estados Unidos -les conté a Ruselina e Irina-, voy a estudiar para llegar a ser antropóloga, como Ann Miller. Y tú, Irina, tendrías que aprender a bailar como Vera-Ellen.
– ¿Por qué vas a ponerte a estudiar algo tan aburrido como antropología cuando escribes unos artículos tan buenos? -replicó Irina-. Deberías hacerte periodista.
– ¿Y a qué me voy a dedicar yo, mientras vosotras, chicas con carrera, os dedicáis a flirtear con jóvenes apuestos? -preguntó Ruselina, mientras se abanicaba con fingida indignación.
Irina echó los brazos alrededor del cuello de Ruselina.
– Abuela, me imagino que usted tendrá que dedicarse a conducir un taxi, como Betty Garrett.
Ruselina e Irina se echaron a reír hasta que a Ruselina le dio un ataque de tos. Pero yo hablaba en serio.
Con independencia de la vida sofisticada que hubiéramos llevado anteriormente, todos los hombres, mujeres y niños de la isla esperamos en la playa a que desembarcaran los representantes de nuestros países de acogida del buque de Naciones Unidas. Les contemplamos, boquiabiertos, con la reverencia de quienes habían vivido demasiado tiempo en aislamiento y habían olvidado lo morena que se les había puesto la piel bajo el sol abrasador. Los adustos hombres y mujeres que se apearon de la barcaza llevaban trajes y vestidos inmaculados, mientras que nuestra ropa estaba rígida por el salitre. Corría una broma entre los habitantes de la isla: «Si estás en Nueva York o San Francisco y te cruzas con un hombre que lleva un paquete bajo el brazo, no le preguntes: "¿Qué mercancía te ha llegado hoy?"».
Nos reíamos de nosotros mismos, pero en el fondo, creo que todos nos preguntábamos si lograríamos adaptarnos de nuevo a la vida normal.
La primera noche, los oficiales de la OIR regalaron los estómagos de los invitados con cochinillo asado. Trajeron a chefs filipinos y se levantó una carpa blanca. Mientras los representantes cenaban en mesas con manteles de lino y copas de cristal, nosotros los observábamos y temblábamos, pues tenían nuestro futuro en sus manos.
Más tarde, me encontré con Iván de camino a mi tienda. Estaba oscuro, pero había luna llena y la silueta de los hombros de Iván se recortaba contra el cielo.
– Me voy a Australia -me dijo-. He estado buscándote para decírtelo.
Apenas sabía nada sobre aquel país, pero me imaginaba que era salvaje e inhóspito. Un país tan joven daría la bienvenida a un hombre tan diligente y trabajador como Iván. Pero también sentí miedo por él. El ser humano ya había dominado gran parte de Estados Unidos. En cambio, se suponía que Australia estaba plagada de criaturas salvajes: peligrosas serpientes y arañas, cocodrilos y tiburones.
– Entiendo -le respondí.
– Me voy a una ciudad llamada Melbourne -me contó-. He oído que puedes amasar una fortuna allí si trabajas duro.
– ¿Cuándo te marchas?
Iván no me contestó. Se quedó parado con las manos en los bolsillos. Yo bajé la mirada. Sentí la incomodidad entre nosotros. Decir adiós a los amigos nunca me había resultado fácil.
– Triunfarás en todo lo que te propongas, Iván. Todo el mundo lo dice -le animé.
Asintió. Me pregunté en qué estaría pensando, por qué se estaba comportando de una manera tan rara y por qué no hacía ninguno de sus comentarios ingeniosos. Estaba a punto de inventarme alguna excusa para volver a mi tienda cuando, de repente, me dijo:
– Anya, ¡quiero que vengas conmigo!
– ¿¿Cómo?? -exclamé, dando un paso atrás.
– Quiero que seas mi esposa. Quiero trabajar duro para ti y hacerte feliz.
La situación parecía irreal. ¿Iván me estaba proponiendo matrimonio? ¿Cómo había llegado hasta aquel punto nuestra amistad?
– Iván… -balbuceé, pero no tenía ni idea de por dónde empezar o terminar. Él me importaba, pero no le amaba. No era por su cicatriz, sino porque estaba segura de que nunca sentiría nada más que amistad por él. Odiaba a Dimitri, pero aún le amaba-. No puedo, Iván…
Se acercó a mí. Podía sentir el calor de su cuerpo. Yo era alta para ser chica, pero él me sacaba más de treinta centímetros y sus brazos eran el doble de anchos que los míos.
– Anya, ¿quién cuidará de ti después de todo esto? ¿Después de la isla?
– No estoy buscando a alguien que cuide de mí -respondí.
Iván enmudeció durante un instante y entonces dijo:
– Ya sé que tienes miedo. Pero yo nunca te traicionaré. Nunca te abandonaré.
Se me puso la piel de gallina. Había algo más tras sus palabras. ¿Quizás sabía algo sobre Dimitri?
Traté de proteger mi amenazado corazón enfadándome con él.
– No voy a casarme contigo, Iván. Pero si tienes algo más que decir, deberías soltarlo.
Dudó, frotándose la nuca y mirando hacia el cielo.
– Continúa -le insté.
– Tú nunca hablas de ello. Y por eso, te respeto… pero sé lo que te ocurrió con tu marido. El consulado estadounidense tenía que proporcionar alguna razón a la OIR para enviar a una chica de diecisiete años sola a Tubabao.
De repente, comencé a ver borroso. Tenía un nudo en la garganta. Traté de tragar, pero el nudo permaneció allí, ahogándome.
– ¿A quién más se lo has contado? -le pregunté. Mi voz tembló. Todavía seguía sonando enfadada, pero no resultaba convincente.
– La gente de Shanghái conoce el Moscú-Shanghái, Anya. Tú aparecías en las páginas de sociedad. Los de las otras ciudades probablemente no sepan nada.