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La gardenia blanca de Shanghái

Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:

En la pequeña ciudad china de Harbin, Anya Kozlova, una niña de trece años, vive rodeada del amor de sus padres, unos inmigrantes rusos que huyeron de su país tras la revolución bolchevique. Sin embargo, pocos meses antes del final de la segunda guerra mundial, su padre fallece en un trágico accidente y su madre, Alina, es deportada por las autoridades chinas a un campo de trabajo en Siberia. Sola, desesperada y sin ningún otro familiar al que recurrir, Anya se verá obligada a emigrar primero a Shanghái -una glamurosa ciudad en la que trabajará en la sala de fiestas más famosa del momento- para luego marcharse a la isla filipina de Tubabao, donde se encontrará con otros refugiados rusos, y, desde allí, preparar su posterior partida a la Australia de los años cincuenta, un país aún virgen y salvaje donde, tras muchos esfuerzos, logrará el éxito y reconocimiento personal. Testigo de una época dura, apasionante y decisiva en Europa y en el mundo, recorreremos con Anya continentes, países, paisajes y culturas, la veremos enamorarse, casarse y perderlo todo y asistiremos, también, a su lucha por responder a la única pregunta que da sentido a su vida, ¿qué le ocurrió a su madre?
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Me cogió la mano entre sus ásperos dedos, con mucho cuidado, como temiendo que, si me apretaba demasiado, fuera a rompérmela.

– Vamos, Anya -me dijo-. Busquemos algún sitio en el que puedas descansar.

Las semanas que siguieron a la tormenta estuvieron llenas de esperanza, pero también de congoja. La marina estadounidense con base en Manila llegó con barcos cargados de suministros. Contemplamos a los marineros que desfilaban por la playa, portando sacos sobre sus anchas espaldas, y en cuestión de dos días, reedificaron la ciudad de tiendas. La nueva ciudad era mucho más ordenada que la antigua, que se había construido a toda prisa, sin planificación a largo plazo y con herramientas insuficientes. Las carreteras se reconstruyeron con cunetas más profundas y asfalto, y se desbrozó la jungla alrededor de los bloques de baños y cocinas. Pero aquella construcción tan ordenada nos produjo inquietud en lugar de placer. Había algo incómodamente permanente en la manera en que se había construido el nuevo campamento y, a pesar de las esperanzas del capitán Connor, aún no había noticias de los «países de acogida».

En la Sociedad Rusa de Estados Unidos se enteraron de la catástrofe y nos enviaron un mensaje urgente: «Además de lo que les hace falta para sobrevivir, dígannos lo que necesitan para ser felices». La sociedad recopiló materiales no sólo de sus miembros, muchos de los cuales se habían hecho ricos en Estados Unidos, sino también de empresas que estaban dispuestas a donar existencias defectuosas. El capitán Connor y yo pasamos las noches trabajando en una lista de deseos que incluía un pequeño regalo para cada persona. Solicitamos discos, raquetas de tenis, barajas de cartas, estuches de lápices y libros para nuestra biblioteca y nuestro servicio de préstamos, pero también jabón perfumado, chocolate, diarios para escribir, cuadernos de dibujo, cepillos del pelo, pañuelos y un pequeño juguete para cada niño menor de doce años. Recibimos su respuesta en quince días: «Hemos conseguido todos los objetos solicitados. También les enviamos biblias, dos guitarras, un violín, trece rollos de tela para vestidos, seis samovares, veinticinco impermeables y cien copias de la obra de Chéjov El huerto de los cerezos, a las que les faltan las tapas».

El cargamento tenía que llegar un mes después. El capitán Connor y yo esperamos pacientemente, emocionados como dos niños traviesos. Contemplábamos todos los barcos que pasaban, pero transcurrieron seis semanas y no llegaba nada. El capitán Connor investigó el asunto a través de la oficina de la OIR en Manila. Todos los artículos del cargamento habían sido interceptados por funcionarios corruptos que los habían vendido en el mercado negro.

Iván vino a verme una tarde a la oficina de la OIR. Entorné los ojos para mirar su silueta a contraluz en el marco de la puerta y, al principio, no le reconocí. Llevaba la camisa planchada y el pelo limpio, sin salpicaduras de serrín y hojarasca, como de costumbre. Se había recostado ociosamente contra la jamba de la puerta, pero se tamborileaba con los dedos en la cadera, por lo que supe inmediatamente que estaba tramando algo.

– ¡Me has estado espiando! -protesté.

Se encogió de hombros y miró la habitación a su alrededor.

– No, qué va -contestó-. Simplemente, he venido a ver cómo estabas.

– Sí, sí que estabas espiándome -repliqué-. El capitán Connor acaba de irse a hacer un recado. Y entonces has aparecido tú. Debes de haber visto cómo se marchaba.

Los ojos de Iván se dirigieron hacia una desvencijada silla de mimbre que reservábamos para los invitados. Escondió su rostro de mi mirada, pero aun así le vi sonreír.

– Tengo un plan para levantarle la moral a todo el mundo -me dijo-, pero no sé si Connor estará de acuerdo.

Iván arrastró la silla hasta colocarla frente a mi escritorio y después tomó asiento como un gigante sobre un dedal.

– He construido el proyector y la pantalla. Lo único que necesito es una película.

Se llevó la mano al ojo, pero no me gustó su movimiento, parecía como si estuviera tratando de enmascarar la cicatriz. ¿Todavía sentía vergüenza por su desfiguración en mi presencia? No necesitaba sentirla. La cicatriz era muy grande, pero era suficiente tratar con Iván durante un solo día para dejar de notarla. Su personalidad era lo único que se le quedaba a uno en mente. Mi propia mejilla me dio una punzada. No me gustaba notar debilidad o vulnerabilidad en Iván. Él era mi roca. Necesitaba que fuera fuerte.

– Tenemos muchas películas. -Le señalé la caja de cintas de película que el capitán Connor utilizaba como reposapiés-. Hasta ahora no teníamos proyector.

– Venga ya, Anya -dijo Iván, inclinándose hacia delante, apoyando las manos en las rodillas. Se había limpiado las uñas: otro cambio en su aspecto-. Ésas son antiguas. El tipo de películas que les habrían encantado a nuestros padres. Necesitamos una nueva.

Su ojo bueno era claro como el agua, de un color azul oscuro, insondable. Me imaginé que si miraba lo bastante cerca dentro de su ojo podría ver el pasado de Iván grabado en él. Sus hijos fallecidos, su esposa, la panadería aparecerían flotando justo debajo de la superficie. Si me asomaba aún más abajo, quizás podría ver su niñez y podría saber quién era antes de que se le desfigurara el rostro. Su ojo contradecía la juventud de su voz y su vigor juvenil, del mismo modo que su rostro cicatrizado contradecía la fragilidad de su cuerpo.

– Necesito que lo convenzas -me dijo Iván.

No me hizo falta ningún esfuerzo para persuadir al capitán Connor del valor del plan de Iván. El capitán estaba enojado porque aún permanecíamos en la isla, con la temporada de tifones cada vez más cercana, y estaba decidido a exprimir la conciencia culpable de la OIR. Solicité una película reciente; el capitán Connor exigió una que fuera, como mínimo, un preestreno en Hollywood. Debió de sonar persuasivo. Esta vez no tuvimos que esperar con decepción a un cargamento que nunca llegaría. Nos enviaron la película por avión en quince días, con escolta y junto con un aprovisionamiento de medicinas.

El estreno de Un día en Nueva York se anunció en la Gaceta de Tubabao, y nadie en la isla habló de otra cosa hasta la noche en que se celebró el acontecimiento. Iván construyó asientos para Ruselina, Irina y para mí con troncos de palmera. Nos sentamos junto al proyector. Iván estaba animadísimo.

– ¡Lo hemos conseguido, Anya! -me dijo, señalando a toda la gente-. ¡Mira lo felices que son todos!

Fue como en los viejos tiempos, antes de la tormenta. Las familias colocaron mantas y cojines, y se reunieron ante pequeños festines de latas de atún y pan. Los niños más pequeños se sentaron en las ramas de los árboles con las piernas colgando, las parejas se tumbaron, abrazándose bajo las estrellas, y los más ingeniosos miraban la pantalla embobados desde asientos de cajas construidos por ellos mismos y cubiertos con toldos hechos de sábanas, por si llovía. Las ranas croaban y los mosquitos nos picaban sin cesar, pero a nadie le importaba. Cuando comenzó la película, todos nos pusimos en pie de un salto para celebrarlo. Irina sacudió hacia atrás su melena y se echó a reír.

– ¡Qué graciosa eres! -me dijo-. Sabes que la mayoría de nosotros no entenderemos nada. Está toda en inglés.

Iván levantó la mirada del proyector y se secó la frente. Me sonrió.

– Es una historia de amor. ¿Qué hay que entender?

– Es un musical -dije yo, pellizcándole el brazo a Irina-. Y está ambientado en Nueva York. Así, podrás ver la ciudad por la que has estado suspirando.

– ¡Muy bien hecho, Anya! -dijo Ruselina, dándome golpecitos en la espalda-. ¡Muy bien hecho!

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