La gardenia blanca de Shanghái
- Автор: Belinda Alexandra
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:
– Es sólo por la gripe y por el traqueteo del tren; no es nada -me dijo.
– ¿Puedes comer algo? -le pasé la mano por la febril frente. No era buen momento para estar enfermo.
– Quizás un poco de sopa.
– Siéntate -le ordené-. Te traeré algo.
Me puse a la cola con el resto, mirando a mis espaldas de vez en cuando para vigilar a Irina. Estaba sentada en el borde del andén, con la manta enrollada sobre la cabeza, que le daba aspecto de mujer oriental. Sentí que alguien me tiraba de la manga y me giré para ver a una mujer con un rostro parecido al de un gnomo y que llevaba en las manos un cuenco de sopa con olor a cebolla.
– ¿Está muy enferma? -me preguntó, entregándome el cuenco-. Te lo he traído para que no tengas que esperar la cola.
Igual que la del taxista, la voz de la mujer era seca y crepitante. Aquel timbre de voz me pareció cálido.
– Es por el cambio de clima y por el viaje -le expliqué-. Suponíamos que Australia sería más calurosa.
La mujer se echó a reír y cruzó los brazos delante de su generoso pecho.
– ¡Dios mío! El tiempo puede cambiar, querida. Pero sospecho que hará más calor allá donde os dirigís. Es seco como la mojama en el oeste central durante este mes, según he oído.
– Venimos de una isla en la que siempre hace calor -le conté.
– Bueno, ahora estáis en una isla grande -sonrió, balanceándose de atrás hacia delante sobre sus talones-. Aunque no podréis creerlo cuando lleguéis al interior.
El ave que producía aquel ruido parecido a las gotas cayendo volvió a trinar.
– ¿Qué es ese sonido? -le pregunté a la mujer.
– Es un pájaro látigo -me aclaró-, y ése es un dueto entre el macho y la hembra. Él silba y ella añade el «chuuii» al final.
La mujer hizo un gesto con la boca, y percibí que mi pregunta la había halagado, porque estaba deseando que yo pensara que Australia era nueva e interesante.
Le di las gracias por la sopa y se la llevé a Irina. Trató de tomar un sorbo, pero sacudió la cabeza.
– Tengo la nariz muy tapada y aun así, puedo oler la grasa. ¿Qué es?
– Creo que es carne de cordero.
Irina empujó el cuenco hacia mí.
– Es mejor que te lo comas tú, si puedes. A mí me sabe a lanolina.
Después de comer, nos indicaron que debíamos subir al tren de nuevo. Les ofrecí a los checoslovacos mi lugar, por si querían hacer turnos para sentarse, pero ellos se negaron. El que llevaba la descolorida estrella en el abrigo sabía hablar un poco de inglés y me dijo:
– No, tú cuida de tu amiga. Nosotros nos sentaremos sobre nuestras maletas si nos cansamos.
El sol comenzó a ponerse, y entramos en un mundo de granito y praderas. Arboles de corteza blanca se erguían como centinelas fantasmales en campos interminables cercados con estacas y con vallas de alambre de púas. Había rebaños de ovejas diseminados por las colinas. De vez en cuando, oteábamos una granja con el humo saliendo de la chimenea. Todas ellas tenían al lado un depósito de agua de paredes onduladas situado sobre una estructura de madera. La anciana mujer polaca e Irina estaban dormidas, mecidas por el tren, fatigadas por la longitud del viaje. Sin embargo, los demás no podíamos apartar los ojos del extraño mundo en el exterior.
La mujer frente a mí comenzó a llorar y su marido la reprendió. Pero percibí en la mueca de nerviosismo de su boca que él también estaba tratando de contener su propio miedo. Se me revolvió el estómago. Me sentía más tranquila si contemplaba el paisaje, iluminado por los hilos dorados y violáceos que el sol entretejía de un lado al otro del cielo.
Justo antes del crepúsculo, el tren aminoró la velocidad hasta que se detuvo. Irina y la anciana mujer se despertaron y miraron a su alrededor. Se oyeron voces y, después, los sonidos de las puertas abriéndose. Entró una bocanada de aire fresco. Por la ventana, vimos a hombres y mujeres, vestidos con el uniforme marrón del ejército y sombreros de ala ancha, que se apresuraban de un lado para otro. Atisbé un convoy de autobuses y un par de camiones aparcados en el terreno color cobre. Los autobuses no eran como los que teníamos en Tubabao. Estaban limpios y eran nuevos. Una ambulancia se acercó por un lado al convoy y esperó con el motor en marcha.
No había estación, por lo que los soldados estaban acercando rampas a las puertas del tren para que la gente pudiera salir. Comenzamos a recoger nuestras cosas, pero cuando la anciana señora miró por la ventana, empezó a gritar.
El hombre y la mujer polacos trataron de calmarla, pero la anciana señora se dejó caer de rodillas y se metió debajo del asiento, jadeando como un animal asustado. Un soldado, un muchacho con el cuello quemado por el sol y pecas en las mejillas, se apresuró a entrar en el compartimento.
– ¿Cuál es el problema? -preguntó.
La joven polaca contempló el uniforme y retrocedió hasta una esquina con su madre, a la que rodeó con sus brazos, con un gesto protector. Fue entonces cuando me percaté de que llevaba un número tatuado justo debajo de la manga.
– ¿Qué sucede? -preguntó el soldado, mirándonos a los demás. Estaba revolviéndose los bolsillos, en busca de algo, temblando como si fuera él el que estuviera a punto de sufrir un ataque-. ¿Alguien más conoce el idioma de esta gente?
– Son judíos -comentó el checoslovaco que hablaba inglés-. Imagínese lo que deben de estar pensando de todo esto.
El soldado frunció el ceño, sorprendido. Sin embargo, recibir algún tipo de explicación sobre el comportamiento histérico de los polacos, incluso aunque no acabara de entenderlo, pareció tranquilizarle. Se irguió e hinchó el pecho, y comenzó a tomar el control de la situación.
– ¿Hablas inglés? -me preguntó.
Asentí y me pidió que Irina y yo nos dirigiéramos las primeras hacia los autobuses, explicándome que, quizás, si las mujeres nos veían yendo voluntariamente, se sentirían más seguras a la hora de seguirnos. Ayudé a Irina a levantarse de su asiento, pero casi se desvaneció y tropezó con una maleta.
– ¿Está enferma? -preguntó el soldado. Las venas comenzaban a marcársele en la frente y llevaba la barbilla prácticamente escondida en el cuello, pero aun así, logró sonar compasivo-. Puedes llevarla a la ambulancia. La trasladarán al hospital, si lo necesita.
Por un momento, contemplé la posibilidad de traducirle a Irina lo que había dicho el soldado, pero me eché atrás. Seguramente, estaría mejor en el hospital, pero no se avendría a separarse de mí.
En el exterior del tren, los soldados nos indicaron que lleváramos nuestro equipaje a los camiones y que nos montáramos en los autobuses. Una bandada de loros rosas y grises se había posado en un claro del terreno y daba la sensación de que estaban contemplándonos. Eran aves hermosas y parecían fuera de lugar en aquel entorno. Eran más adecuados para una isla tropical que para las colinas cubiertas de hierba que nos rodeaban. Me volví para mirar la puerta del tren y ver qué ocurría con la familia polaca. El soldado y los checoslovacos estaban ayudando a las mujeres a descender la rampa. El hombre polaco les seguía llevando las maletas. La mujer joven parecía más tranquila e incluso me sonrió, pero los ojos de la anciana miraban de aquí a allá, como los de una trastornada, y casi caminaba doblada por la mitad, por el miedo que sentía. Apreté los puños, clavándome las uñas en la piel y tratando de contener las lágrimas. ¿Qué esperanza tenía aquella mujer? La situación ya era bastante dura para Irina y para mí. Me miré las sandalias. Tenía los dedos de los pies cubiertos de polvo.
Ya era de noche cuando el convoy de autobuses se detuvo fuera de una barricada. El guardia del campamento salió de su garita y levantó la barrera para que pudiéramos entrar. Nuestro autobús avanzó bruscamente, seguido de los otros, hacia el interior del campamento. Presioné el rostro contra el cristal de la ventanilla y observé la bandera australiana ondeando en un mástil en el centro del camino. Desde aquel punto central divergían una serie de filas de barracones militares, la mayoría de los cuales eran de madera, pero algunos también estaban construidos con planchas de chapa ondulada. El terreno entre los barracones era de tierra endurecida con algunos parches de hierba y raíces que sobresalían de las grietas. Los conejos correteaban por el campamento con tanta libertad como las gallinas en un corral.