El artista de la muerte
- Автор: Santlofer Jonathan
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
– No me puede ni ver. Elena me puso por las nubes como si fuera una especie de ángel, la madre perfecta. Creo que le sacaba de quicio. Luego está el aspecto artístico, el hecho de que escribí un libro sobre artistas, que di fama a Elena y a otros artistas. Y aún hay que sumar el hecho de que él es un fracasado absoluto, tan enfermo de celos hacia cualquier artista de verdad que resulta jodidamente palpable.
Mead asintió, juntó las manos.
– Bueno, chicos. La comparecencia de Trip ante el juez está fijada para el próximo jueves. Mientras tanto quiero que reunáis toda la información sobre el tío y la llevéis al fiscal del distrito. -Pasó la mirada de Kate a Brown-. Vosotros dos volved a registrar hasta el último palmo del apartamento de Trip.
– ¿Buscamos algo en concreto? -preguntó Brown.
– Quiero ver todos los vídeos que tiene… todas las cartas, facturas, todos los papeles. ¡Quiero ver hasta su ropa interior, joder! Quiero que el caso esté más cerrado que el cono de una virgen. -Mead se secó el sudor del labio superior-. ¿Me he perdido algo? No quiero que nos pillen desprevenidos.
– Una cosa -dijo Kate-. Darton Washington. Está la entrada en la agenda de Ethan Stein, más los registros telefónicos que demuestran que estuvo en contacto con Elena Solana justo antes de que la asesinaran.
– Poneos manos a la obra -instó Mead.
29
La enorme estancia era un hervidero: treinta, cuarenta agentes uniformados y detectives, todos al teléfono. Podría haber sido un local de corredores de apuestas, pero era Investigación General.
Kate encontró al detective tras un escritorio con montañas de papel, cuatro o cinco latas vacías de Fresca y lo que parecía un sándwich de atún con pan de centeno a medio comer con la lechuga picoteada y mustia en el papel encerado arrugado. El detective alzó la mirada y se pasó la mano por el pelo grueso y entrecano.
– Ha llamado. ¿Ha dicho que tenía algo para mí?
– Sí. -Empezó a cambiarlo todo de sitio con frenesí, las latas de Fresca, el sándwich de atún, las pilas de papel-. Está por aquí, en algún sitio. Lo juro.
– ¿Cómo es capaz de encontrar algo, Rizak?
– Tengo un sistema. -Tiró las latas vacías a una papelera que ya estaba desbordada-. Aquí está. -Le tendió a Kate una sola hoja de papel con un párrafo corto, mecanografiado-. Hemos introducido la cartera de valores de Pruitt en el ordenador junto con todos los nombres que me dio: Solana, Stein, Washington, Trip. Sólo una coincidencia. -Le dio un toquecito al papel, que ella ya tenía en la mano-. Darton Washington. Trabajó para FirstRate Music. Pruitt era uno de los principales accionistas. -Rizak removió más papeles, encontró lo que buscaba en un Post-it arrugado-. Mis notas -declaró-. He llamado a FirstRate, he preguntado por Washington. Lo despidieron hace tres semanas. Y según el director general, un tipo llamado Aaron Feldman, había mucha presión para deshacerse de la división de música rap. La consideraban demasiado obscena o algo así. -Rizak puso cara de «¿a quién le importa?»-. Y el que lideraba la batalla contra la música rap injuriosa era el mismísimo William Pruitt.
Kate le dio una palmadita en la espalda a Rizak.
– Muy buen trabajo. Haré que se enteren de su labor en Homicidios.
El agente sonrió, recogió el sándwich de atún con pan de centeno y le dio un buen mordisco.
Una biblioteca para esquizofrénicos: a un lado, pasillos estrechos y polvorientos con estanterías repletas de cajas; al otro, una hilera de escritorios con los ordenadores más nuevos y modernos. Kate intentó cumplimentar los impresos con la mayor rapidez posible. «Despiden a Darton Washington por culpa de Bill Pruitt.» Quería saber más, ver qué había sido el caso de delincuencia juvenil.
La empleada recorrió el mostrador con las uñas como si estuviera practicando al piano.
– Hace cinco minutos que debería estar haciendo un descanso -dijo alegremente con el acento nasal típico de Brooklyn. Echó un vistazo a la placa de identificación de Kate y luego la miró a la cara, la repasó-. No me suenas.
– Trabajo con Mead -fue lo único que dijo Kate.
– Afortunada tú. -La empleada puso los ojos en blanco, le arrancó la petición a Kate de la mano y desapareció tras el ordenador.
Kate mató el tiempo observando una pared llena de anuncios de la policía: una fiesta para la organización benéfica, el anuncio del cásting de Gran Hermano, un par de peticiones de los novatos para compartir apartamento.
La tez pálida de la empleada reapareció enmarcada en la ventana, con un tono verdoso debido al destello del ordenador.
– Tenemos a unos doscientos Washington en microficha. De ellos, sesenta y tres empiezan por D.
– Oh, lo siento. Su nombre de pila es Darton. D-A-R…
– Sí, sí, sé cómo se escribe. -Volvió a desaparecer y reapareció, se sentó, suspiró, introdujo un nombre en el ordenador-. Bueno, Washington, Darton. Sí, aquí está. -Colocó con brusquedad otro impreso en el mostrador.
– ¿Para qué es esto?
– ¿Quieres la copia impresa? Tienes que firmar la petición.
– ¿Lo has encontrado?
– Washington, Darton. Dos detenciones. Agresión y relaciones sexuales con una menor.
Kate miró detenidamente por el espejo bidireccional de la sala de interrogatorios, observó a Darton Washington mientras le daba vueltas a un ostentoso anillo de oro que llevaba en el índice, y su cuerpo fornido estaba apretado en una silla de madera que parecía a punto de reventar.
Su primera idea había sido echar a correr a toda velocidad por Washington Street, pero estaba demasiado cansada y, sinceramente, le gustaba la seguridad que le infundía el hecho de encontrarse en una comisaría, pues notaba algo más que un poco de rabia tras el barniz respetable de Washington.
Kate hizo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban cuando entró en la sala.
– ¿Qué pasa? -Washington tenía los ojos encendidos por la ira.
– Necesito hacerle unas preguntas.
Movió su masa muscular y la silla crujió.
– No voy a decir ni una palabra hasta que llame a mi abogado.
Kate le pasó copias de los antecedentes penales.
– ¿Esto? ¿Está de broma? Tenía diecisiete años cuando ocurrió esa pelea. Agresión, y un huevo. Y esta otra… ¿se ha molestado en leer toda la información? Me absolvieron.
¿Entendido? No hubo condena. ¡Esa chica parecía mayor que yo! ¿Quince años? ¡Aparentaba treinta! -Abría y cerraba los puños como si los bombeara de forma mecánica-. Mi abogado hizo que lo desestimaran. -Le dio un golpe a la mesa-. ¿Por qué existe siquiera? Quiero ver a mi abogado.
Kate habló con voz desapasionada.
– Por supuesto. Hable con su abogado. Si tenía diecisiete años, esto tendría que haber sido eliminado. Y el otro, no sé. Pero sigue en los antecedentes y en ningún sitio dice que se desestimara. -Extendió las manos sobre la mesa-. Mire, Darton. Esto no me importa.
– ¿Entonces por qué estoy aquí?
– Era propietario de un cuadro de Ethan Stein…
– ¿Y existe una ley que lo prohíba?
– Fue al estudio del artista una semana antes de que fuera asesinado.
– No, no fui.
– Su nombre está en la agenda de Ethan Stein.
Washington cambió de postura con incomodidad.
– Cancelé esa cita. Tenía mucho trabajo.
Kate no tenía forma de discutírselo, puesto que Stein estaba muerto.
– Había pensado comprarle otro cuadro, sobre todo porque el mercado estaba bajo. Me gustaba su obra. Ya se lo dije.
– Pero no me dijo que tenía previsto visitarle una semana antes de que fuera asesinado.
– No me pareció importante.