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Long John Silver

Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:

¿Quién no recuerda a Long John Silver, el famoso Pata de Palo de La isla del tesoro? Espíritu rebelde, audaz y mujeriego, el intrépido marino surcó los mares a las órdenes de piratas tan temidos como England o Flint, contrabandeó en las costas de Francia y fue vendido como esclavo en las Antillas, convirtiéndose en el personaje más carismático y controvertido de R. L. Stevenson.
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
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Llevábamos navegando ya tres semanas cuando nos metimos en un cinturón de calma chicha como si fuera una pared de cristal. Un momento antes todas las velas se habían estirado, habían cantado y tronado como hacen las velas cuando van llenas de viento. El mar estaba rizado y blanco de espuma. Al momento siguiente, el agua estaba brillante y turbia, la vela flaqueaba, las botavaras y las horquillas se lamentaban, los aparejos y las escotas colgaban inertes, y el animoso murmullo de proa calló como si fuera para siempre. Incluso las palabras disminuyeron cuando todos dirigieron una mirada fatal hacia la vela y hacia el agua gruesa y encalmada. Después se volvieron todos y miraron a popa con añoranza de la espuma rizada y de las olas alegres, del viento que dejamos detrás, un viento que de manera tan juguetona y fácil nos había llevado tan lejos.

– ¿Qué diablos miráis? -grité de manera que se quebró aquel silencio de muerte-. No se acaba el mundo por un poco de calma chicha.

– ¿Y tú qué sabes? -oí una voz respondona que salía del montón, una voz que no tenía suficiente sensatez como para entender que yo sólo intentaba levantar los ánimos.

Sin embargo, pocos días después salieron de la misma bocaza rápida los eructos de los barcos que se quedaban presos en el recalmón y se pudrían con hombres y todo, la mitad de la tripulación que moría de sed y de hambre, todos los que se habían vuelto locos por el calor y se habían peleado a machete y pistola, los fuertes remolinos de tormenta en medio de todo aquel mar tan quieto que se había tragado incluso un barco de pasajeros. Eran historias falsas, supersticiosa carga de naufragio que se paseaba por la fantasía de los lobos de mar sin provecho ninguno. Las buenas historias se merecen todos mis respetos, pero alguien debería prohibir que se repartiera toda esa mierda gratuitamente.

Hablé del asunto con el hombre en cuestión, llamado Bowman, pero no me hizo caso.

– ¡Por todos los demonios que tengo derecho a decir lo que me dé la gana! -contestó a mi recomendación de que se reservara su opinión hasta que llegáramos a tierra-. ¿Es que la palabra no es libre en este maldito ataúd?

– Depende -respondí en un tono suave-. Según lo que se diga.

– ¡Vaya, así que depende! ¿Y en qué disposición está escrito que no tenga derecho a decir lo que pienso? Maldita sea si no soy tan válido como cualquier otro.

– Yo no he dicho eso. Pero no es que vayas repartiendo alegría precisamente.

– Vaya, es ahí donde le duele. Así pues, hay que ser un maldito bromista para poder abrir la boca a bordo. ¿Qué demonios de disposición es ésa? ¿Es que la gente no aguanta oír la verdad? ¡Vete al infierno!

– ¿Y cuál es la verdad, si se puede saber?

– Que este maldito barco está condenado a hundirse. Además, ¿qué diablos íbamos a hacer en África? ¿Es que no estábamos tan ricamente en las Antillas? Allí por lo menos la gente se puede hacer su ron y las putas son blancas. Ahora tendremos que follar con negras, paganas y con el cono podrido, ¡así son todas! Eso con suerte, claro, si es que alguna vez llegamos hasta allí. Antes de que hayamos pasado este recalmón, maldito medio negro, la mitad de la tripulación la habrá palmado, puedes estar bien seguro. ¿Crees que no lo he oído? Te vendieron en una rebatiña junto a un montón de esclavos. ¡Voluntariamente! ¿Crees que no sé de qué calaña eres? Eres de esos que están de parte de los negros.

Y aquí envió un jugoso escupitajo no lejos de mis pies. ¿Qué podía hacer yo con un cenizo cabezón que destruía el buen ambiente de a bordo? La palabra era libre, claro que sí, maldita sea, pero también teníamos que sobrevivir. Un tipo como Bowman podía perder los estribos, apestar y envenenar a los demás, hasta que la gente se volvía tan loca como él.

– Tienes la cabeza bien puesta -le dije-, y entiendes que a estas alturas no podemos dar media vuelta. Sin viento, no podemos navegar contra corriente, y aunque pudiéramos no serviría de nada hacer frente al viento y volver a las Antillas sin navegar primero el doble de distancia de lo que nos queda hasta África. Esto lo entiende un tipo listo como tú, ¿no?

– No me vengas con zalamerías, Silver. No tengo serrín entre las orejas, tienes razón, pero ningún diablo va a venir a decirme para qué lo tengo que utilizar, ni si tengo que entender o no entender. ¡Acuérdate bien!

– Claro que sí, Bowman, puedes confiar en John Silver. Tengo la memoria de un elefante.

Y con eso me conformé de momento. Intentar meter en cintura a un tipo como Bowman era un caso perdido. Ni siquiera la amabilidad le hacía mella. Era un ave de mal agüero, no había más que hablar.

Le dejé repartir tanto descontento enmierdado que la gente empezó a buscar una cabeza de turco. Ya se habían producido algunas trifulcas sin importancia, y algunas palabras cortantes y afiladas volaron por los aires cuando se tenía que amarrar una escota o un aparejo para aprovechar un soplo de brisa que se levantaba cuando menos se podía esperar. Incluso England había empezado a notar lo que pasaba, pero conforme a su costumbre iba entre la tripulación hablando bien de todos sin que sirviera de mucho. A los tipos de buen corazón siempre les pasa lo mismo: les cuesta ver el mal antes de que sea demasiado tarde.

– ¿Qué pasa? -me preguntó después del escarnio. -Creía que estábamos completamente de acuerdo en lo de África, pero ahora todos dicen que este viaje está maldito, y me culpan a mí por haberlo impuesto. Es injusto, ¿verdad, John? Te acordarás de que yo, como capitán, cerré el pico y no dije nada a favor ni en contra. Creía que todos estaban de acuerdo.

– Ya lo han olvidado. Tenemos a un cenizo a bordo que siembra cizaña. Ha hecho que los demás crean que nos vamos a pudrir en este recalmón. Y ahora necesitan alguien a quien culpar si algo va mal. ¿Y quién iba a ser, si no el capitán?

– ¡Pero yo no voté! ¡Y ellos mismos me eligieron!

– Claro que sí, pero sólo para disponer de alguien que supiera navegar y a quien colgar si todo se iba al infierno. Confía en John Silver y déjalo en mis manos.

Pasaron unos días con aquella presión, con un calor insoportable y un sol abrasador: la brea de las juntas se deshacía, de manera que los pies se quedaban pegados en cubierta. La enjuagábamos todo el día para que el casco no se resquebrajara como un colador, pero al final sólo éramos una docena los que manteníamos las bombas y los baldes en marcha. Los demás se quedaban sentados o tumbados en cubierta, con la cabeza gacha, jurando y maldiciendo, bebiendo el poco ron que quedaba, y aún se preocupaban menos de lo habitual de cómo vivían o morían. Sólo Bowman seguía en plena actividad. Iba saltando por todas partes como una liebre, con cara de satisfacción, haciendo lo indecible para cavar la tumba de todos nosotros.

A la mañana siguiente, antes de que el ron les hiciera efecto, los llamé a todos a consejo. Era mi derecho como contramaestre. No faltó nadie, pues creían que iban a poder expresar a gritos su descontento, vengarse de quien fuera, de todo el mundo si hiciera falta.

– Hombres -dije con mi tono susurrante, con un retintín de mal agüero que hizo que muchos me prestaran atención-, ya sabéis cómo están las cosas a bordo: esto es un infierno, ni más ni menos. No hay más que maldiciones y quejas. Si seguimos así, acabaremos degollándonos unos a otros antes de ver el final de este maldito recalmón.

– Exacto -voceó Bowman, que había estado esperando-. Es lo que yo vengo diciendo desde el principio. No deberíamos haber hecho esta travesía, eso opino yo.

– ¿Y quién de vosotros votó en contra de la decisión tomada? -bramé-. ¿Quién, si puede saberse?

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