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Licenciado en asesinato

Электронная книга - «Licenciado en asesinato». Краткое содержание книги:

Deborah, la mujer del mejor amigo del inspector Thomas Lynley, descubre el cadáver -desnudo y con señales de tortura de un joven estudiante. Todas las sospechas conducen a Bredgar Chambers, un viejo y sombrío internado. Allí, Lynley descubrirá una enrarecida atmósfera de frustración, desarraigo y soterrada perversidad entre estudiantes. Pero, esencialmente, descubrirá que todo ello puede resolverse de un plumazo con el asesinato o el suicidio…
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– ¿Y la madre de Matthew Whateley?

Byrne hundió la mano en el bolsillo de la chaqueta, sacó un paquete de Dunhill y encendió un segundo cigarrillo con la colilla medio apagada del primero. Después, aplastó éste en el cenicero y tosió.

– Fue una situación particularmente desagradable, inspector. La madre de Matthew no era una adolescente pura y virginal de la que Edward se hubiera enamorado. Considerando la dedicación exclusiva del chico a sus estudios, un romance con una muchacha de dieciséis o diecisiete años era improbable, como mínimo. Al contrario, la madre fue una mujer mayor que sedujo al chico. Yo diría que por la emoción de la conquista o la gratificación de saber que aún era deseable, o la tremenda satisfacción que proporciona al ego ser poseída por un hombre más joven. Elija la posibilidad que más le guste. Yo tengo bastante con suponer que fue una de ésas.

– ¿Conocía usted a la mujer?

– Sólo averigüé lo que conseguí sonsacarle a Edward.

– ¿Qué fue?

Byrne bebió su whisky. Rhena permanecía inmóvil a su lado. Unos momentos antes había clavado la vista en la mano posada sobre la pierna del hombre, y no la había apartado de allí.

– Los hechos escuetos. Ella le invitó a tomar el té varias veces. Se interesó en su bienestar. Así empezó todo. Terminó en el dormitorio. Imagino que para la mujer supuso una experiencia muy lujuriosa iniciar a un ser inocente en los ritos de la pasión. Y un gran triunfo ser deseada por un adolescente a las puertas de la edad adulta. Supongo que hizo lo posible por no quedar embarazada de él, pero cuando esto sucedió, utilizó su estado en un fallido intento de sacar dinero a la familia de Eddie. Extorsión. Chantaje. Llámelo como quiera.

– ¿Por eso se suicidó?

– Se suicidó porque creía que le expulsarían del colegio si se descubría la verdad. Las normas sobre el libertinaje sexual son muy explícitas. De todos modos, aunque éste no fuera el caso, Eddie creía que había mancillado el buen nombre de su familia. Le habían enviado al extranjero para ser educado a costa de grandes sacrificios, que él había echado a perder.

– ¿Cómo sabe tantas cosas, señor Byrne?

– Di clases particulares a Eddie de inglés escrito desde cuarto curso. Pasaba en mi casa casi todas las vacaciones. Le conocía bien. Le tenía mucho aprecio. Comprendí que se sentía deprimido en los últimos meses de sexto superior, y no descansé hasta que me contó toda la historia.

– ¿Le reveló la identidad de la mujer?

Byrne negó con la cabeza.

– Eddie consideraba que la postura más honorable era mantener la boca cerrada acerca del tema.

– Me cuesta entender que no comprendiera, o que nadie le dijera, que era mucho más deshonroso quitarse la vida -comentó Lynley-. Sobre todo en una situación de la que no era por completo responsable.

Byrne conservó la calma, a pesar de las acusaciones implícitas en las palabras de Lynley.

– No pretendo discutir de cultura oriental con usted, inspector, o con quien sea. Me limitaré a exponerle los hechos. Esta mujer -subrayó la palabra-. Pudo abortar sin que Eddie se enterara, pero como quería dinero comunicó al chico que, si él era incapaz de decirle la verdad a su familia, ella lo haría, o hablaría con el rector para asegurarse de que Eddie cumpliera su deber como hombre. Tal amenaza conducía irremediablemente a la desgracia y al deshonor.

– Tenían que existir circunstancias atenuantes, incluso en Bredgar Chambers -repuso Lynley.

– Yo se las expliqué. Le dije que toda la culpa no era suya, que no había violado a aquella mujer, que ella le había seducido, que el rector lo tendría en cuenta. Sin embargo, Eddie no pudo ni quiso ver más allá de lo que se había hecho a sí mismo, de lo que había hecho a su familia, al colegio. Era incapaz de estudiar. Era incapaz de trabajar. Lo que yo decía no servía para nada. Creo que decidió matarse cuando supo que ella se había quedado embarazada. Estaba esperando la oportunidad.

– ¿Dejó alguna nota?

– No.

– Por lo tanto, usted es el único que sabe la verdad.

– Sé lo que él me contó. No di publicidad a su historia.

– ¿Ni a los padres del muchacho? ¿No les dijo que iban a tener un nieto?

La respuesta de Byrne estuvo teñida de desagrado.

– Por supuesto que no. Decírselo habría despojado de más sentido todavía a la muerte de Eddie. Murió para protegerles de saber algo que, en su opinión, les iba a herir. Callarme respetó su deseo de protegerles. Era lo mínimo que podía hacer.

– Pero hizo algo más que eso, ¿verdad? Siguió la pista del niño. ¿Cómo lo encontró?

Byrne alargó su vaso vacío a Rhena, que lo dejó sobre la mesa.

– Lo único que me reveló sobre la mujer fue que se había trasladado a Exeter para tener el niño. Contraté a alguien para que le siguiera los pasos. No fue difícil. Al fin y al cabo, Exeter no es muy grande.

– ¿Y la mujer?

– Jamás averigüé el nombre. Tampoco deseaba saberlo. En cuanto descubrí que había entregado al niño para que lo adoptaran, me desentendí por completo de aquella puta.

– ¿Trabajaba en el colegio?

– En el colegio, en el pueblo, en la zona. Es lo único que sé. Después de morir Eddie, mi única preocupación fue remediar el desastre en lo posible, procurando que su hijo llevara una vida decente. Conocí a los Whateley y tomé las medidas pertinentes para que adoptaran al niño.

En cualquier caso, había un problema por resolver, una brecha en la historia de Byrne que no era posible pasar por alto.

– Estoy seguro de que había mucha gente con más posibilidades que los Whateley de adoptar un niño. ¿Cómo logró pasarles la mano por la cara?

– ¿Un niño mestizo? -Rió despectivamente Byrne-. Sabrá sin duda que el número de personas que desean niños mestizos no se extiende hasta el infinito.

– Aunque así fuera en aquel tiempo, imagino que usted ejerció su influencia para que los Whateley se quedaran con el niño.

Byrne encendió un tercer cigarrillo con la colilla del segundo, Rhena cogió éste de entre sus dedos y lo apagó en el cenicero.

– Lo admito, y no me arrepiento. Eran buenas personas, trabajadoras, sin pretensiones.

– ¿Personas a las que no les importó permitir que usted manejara las riendas de la vida de Matthew?

– Si eso significa permitirme que tomara decisiones cruciales respecto a la educación y el futuro del chico, sí, dieron su consentimiento. Al fin y al cabo, querían lo mejor para él. Se sentían muy agradecidos por tenerle. Todos salimos ganando con el compromiso. Yo vigilaba la educación del hijo de Eddie. Los Whateley tenían por fin el hijo que tanto anhelaban. Matthew fue a parar a una familia que le adoraba, y podía aspirar a un futuro que trascendía los límites de esa familia. Nadie perdió.

– Excepto Matthew. Excepto los Whateley.

Byrne se inclinó hacia adelante con un veloz y colérico movimiento.

– ¿Cree que la muerte de este chico no me ha afectado?

– ¿Su hijo Brian conoce las circunstancias que rodearon el nacimiento de Matthew Whateley?

Byrne pareció sorprenderse.

– No; sólo que Eddie se suicidó. Y tardó muchos años en saberlo.

– Brian no vive con usted durante las vacaciones, ¿verdad?

El rostro de Giles Byrne se mantuvo impasible.

– Antes vivía conmigo, pero cuando fue al colegio decidió que prefería pasar las vacaciones con su madre, en Knightsbridge. Es algo más elegante que Hammersmith.

– La elegancia no suele dictar las preferencias de un adolescente por el lugar donde vivir. Yo diría que preferiría estar con su padre.

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