Licenciado en asesinato
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Licenciado en asesinato». Краткое содержание книги:
– La imposibilidad de diferenciar los colores es una característica de orden genético. La madre la transmite a sus hijos. Matthew tendría que haber heredado la deficiencia de usted, su madre.
– Matthew reconocía los colores -protestó débilmente Patsy-. Sólo tenía problemas con algunos.
– Azul y amarillo -reconoció Lynley-. Los colores de Bredgar Chambers. -La guió hasta el punto central-. Para que usted fuera portadora de una característica hereditaria, en este caso la incapacidad de diferenciar el azul del amarillo, su madre también tendría que haber sido portadora. Por lo tanto, es improbable que sus cuatro hermanos se hubieran librado de la deficiencia, porque es una mutación genética, algo que se transmite mediante los cromosomas al concebir un hijo.
– ¿Qué tiene esto que ver con la muerte de Mattie?
– Tiene más que ver con su vida que con su muerte -dijo Lynley con suavidad-. Da a entender que Matthew no era su hijo natural.
La mano de Patsy aún sostenía el bocadillo, pero dejó caer el brazo sobre el regazo. Un trozo de tomate cayó y manchó de rojo su bata amarilla.
– Él no lo sabía. Mattie no lo sabía. -Se puso en pie con brusquedad, tirando el bocadillo al suelo. Se acercó a la foto de Matthew y volvió con ella a la butaca. Mientras hablaba, no apartaba los ojos de ella, aferrando el marco-. Mattie era nuestro hijo. Nuestro hijo auténtico. Nunca nos importó que naciera de otra persona. No nos importó nada. Nunca. Fue nuestro desde los seis meses de edad. Era un bebé buenísimo. Mattie era un amor.
– ¿Qué sabe de su origen, de sus padres naturales?
– Muy poco. Sólo que uno de los padres era chino. Pero eso nos daba igual a Kev y a mí. Mattie era nuestro hijo, desde el primer momento.
– ¿Ustedes no podían tener hijos?
– Kev no puede tener hijos. Lo intentamos durante años. Yo quería probar ese método artificial, pero Kev dijo que no, no quería que yo portara el hijo de otro hombre, independientemente del método. Intentamos adoptar uno, año tras año, pero no nos dejaron. -Levantó la vista y apoyó la foto en el regazo-. A Kev le costaba encontrar un trabajo duradero en aquellos días. Aunque lo hubiera conseguido, los que se encargaban de las adopciones no consideraban a una camarera adecuada para ser madre.
Lynley comprendió que el rompecabezas se iba completando y formuló la siguiente pregunta, aunque se trataba de una mera formalidad y ya sabía cuál sería la respuesta. Las circunstancias habían conspirado durante los dos últimos días para prepararle a escucharla de cien maneras diferentes.
– ¿Cómo logró adoptar a Matthew?
– El señor Byrne, Giles Byrne, lo solucionó.
Patsy Whateley describió la historia de su relación con Giles Byrne: las visitas regulares del hombre, que vivía en su cercana mansión de Rivercourt Road, a La Paloma Azul, sus conversaciones nocturnas con la camarera, su atenta escucha de los problemas de Patsy con las agencias de adopción, que rechazaban todas sus solicitudes, y su oferta de conseguirle un niño, si no le importaba el hecho de que fuera mestizo.
– Fuimos al despacho de un abogado de Lincoln's Inn. El niño estaba allí. El señor Byrne lo había traído. Firmamos los documentos y llevamos a Mattie a casa.
– ¿Eso fue todo? -Preguntó Lynley-. ¿No pagaron nada?
– ¿Quiere decir que si compramos a nuestro hijo? -Preguntó Patsy Whateley, horrorizada-. ¡No! Lo único que hicimos fue firmar unos papeles, y firmar otros cuando la adopción fue oficial. Mattie fue nuestro verdadero hijo desde el primer momento. Nunca le tratamos de otra manera.
– ¿Estaba enterado de su característica racial?
– No. Nunca supo que había sido adoptado. Era nuestro verdadero hijo. Nuestro verdadero hijo, inspector.
– ¿No sabían quiénes eran sus padres naturales?
– Ni Kev ni yo necesitábamos saberlo, ni nos importaba. El señor Byrne sólo dijo que conocía la existencia de un niño que podía ser nuestro. Eso es lo único que contaba. Todo lo que tuvimos que hacer fue prometer que educaríamos al chico de forma que pudiera acceder a una vida mejor que Hammersmith. Eso fue lo que nos pidió el señor Byrne. Eso fue todo.
– ¿Una vida mejor que Hammersmith? ¿Qué quería decir exactamente el señor Byrne?
– El colegio, inspector. Para quedarnos con él, tuvimos que prometer que enviaríamos a Mattie a Bredgar Chambers, el antiguo colegio del señor Byrne.
– Tal vez la inclinación del señor Byrne por todo lo chino incluyera también a las mujeres -comentó la sargento Havers cuando doblaron la curva de la avenida Superior y desembocaron en Rivercourt Road-. Sabemos que estaba muy encariñado con Edward Hsu. Quizá estaba también muy encariñado con alguna mujer china. Extremadamente encariñado, si sabe á qué me refiero.
– No he descartado la posibilidad de que sea el padre natural de Matthew -respondió Lynley.
– No creo que lo admita ante nosotros durante un cordial téte a téte, inspector, sobre todo si ha logrado guardarlo en secreto durante tantos años. Al fin y al cabo, es una figura pública muy conocida. El espacio de charlas en la BBC, los comentarios políticos, la columna en el periódico. Las cosas se le pondrían feas si un hijo ilegítimo saliera a la luz, ¿verdad? Sobre todo si se tratara de un niño mestizo al que abandonó. Sobre todo si la madre era muchísimo más joven que nuestro Giles. Sobre todo si éste arruinó su vida.
– No podremos estar seguros de nada, Havers, hasta ver qué clase de vínculo, si lo hay, estamos forjando entre la ascendencia de Matthew Whateley y su asesinato.
La casa de Byrne se hallaba a escasa distancia de la avenida Superior y del río. Era un edificio Victoriano de tres plantas, construido de ladrillo, sin otro mérito arquitectónico que su pasión por la simetría. Esta pasión se expresaba en la repetición de ventanas, dos por planta, en la equilibrada ornamentación de la fachada y en el diseño de la puerta principal, en la que aldaba, ranura del correo y tirador se alineaban uno sobre otro, con paneles hundidos a cada lado. Lynley observó que la puerta había sufrido daños recientemente, porque la madera estaba hendida en varios sitios y la pintura blanca presentaba manchas de tierra.
La oscuridad aumentaba a cada momento, y brillaban luces en las habitaciones del frente, tanto en la planta baja como más arriba. Cuando Lynley y Havers llamaron a la puerta, ésta se abrió al cabo de unos instantes. No les recibió Giles Byrne, sino una bella paquistaní de unos treinta años de edad. Llevaba un caftán de seda color marfil y un collar de oro. Unos pasadores apartaban su cabello oscuro de la cara, y sus pendientes dorados centellearon a la luz del vestíbulo. No se trataba, obviamente, de una criada.
– ¿Qué desean? -preguntó con voz suave y agradable, como un instrumento musical.
Lynley sacó su credencial, que ella examinó.
– ¿Está el señor Byrne?
– Por supuesto. -La mujer retrocedió y les indicó con un gesto que entraran. El ademán provocó que la manga del caftán resbalara hacia atrás, revelando su piel oscura y suave-. Si son tan amables de esperarle en la sala de estar, inspector, iré a buscarle. Sírvanse una copa, por favor. -Sonrió. Sus dientes eran pequeños, muy blancos-. Si están de servicio, no se lo contaré a nadie. Les ruego que me disculpen. Giles está trabajando en la biblioteca. -Se marchó, subiendo velozmente la escalera.
– Nuestro señor Byrne no se lo monta nada mal en el campo del amor y la compañía -murmuró Havers cuando estuvieron a solas-. Tal vez le esté dando clases particulares. Él ama la educación. Nuestro Giles es un auténtico pedagogo.
Lynley la atravesó con una mirada y le indicó con la cabeza que entrara en la sala de estar, a la izquierda de la puerta principal. Daba a Rivercourt Road y el mobiliario era cómodo, aunque no ostentoso, compuesto de piezas de buena calidad que soportarían el paso del tiempo y el uso. El color predominante era el verde, presente en el pálido limón de las paredes, en el musgo de los dos sofás y las tres butacas, en el intenso hoja de verano de la alfombra, que de tan espesa ahogaba sus pasos. Una serie de fotos descansaban sobre el piano de nogal situado cerca de la ventana. Lynley se acercó a examinarlas, mientras esperaban la llegada de Giles Byrne.