Licenciado en asesinato
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Licenciado en asesinato». Краткое содержание книги:
«¿Quieres un revolcón, maricona, quieres un revolcón, quieres un revolcón?»
Aferró la prenda que sujetaba. Nadie le iba a rescatar de esto, ni ahora ni nunca. Hablara o no, el resultado sería el mismo. Era inevitable. Estaba escrito.
Miró sus manos, que habían empezado a estrujar y retorcer un calcetín azul marino. Al contrario que las demás prendas, estaba completamente seco, y sus dedos tiraron con fuerza de él, tocando un trozo de algodón cosido a la lana. Harry lo examinó. En la etiqueta de algodón estaba escrito el número 4.
Lo contempló fijamente. Era difícil ocultar secretos en un lugar como Bredgar Chambers. Por la mañana había oído, como todo el mundo, que las ropas de Matthew Whateley habían sido encontradas en el vertedero, cerca de la casa del conserje, parcialmente quemadas. Harry comprendió ahora que no las habían encontrado todas. En el vertedero no estaba todo.
Tragó saliva. Tenía la garganta seca. Aquí había algo. Algo. No era sospechoso. No era significativo. Ni siquiera era peligroso. No exactamente. Pero era algo. Tal vez suficiente para llenar el hueco de su pecho. Tal vez suficiente para desprenderse de la culpabilidad y la pena.
Miró furtivamente la puerta abierta. El pasillo estaba desierto. Los chicos estaban haciendo los deberes. Le quedaba poco tiempo antes de que el prefecto de la residencia viniera en su busca, preguntándose por qué no se hallaba con los demás en la sala de estar. Harry se sentó en el suelo, se desanudó el zapato, se quitó un calcetín y lo cambió por el de Matthew. Era de un tono diferente al suyo, así que lo recubrió con éste. Su zapato, como resultado, le vino un poco estrecho, pero carecía de importancia. El calcetín de Matthew se encontraba a salvo.
Ahora, sólo debía decidir en quién confiar.
Capítulo 15
Cuando Patsy Whateley abrió la puerta y Lynley vio que continuaba llevando la bata amarilla con su masa de dragones, se preguntó por qué no había relacionado antes la bata con lo que los Bonnamy le habían contado sobre Matthew. El diseño de la prenda era obviamente chino, lo cual daba momentáneo crédito, aunque injustificado, a todo lo que los Bonnamy habían afirmado.
Patsy Whateley les miró algunos momentos como si no entendiera nada. Anochecía, la luz se desvanecía velozmente, y como las cortinas de la casa estaban corridas y no había lámparas encendidas en la sala de estar, las sombras envolvían a la mujer, ocultando sus facciones. Abrió la puerta de par en par y se situó de modo que taponaba la brecha, los brazos caídos a los costados. Su bata se abrió, revelando parte de un seno, que sobresalía de su pecho como un saco de harina medio vacío. Iba descalza.
La sargento Havers fue la primera en hablar, entrando en la casa al mismo tiempo.
– ¿Está sola, señora Whateley? ¿Qué ha hecho con sus zapatillas? Permítame que la ayude.
Lynley la siguió y cerró la puerta. Captó al instante el repugnante olor a pescado que desprendía el cuerpo sin lavar de Patsy Whateley. Mientras la sargento Havers hacía lo posible por arreglar la inadecuada vestimenta de la mujer, encontrando por fin una de sus zapatillas cerca de la silla, Lynley se encargó de abrir las luces y una ventana del frente, con la esperanza de disipar el intenso hedor.
La sargento Havers hablaba a Patsy Whateley mientras ceñía el cinturón alrededor del grueso talle de la mujer.
– ¿Quiere que llamemos a alguien, señora Whateley? ¿Tiene parientes cerca? ¿Su marido está trabajando?
Patsy no respondió. Lynley la observó a la luz, reparando en la piel áspera que rodeaba sus ojos, en la palidez del rostro, en las grandes manchas circulares debajo de las axilas. Los movimientos de la mujer eran lentos. Lynley entró en la cocina.
No la habían limpiado ni ordenado desde que Patsy Whateley horneara las galletas el día anterior. Las galletas estaban diseminadas sobre la encimera, entre los cacharros donde la pasta se había endurecido, hasta formar montones irregulares. Se veían utensilios por todas partes; cucharas, recipientes, espátulas, tazas, hojas de papel de plata y un robot de cocina. Descansaban sobre la encimera, sobre la mesa, sobre los fogones y en el fregadero, que estaba en parte lleno de agua sucia.
Lynley encontró la tetera en precario equilibrio sobre un quemador y la llevó hasta el fregadero. La sargento Havers vino en su ayuda.
– Yo lo haré, señor -dijo-. Quizá encuentre algo de comer para esa mujer. Supongo que no ha comido nada desde el domingo por la mañana.
– ¿Dónde está el marido de esa mujer? -se oyó preguntar Lynley. Notó que la sargento Havers le miraba.
– Cada persona hace frente a la pérdida de maneras diferentes.
– Pero no en soledad -le espetó el detective-. No debería dejarla sola.
Havers cerró el grifo.
– En el fondo, inspector, todos estamos solos, alimentando la vana ilusión de que no es así. -Puso la tetera sobre los fogones y echó un vistazo a la nevera-. Hay un poco de queso, y también algunos tomates. Intentaré preparar algo.
Lynley la dejó y volvió a la sala de estar, donde Patsy Whateley se había derrumbado en la butaca. Vio al otro lado de la estufa la segunda zapatilla, la cogió, se arrodilló frente a ella y se la puso en su pie sucio. Un enorme pesar le invadió cuando le sujetó el talón y sintió la superficie dura y rugosa de su piel.
Cuando se levantó, la mujer habló con voz ronca, como si articular las palabras le supusiera un esfuerzo infinito.
– La policía no quiere devolverme a Mattie. Hoy les llamé. No nos lo quieren devolver, y ni siquiera podremos enterrarle.
Lynley se sentó en el sofá. El cobertor yacía en el suelo.
– Les devolverán a Matthew en cuanto hayan terminado la autopsia -le dijo-. Si tienen trabajo acumulado, tal vez tarden algunos días. Algunas pruebas exigen cierto tiempo.
Patsy se tiró de la manga de la bata. Una salpicadura de pasta de galletas se había secado sobre la tela.
– Todo da igual, ¿verdad? Mattie está muerto. Todo lo demás carece de importancia.
– Señora Whateley. -Lynley nunca se había sentido tan inútil. Buscó palabras de consuelo, pero sólo se le ocurrió darle una información que le aportaría un alivio insignificante-. Usted tenía razón acerca de Matthew.
– ¿Razón? -La mujer se humedeció los labios resecos y agrietados.
– Esta mañana encontramos sus ropas del colegio. Estamos bastante seguros de que murió en Bredgar Chambers. Usted tenía razón. No se fugó.
La información pareció proporcionar a la mujer cierto consuelo, pues cabeceó y miró la foto del muchacho que descansaba sobre el aparador del comedor.
– Supe desde el primer momento que Mattie no se había fugado, ¿verdad? No le educamos para que huyera si las cosas iban mal. Matt hacía frente a los problemas. No entiendo por qué alguien quiso matar a mi chico.
Ésta era la pregunta que habían venido a plantear en Hammersmith. Lynley pensó en alguna forma de hacerlo. Paseó la mirada por la habitación, deteniéndose en la estantería que corría bajo las ventanas del frente y que sostenía las tazas de recuerdo y las esculturas de mármol. Vio que habían quitado Nautilus, pero Madre e hijo se erguía junto a una mujer desnuda, retorcida en una extraña postura, con la espalda arqueada y los pechos apuntando al cielo. Vio que la madre y el niño estaban unidos en piedra por la curva del brazo de la madre, una conjunción eterna, indestructible e infinita. Hizo la pregunta sin apartar los ojos de la escultura.
– ¿Tiene hermanos, señora Whateley?
– Cuatro hermanos y una hermana.
– ¿Tiene alguno de ellos dificultad para reconocer los colores, como Matthew?
– No. ¿Por qué? -preguntó la mujer, perpleja.
La sargento Havers salió de la cocina, cargada con una bandeja en la que había dispuesto dos bocadillos de queso con tomate, una taza de té y tres galletas de jengibre. La colocó frente a Patsy Whateley y la obligó a coger un cuarto de bocadillo. Lynley esperó a que Patsy empezara a comer antes de proseguir.