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Licenciado en asesinato

Электронная книга - «Licenciado en asesinato». Краткое содержание книги:

Deborah, la mujer del mejor amigo del inspector Thomas Lynley, descubre el cadáver -desnudo y con señales de tortura de un joven estudiante. Todas las sospechas conducen a Bredgar Chambers, un viejo y sombrío internado. Allí, Lynley descubrirá una enrarecida atmósfera de frustración, desarraigo y soterrada perversidad entre estudiantes. Pero, esencialmente, descubrirá que todo ello puede resolverse de un plumazo con el asesinato o el suicidio…
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– Hay más -se apresuró a decir Yvonnen-. Cada vez peor. ¿No quiere oírlo?

– ¿Cómo es que llegó a tus manos? -preguntó Lynley, a modo de respuesta.

Yvonnen sacó la cinta y la dejó sobre el escritorio.

– Cada vez peor -repitió-. Cuando la escuché por primera vez, no lo entendí. Pensé que… Estos chicos, en fin. Están en un colegio elegante. Y cosas como éstas… -Se calló, incapaz de continuar. Pese a la sofisticación de su apariencia y porte, sólo tenía trece años.

Lynley esperó hasta que recobró la serenidad.

– Tú no tienes la culpa, Yvonnen. Nadie podía esperar que comprendieras el significado de esto. Cuéntame todo lo que sabes.

La muchacha alzó la cabeza.

– Matt vino a verme durante las vacaciones de Navidad. Me pidió que le explicara cómo colocar un micrófono oculto en una habitación.

– Una petición muy poco habitual.

– Entre nosotros, no. Me gusta jugar con esos aparatos. Matt lo sabía. Llevo dos años haciéndolo.

– ¿Pones micrófonos ocultos?

– Como un pasatiempo. Empecé con una grabadora. La coloqué dentro de una sopera, en el comedor. Ahora utilizo micrófonos direccionales. Me gustan los sonidos. Quiero trabajar como técnico de sonido para el cine o la tele, como el protagonista de Impacto. ¿Ha visto la película?

– No.

– Hacía el sonido de las películas. Así me entró el interés. Era John Travolta -añadió con ingenuidad-. Soy muy buena ahora, aunque al principio no. El sonido del comedor que obtuve desde la sopera tenía demasiados ecos; entonces descubrí que no podía limitarme a esconder una grabadora. Necesitaba algo mejor. Algo más pequeño.

– Un micrófono oculto.

– Justo antes de Navidad oculté el micrófono en el cuarto de mamá, pues pensaba que le iba a contar a su novio cuáles eran mis regalos, pero la cinta era súper aburrida. Sólo gemidos y gruñidos cuando su novio se lo hacía, y la voz de él diciendo cosas como «Oh, cariño». Se la puse a Matt para divertirnos un rato. Y también una cinta de dos profesoras hablando en el colegio. Ésa la hice con un micrófono direccional. Desde cincuenta metros. Quedó bien.

– ¿Eso le dio a Matt la idea de colocar un micrófono oculto en el colegio?

Yvonnen asintió con la cabeza.

– Sólo dijo que quería poner un micrófono en una habitación del colegio, y que quería saber la mejor forma de hacerlo. No tenía ninguna experiencia, pero estaba decidido a llevarlo a la práctica. Pensé que quería gastar una broma. Le dije que lo mejor era utilizar una grabadora que se activara al sonar la voz. Le presté ésta. Me llegó por correo, junto con la cinta.

– ¿Te dijo de quién era la habitación en la que pensaba ocultar la cinta?

– No. Sólo me pidió que le enseñara a hacerlo. Le dije que escondiera el micrófono en un lugar donde no sufriera distorsiones procedentes de otros sonidos, donde estuviera seguro de grabar los sonidos que le interesaban y donde nadie pudiera verlo. Le dije que probara el sitio antes y que hiciera dos ensayos como mínimo, para comprobar que conseguía la mejor calidad de sonido. Hizo una o dos preguntas y se llevó la grabadora, pero no volvió a mencionarla. Al cabo de tres semanas, me envió la cinta.

– ¿Te hablaba mucho del colegio, Yvonnen, sobre sus amigos, sobre cómo le iba?

Ella meneó la cabeza lentamente.

– Sólo que todo iba bien. Nada más. Todo bien. Pero… -Frunció el ceño y jugueteó con el nudo del cartapacio.

– ¿Hay algo más?

– Sólo que… siempre cambiaba de tema si yo le hacía preguntas acerca del colegio. Como si no quisiera hablar de ello, pero sabiendo que lo haría si yo le insistía. Ojalá lo hubiera hecho.

«Vamos a ver esos cataplines. Va, ánimo. Ohhh, qué pequeños, ¿eh? Les daremos un pellizco. ¿Llorará? ¿Qué opinas? ¿Llorará?»

«¡No! ¡Basta! ¡Por favor! Yo no…»

Lynley paró la grabadora cuando la sargento Havers volvió a entrar en el despacho. Como antes, cerró la puerta, pero en lugar de sentarse, se acercó a la ventana. La lluvia repiqueteaba contra la ventana. Bebió de una taza de papel que llevaba en la mano. Lynley captó el aroma a sopa de caldo.

– ¿La ha enviado a casa con protección? -preguntó.

– El agente Nkata la va a acompañar en coche. -Havers sonrió con cansancio-. Le echó una ojeada, vio el futuro en un instante, se presentó y se ofreció voluntario para la misión.

– Transparente como de costumbre.

– Nada nuevo. -Havers se acercó al escritorio y se derrumbó sobre una silla. Observó con aire meditativo los glóbulos amarillos que la grasa del líquido formaba sobre la superficie de la sopa. Vació la taza con una mueca y la tiró a la papelera-. Parece que hemos vuelto al punto de partida.

Lynley se restregó los ojos. Los tenía cansados, como si hubiera estado leyendo sin gafas.

– Es posible -contestó.

– Más que posible -indicó ella-. La cinta recoge malos tratos, justo donde estábamos ayer por la mañana, inspector. Dijo que los alumnos de tercero con los que habló parecían asustados, ¿no? Ahora sabemos por qué. Alguien atormentaba de forma continuada a Matt Whateley. Los demás chicos imaginaban que ellos seguirían a continuación.

Lynley negó con la cabeza y sacó la cinta.

– Yo no lo veo de esa forma, Havers.

– ¿Por qué no?

– Porque le dijo a Yvonnen que quería ocultar un micrófono en una habitación que no era la suya.

– La habitación de las torturas.

– Estoy de acuerdo con usted, excepto que había otras voces en la cinta, aparte del verdugo y su víctima. Las voces eran jóvenes, yo diría que de tercer año.

– Entonces, ¿quién…?

– Ha de ser Harry Morant. Las piezas encajan, si damos por sentado que el torturado no era Matthew, sino Harry. El torturador estaba quebrantando las normas del colegio, desde hacía bastante tiempo, sin duda. Un colegio como Bredgar Chambers no va a tolerar este tipo de abusos, de modo que el torturador se enfrentaba a una expulsión segura si era descubierto. Matt estaba enterado de las torturas. Todo el mundo estaba enterado. Pero todo el mundo estaba paralizado por el código de conducta del que antes hablábamos.

– ¿No te chivarás de otro estudiante?

– Eso afectó mucho a Matthew. Kevin Whateley indicó que el muchacho se había vuelto más y más introvertido durante el último trimestre. Patsy dijo que nunca iba marcado; por lo tanto, cabe deducir que nadie le tocó. Añada a eso lo que el coronel Bonnamy nos contó sobre la conversación que Matthew y él sostuvieron acerca del lema del colegio, «Que el honor sea nuestro sostén y nuestro guía». Todo encaja. El código de conducta no escrito exigía que Matthew callara lo que sabía acerca de los padecimientos sufridos por Harry Morant. Sin embargo, el lema del colegio exigía que entrara en acción para detener las torturas. Ésa era la única alternativa honorable. Por lo tanto, se distanció de sus padres mientras intentaba decidir cómo cumplir el lema del colegio sin, al mismo tiempo, violar el código no escrito que, en teoría, debía gobernar su comportamiento con los compañeros. Esta cinta representa su decisión.

– ¿Chantaje?

– Sí.

– Jesús. Le costó la vida.

– Probablemente.

Los ojos de Havers se abrieron de par en par.

– Entonces, uno de los alumnos… Señor, todos deben saberlo.

Lynley asintió con semblante sombrío. Y continuó.

– Si éste es el motivo de la muerte de Matthew, creo que lo han sabido desde el principio, sargento. Todos y cada uno.

Inspeccionó el montón de cartas que Yvonnen Livesley había apartado a un lado. Lo repasó como ausente, hasta encontrar la postal hacia la mitad.

Como la otra, venía de Corfú. Era una fotografía de los brillantes edificios blancos que conformaban el monasterio de Nuestra Señora de Blanquerna, recortado contra el intenso azul del mar. El remate en madera de Kanoni se alzaba en la distancia. Al contrario que en la anterior postal, empezaba sin saludo, como si Helen, al omitir su nombre, lograra realizar lo que deseaba al marcharse: distanciarse más de él a cada día que pasaba.

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